Gitana

Julia estiró su cuerpo. Observó a su alrededor. La habitación lucía ya sin vida, vacía. Muy similar a ese mismo vacío que sentía dentro de su cuerpo. Esa dolorosa sensación en el estómago que sólo ocurre tras recibir un duro golpe. Suspiró. Deseó ser un personaje de ciencia ficción con poder de detener el tiempo. Prolongar un poco más la despedida. El sol, como otras mañanas, ya entraba a través de la cortina y el alboroto de la manada de periquitos que se desprendía del árbol del terreno adyacente se hacía tan presente como el anuncio de deber prepararse para terminar de empacar.

Entró a la ducha, dejando que el agua limpiara no solo su cuerpo físico sino todos sus pensamientos y emociones. Al salir, se contempló a sí misma en el espejo. El vapor aún lo mantenía empañado por lo que le hacía verse etérea. Hidrató y perfumó su ser con aromas de especies provenientes de todo ese kit adquirido en la tienda de cremas y fragancias local que tendría que dejar bien dispuesto dentro de alguna de las maletas para que el violador de sus pertenecías no las extrajera de su carry-on. Ciñó sus vaqueros, abotonó su camisa a cuadros y en un moño suelto fijó su larga cabellera arriba de su nuca, alistándose a ejecutar una faena más de la vida. La noche anterior, había cenado con los amigos adquiridos durante su residencia temporal en aquel país que al principio le pareció tan salvaje e indómito. Todo principio es duro; sin embargo, los finales lo son más sobre todo si ya se conoce la rutina de un nuevo inicio que tendría a dar lugar en otro sitio lejano en el que habría que aprender nuevamente hasta el dónde ir a comprar papel de baño.
Ese era su quinto cambio. Su trabajo implicaba movilidad. Julia disfrutaba lo que hacía. Si era sincera consigo misma, llevaba una gitana en su interior. Esa gitana que le hacía desafiar toda regla y amar bajo el influjo de luna llena. En las noches, bajo esos cielos extranjeros, en los días que su manto de plata se hacía presente y ella bebía de su copa de vino, pensaba que era la luna la que la mantenía cercana a sus seres queridos. Ellos veían esa misma luna. Les mandaba mensajes a través de ella. La edad de Julia ya no permitía la venia de tener un amigo imaginario, por lo que dirigía largas pláticas a aquella amiga de los días de infancia y juventud. Su cómplice a través del tiempo y espacio.
Ser expatriada y gozar de los beneficios de ello, no significaba que le gustara enfrentar la violencia del silencio. De ese silencio que sabe estaba próximo a envolverla cuando tomará el primer transporte rumbo a su nuevo lugar de trabajo. Sería esa cacofonía instrumentada por todas las voces parloteando un nuevo lenguaje. Un dejo diferente al que su oído se encontraba habituado, aquél con el que iría dando sonido a su nueva vida. Pronto sus ojos tendrían que decirle a su memoria cómo debía establecer nuevas rutas y puntos de referencia que le asegurasen no estar pérdida. La importancia de sentirse ubicada, no extranjera.
La mudanza llevaba un par de días ejecutando las maniobras de empaque. Ese día serían las últimas. Sus pertenencias iniciarían su propio viaje. El período de adaptación, como le nombran, implicaba habitar un cuarto de hotel en su nuevo destino que pronto se iría transformando en casa temporal, el sostén a juego con los calzoncillos colgados en un gancho de la regadera. El hogar asignado tendría que esperar a la llegada del menaje. La mente de Julia, alistándose a contestar las preguntas de rutina sobre qué país es mejor que el otro, las diferencias de la comida, esa curiosidad que ya sentía morbosa de cómo se puede sobrevivir siendo de cultura tan desemejante. Al final, Julia, ya sabía que todos convergen en una sola idea, el deseo de no estar solo y ser amado. ¿Qué diferencia hacía entonces los usos y costumbres en ello?
La bocina del taxi, sonó. La hora había llegado. Ya no era necesario llevar a cabo la rutina de revisión de documentos. En su celular, su número de confirmación. Su colorido pasaporte con sellos en cada página con escudo de las regiones de su país, marcados. Una vez más, se preguntó a si misma hasta cuando dejaría de llegar a cada sitio, llevándose un poco de este y dejando un poco de ella.

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2 Comentarios

  1. Nico
    4 agosto, 2015 at 7:28 pm — Responder

    Wooow!
    Súper modernizado el sitio!
    Las felicito!
    Y a ti, mi inspiración semanal, sólo me queda decirte que caigo rendido a tus pies cada vez que te leo.

    • Iovanna
      6 agosto, 2015 at 12:31 am — Responder

      Se ve más atractivo el sitio, ¿verdad, Nico? Gracias por seguirnos.

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