Mi año verde X

“El medio mejor para hacer buenos a los niños, es hacerlos felices.”
Oscar Wilde

Au Pair
Ya estaba más que instalada en Mount Merrion desde hacía unos meses.
La familia era amable conmigo, desde el primer día que llegué me hicieron sentir parte de ellos.
El papá de los niños era un ejecutivo que viajaba constantemente porque dirigía una empresa de teléfonos.
Típico alemán, serio, que solamente interactuaba con su familia. La madre irlandesa que en sus años mozos estuvo sumergida en el trabajo de relaciones públicas en una empresa alemana, aficionada a la música y a la comida mexicana (que para ellos eran las Fajitas, los Burritos y las Margaritas).
Los niños eran un torbellino andando, Finnia de 8 años, Ruan de 5 años y Cián de 1 año y 3 meses.
No daban tregua, desde que llegué la madre me comentó que tenía que estar al cuidado de ellos.
Mis labores prácticamente era estar con ellos, entretenerlos sin ver tanto la televisión, (que eso era lo que tenía contemplado y pensado), pero eran muy estrictos en ese aspecto, así que los llevaba al parque que estaba a unas cuadras de la casa, ayudarles con la tarea, darles de comer y sobretodo jugar y estar todo el día con ellos.

Fue todo un reto para mí, tuve un choque cultural ya que uno como latino está acostumbrado a bañarse todos los días, y desde el primer día que estuve con ellos le pregunté a Liadain, cuando los tenía que bañar (suponiendo que me diría una hora en particular) y su respuesta fue que ella me diría cuando sería un buen momento para bañarlos.
Esa misma noche dos horas antes de acostarlos (todo el día los niños habían estado corriendo y arrastrándose por la tierra) le pregunté que si ya era hora de bañarlos, su respuesta me dejó en shock por unos momentos:

– No te preocupes por eso Rita, los niños todavía están bien, no hay necesidad de que tomen un baño el día de hoy.

Hablaba todos los días con mi mamá, le contaba todo lo que hacía y todo lo que me sucedía con los niños.
Le contaba que Cián se rozaba bastante porque no le cambiaban el pañal en la noche y el niño tenía ya las “pompas” como un mandril, lloraba cada vez que lo cambiaba, y ella siempre me aconsejaba que le pusiera Maizena (fécula de maíz) para que se curara.
Era difícil para mí estar todo el día con ellos, pues tenía que ponerles actividades constantemente para que no se aburrieran, eran hiperactivos, y cuando se aburrían se molestaban unos a otros y se perseguían con cosas de la casa.
Finnia como cualquier mujer se entretenía cantando, tocando el violín y leyendo, era muy preguntona, enojona e independiente, hacia enojar a Ruan y se la pasaban retándose y peleando, hasta que Ruan le pegaba y ella lloraba. No quería que le ayudara cuando hacía la tarea o armaba algún juego.
Cuando estaba en la cocina siempre quería saber qué estaba preparando o haciendo. Era muy especial, nunca sabía con certeza de qué humor estaba, pero le gustaba lo que le preparaba de comer, siempre probaba de lo que cocinaba, y cuando hacía algo muy diferente a lo que ellos comían me preguntaba qué era y cómo lo hice (manzana con Tajín, esquites, quesadillas).
Me recordaba a mi sobrina por la edad y porque siempre se desesperaba al intentar hacer las cosas ella sola y querer ser la primera en todo.
Ruán, el de en medio, fue mi dolor de cabeza pues me retaba para todo y quería hacer lo que él quería, hasta que un día le advertí que le iba aplicar la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente.
Al principio se río de mí pensando que no sería capaz de hacer nada, y un día me mordió y lo mordí.
Empezó a llorar más de coraje que de dolor, pues nadie lo había retado nunca, me pellizcó y se lo devolví, (no con la misma fuerza que él), pero sirvió porque a partir de este incidente, ya pensaba antes de volverlo a hacer. Lo único que no cambió fueron los berrinches de cualquier niño, queriendo llamar la atención de sus padres. De hecho fue Ruán el que decidió que me quedara, pues de las 4 mexicanas que hicimos la entrevista, fui la única que pudo sacarle plática.
Cián, era mi compañero de la casa y con el que pasé más tiempo, era el más tranquilo de los 3, un bebé muy chistoso, al que mis amigos llamaba el “señorcito” por su singular cabeza y su fisionomía.
Era un niño tranquilo cuando estaba solo, pero cuando estaba con sus hermanos se comportaba como ellos y quería hacer lo mismo que ellos. Cuando estábamos solos, jugábamos a los coches y le imitaba los sonidos de los carros, el claxon y todo lo típico de un juego, el niño encantado porque los juguetes tuvieran audio en vivo, me imitaba haciendo los mismos ruidos que yo. Un día de la semana estábamos en la cocina Liadain, Finnia y yo, ellas haciendo la tarea y yo recogiendo la cocina, llegó Cián de la nada jugando con un carrito y haciendo sonidos. Liadain y Finnia se quedaron extrañadas y curiosas de dónde provenían y vieron que era Cián, atacadas de la risa ambas se preguntaron de dónde había aprendido eso.

