Duelo por un hijo extraviado o robado

En cierta ocasión estaba escuchando la radio y justamente el tema era acerca de las pérdidas.
La locutora comentó que un matrimonio (amigos de ella) hacía ya algunos años habían ido de viaje a Europa y que un día se les ocurrió ir al tiangüis de la ciudad donde se encontraban en ese momento, una vez ahí se pusieron a ver las cosas, ropa, lámparas, alfombras, adornos, cuadros y un sinfín de chucherías.
Entre los tres no había mucha distancia de por medio y de cuando en cuando volteaban a ver a su hija, de repente voltearon y no la vieron más, entonces comenzó la frenética búsqueda por la niña y nadie pudo darles ningún tipo de información que los guiara hacia ella.
Fueron a la embajada para solicitar ayuda, y todo fue en vano, jamás la encontraron.
La locutora comentó también que nunca se pudieron reponer de semejante pérdida.

Recuerdo que cuando era niña escuché decir a una vecina:

– Prefiero a mi hijo muerto que perdido.

Desde luego pensé que estaba loca.
Hay cosas que no comprendes hasta que eres madre.
Cuando te das cuenta de lo vulnerables que pueden ser los niños y de los peligros que los acechan, se te hace un nudo en la garganta, el ombligo se te encoge y tan solo de imaginar que alguien los pueda apartar de tu lado, la piel se te eriza y este pensamiento puede ponernos en muy mal estado.

Como madre estás pendiente de todo en cuanto a los hijos se refiere, que coman a sus horas, que jueguen en un lugar seguro, que si van a hacer un trabajo a casa de algún compañero de la escuela los llevas, los recoges, y conoces a la mamá del otro niño, si se sienten mal, buscas el motivo, cuando duermen pasas a su cuarto a ver que ellos estén bien y si acaso están destapados los cubres con las cobijas y de paso los besas.

No imagino el infierno que pueden vivir los padres que han perdido un hijo, la angustia y el dolor causados por la incertidumbre, las noches en vela, la tristeza en su corazón, miles de lágrimas derramadas…
Le digo a mi hija que algunas películas están basadas en hechos reales y que muchas veces la realidad puede superar la ficción, por eso siempre le pido que se cuide aunque ya no sea una niña.

Hace años tuve una vecina, Charito le decíamos de cariño, cuando la conocí ya era una señora grande, estaba jubilada y nos tenía un cariño especial a mi hija y a mí. Una vez me confío que ella había tenido tres hijos varones, pero que un día uno de ellos no había vuelto a casa, que entre ella y sus otros dos hijos lo buscaron en cada delegación y en todos los hospitales sin respuesta, me dijo que hasta el último de sus días ella viviría con la esperanza de que regrese a casa. Sin embargo ella murió y él jamás regresó.

Sin duda que ésta es una de las pérdidas más difíciles y duras a las que se puede enfrentar un ser humano. No saber en dónde está además del dolor provoca desesperación y angustia.
No hay palabras que puedan consolar a estos padres.
Sólo hay que dejar que el tiempo pase y que el dolor pueda ser absorbido lentamente para poder transformarlo e integrarlo a la vida, para que fluya y sea posible retomar lo poco que se puede. Aunque el dolor no desaparece jamás. Sin embargo es posible dejar de sufrir y aprender a vivir desde otra perspectiva.
Aceptar y reconocer que no hay reproches ni explicaciones lógicas.
Tratar de recordar los buenos recuerdos para que los malos pensamientos no se apoderen de todo y regrese la angustia. Agradecer y valorar profundamente haberlo tenido y amado.
Se necesita mucha fortaleza y aguante para vivir cada día sin noticias.
Pero perder el ánimo no va a ayudarnos, es mejor tratar de descubrir nuevas misiones y mirar hacia adelante.
Nada ni nadie puede sustituir a un hijo, pero es posible elegir enterrarse y morir con su ausencia o vivir a pesar el dolor, honrándolo con la esperanza de volverlo a ver.
La aceptación sin resentimiento es necesaria para superar este momento. Seguir adelante, construyendo, creando, inventando pues para sanar hay que levantarse.

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