La casa era grande, cada niño tenía su cuarto excepto Cian que lo compartía con su papá, (era también la oficina del señor), era vieja pero la remodelaron a su gusto, así que todo era grande, iluminado y nuevo. La sala y la cocina tenían grandes ventanales por los que podías ver el patio y el jardín. El jardín me encantaba, era grande, largo y frondoso. Todo me gustaba y me asustaba a la vez porque la casa era como te las muestran en las películas de terror.
Un día de los tantos que estaba limpiando la cocina vi pasar un animal rojo, pensé que era un perro o un gato cruzando el jardín, cuando me di dando cuenta, vi que era un zorro y no se inmutó cuando se percató de mi presencia, simplemente siguió su camino, mientras que yo me quedé paralizada pues nunca había visto uno en vivo y a todo color, no sabía cómo actuar. Cuando llegó Liadain le comenté de la visita y me comentó muy quitada de la pena, que siempre hay zorros, que para ellos era normal ver uno, aunque ya hay escasez de zorros en el país por la caza.

Mientras más tiempo pasaba en Merrion, más me sentía como en casa. Los niños poco a poco se acoplaron a mí y yo a ellos, los llevaba casi todos los días al parque que estaba cerca de la casa, algunas veces con gusto y otras veces chantajeándolos con que les compraría algún dulce o una galleta en la “tiendita” porque no querían salir.

Les enseñé a hacer una piñata, jugábamos a la lotería y Ruán se enojaba porque siempre perdía y Finnia le ganaba. Jugábamos a las escondidas o a perseguirnos, les pintaba la cara y hacíamos un sin fin de cosas para que no se aburrieran. Sobre todo porque su mamá no los dejaba ver tanto la televisión, cosas que nunca hice con mis sobrinos.

Les leía libros, sentados en algún lugar de la casa y ellos me corregían cuando tenía un error de pronunciación. mismo que repetía hasta que Ruán me decía:

– ¡Ay Rita! ¿Acaso no puedes pronunciar bien las palabras?

Con el tiempo ya les podía leer fluidamente, hasta su mamá me prestaba libros para que yo siguiera aprendiendo, creando nuevos hábitos de lectura.
La familia era muy atenta y muy cálida conmigo. Fue muy curioso que de casualidad Liadain fuera la más chica de tres hombres (Ruán, Manchan y Luke) igual que yo, y que su mamá (Cróine) se parecía bastante a mi abuela tanto en su físico como en su forma de ser.

Los hermanos son cineastas y escritores importantes del país, han ganado premios importantes así como han hecho documentales por el mundo y traducidos al gaélico.
Manchán, con quien conviví más, hablaba más de 5 idiomas (inglés, francés, alemán, gaélico, italiano) estaba aprendiendo español y chino mandarín al mismo tiempo. Con él me fui a conocer el Anillo de Kerry, la parte más bonita del país verde, donde la familia fue a pasar las pascuas. En Dingle, en una casa que tenían en esa ciudad.

Estuve cuatro días en Dingle, un puerto pesquero cuyo principal atractivo turístico es el pueblo tan pintoresco con hermosas playas alrededor del puerto. Con hermosas islas y los pueblos pequeños. De camino a la casa, Manchan me comentaba que el Condado de Kerry era el más pobre del país, y yo veía por la ventana las casas y las mansiones con los coches nuevos estacionados en la puerta de cada una. Entonces tuve que preguntar que por qué decía que era el más pobre si lo que yo observaba era totalmente opuesto a eso, y que el lugar del que yo venía era muy diferente. Entonces me explicó que la pobreza de Kerry se refería a la agricultura en el pasado, pues era una cordillera montañosa y no había terreno para que los antepasados sembraran y cultivaran.
Cuando llegamos los niños me estaban esperando, estaban muy contentos de verme llegar, me mostraron la casa, el patio y los alrededores. La casa tenía una increíble vista hacia la península, estaba a unos 10 minutos en auto de Dingle. Me sentía soñada, pues la familia me llevó a conocer todo el rededor contándome leyendas y platicándome la historia de cada lugar. Fuimos a las playas, corríamos y nos mojábamos los pies con el agua congelada, pese a que estábamos en primavera. Conocí el puerto pesquero y entramos a un tradicional PUB irlandés en donde bebí una tradicional cerveza Guinnes para acompañar mis típicos Fish and Chips.

Ya de regreso a la ciudad, tome un bus y me fui en tren hasta Dublín, los señores se iban a quedar más tiempo en la casa de campo, así que me quedé con los mexicanitos unos días antes de que llegaran.

Nos seguimos leyendo…

Digiprove sealCopyright secured by Digiprove © 2016
Anterior

De cincuentonas a cincuentañeras

Siguiente

Por la mañana

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>