Mi año verde III

 

No existen tierras extrañas.
Es el viajero, el único que es extraño.
Robert Louis Stevenson

 

Viviendo mi independencia a la mexicana

Fue el 6 de septiembre que desperté en mi nuevo hogar, compartiendo mi cuarto con Linda, mi roomie de Hong Kong. Me desperté temprano, estaba emocionada y a la vez desilusionada por mi grupo, en fin, me metí a bañar, me preparé rápido algo para desayunar y me fui a la escuela.

Estaba muy contenta porque ya empezaban las clases, mientras iba caminando por las calles de ese país verde, veía a la gente que caminaba en distintas direcciones, hacia la escuela, a sus respectivos trabajos, unos abriendo los negocios, y otros limpiando las calles, de la gran capital.

Llegué a la escuela y tenía que pasar lista en un checador y luego me fui al salón. Ya estaba ahí mi maestro, un Irish pelirrojo, blanco y lleno de pecas, de esos chicos tímidos, pero amables. Daniel, se presentó hacia nosotros con un inglés muy diferente al que había escuchado, o más bien al que estaba acostumbrada a escuchar, pero entendible, y con ese acento nos fue preguntando nuestro nombre y de donde éramos a cada uno.

Estábamos Karen, Alfonso, Janeth, Beba, Víctor y yo como mexicanos, los demás eran brasileños, unos ya tenían semanas, días y/o hasta meses en el mismo nivel. Nosotros éramos los nuevos, al pasar las semanas conocimos a más brasileños y a muy pocos que eran de otros países.

Poco a poco empecé a hacer amistad con los brasileños, ellos tenían curiosidad de saber de nosotros, ya que en Brasil aman a los mexicanos, bueno aman al Chavo del 8, las telenovelas mexicanas como María la del Barrio, RBD y La Usurpadora. Cuando mencionábamos que éramos de México, inmediatamente nos hablaban emocionados del Chaves (así le llaman al Chavo del 8).  A mis compañeros mexicanos no les gustaba que nos reconocieran por el Chavo, pero a mi si, así que me ponía a platicar con ellos.

Con el tiempo, ya era amiga de Tetê, una brasileña muy linda y platicadora como yo, cuando ella no sabía algo yo le ayudaba y viceversa, hablábamos una mezcla de inglés, portugués y español. No pasó mucho tiempo para que Daniel, mi maestro Irish, me cambiara de lugar porque decía que distraía a mis compañeros, así conocí a Rafa, otro brasileño, que quería hablar español y que todos los días se sentaba a mi lado.

Un día, regresó de vacacionar Thiago, un brasileño que ya estaba en el curso,  y cuando vio “carne fresca” le preguntó a los demás de donde éramos y nosotros contestamos que de México, empezó a decirnos “MexiCÚ Lindo” ¡pfff! nosotros como mexicanos estábamos muy contentos por los “elogios” y los demás brasileños atacados de la risa, siguiéndole la corriente a Thiago. Tetê se acercó a mi y me preguntó que si sabía lo que significaba  en portugués, le contesté que no y ella me respondió que  es cola o culo, por lo que me ataqué de la risa, se lo conté a mis compañeros y unos lo tomaron con singular alegría y otros se ofendieron.

Durante las clases, teníamos 30 minutos de receso en el cual mis amigos y yo nos reuníamos para comentar de nuestros grupos y compañeros nuevos, José estaba en el grado más alto y al poco tiempo a Uriel lo movieron con Anahí a ese grupo. Areli y Patricia estaban en el intermedio.

Después de las clases íbamos a hacer las compras para la semana. Yo escogí los lunes para realizar estas tareas  y tenía que organizarme para comprar con 10 € , máximo 15 €, la despensa para toda la semana. Les puedo decir que con ese dinero pude administrarme muy bien, compraba lo suficiente para mí,  pan, jamón, queso, alguna que otra fruta y pollo para comer. Los mexicanos nos quejamos de que en México es cara la comida y la verdad es que estamos en la gloria. La fruta y la verdura son carísimas en Irlanda. Tres aguacates cuestan lo que en México cuesta el kilo completo, igual el jitomate y cualquier fruta.

Comprábamos en Tesco, que era el equivalente a Walmart, y cada quien compraba su despensa. José, Patricia y Ariadna escogían que iban a comer en la semana; Anahí y Uriel veían que iban a comprar de artículos de limpieza, mientras Areli y yo comprábamos para cada una de nosotras lo que necesitábamos.

Nos quedábamos horas enteras en la tienda porque platicábamos y echábamos un vistazo a los diferentes productos que vendían y no vendían y hacíamos conversiones entre pesos y euros. Saliendo se regresaba cada quien a su casa o nos íbamos todos a una, en la cual nos las pasábamos como muéganos,  desde que salíamos de la escuela hasta las 9 o 10 de la noche. Platicábamos, veíamos películas o simplemente “echábamos la flojera”. Casi siempre nos reuníamos en las mismas casas, a veces en la mía, o en la de José o la de Areli, pero nunca en la de Anahí y Uriel, ya que Anahí era un poco especial, sobre todo conmigo (nunca nos llevamos bien), por lo que muy rara vez nos reunimos ahí, en lo personal no me gustaba ir, así es que siempre tenía un pretexto que decirle a Uriel para no ir.

Con el tiempo, los que vivían juntos empezaron a tener fricciones entre ellos. Unos se enojaban y otros se echaban “carrilla” y esto generaba más enojo entre ellos, tal fue el caso de Patricia, Ariadna y José. Cuando empezaba la tensión José se salía de la casa y se iba,  se iba a caminar para aclarar su mente y sobre todo tener su espacio. Algunas llegaban a mi casa a quejarse de los demás. Con la convivencia diaria es lógico que surjan este tipo de fricciones, y ahí es cuando me di cuenta que valió la pena haberme “independizado” y no haber vivido con ellos, porque cuando ya estaba cansada simplemente me despedía y me iba a mi casa, y los demás se tenían que quedar ahí. También vivir en otra casa me dio la ventaja de poder decir que no cuando me invitaban a algún lado sin que eso generara rencores.

En septiembre recibimos una invitación por parte de la Embajada de México, a la fiesta que con motivo de la independencia,  celebrarían en un hotel de la ciudad. Teníamos que pasar antes a la embajada a recoger los boletos presentando el pasaporte. Como en el correo que nos mandaron nos dijeron el cupo era limitado, animé a mis compañeros para que se inscribieran pronto. Como buenos mexicanos fuimos como pudimos a la embajada, recuerdo que yo fui sola porque los demás no podían ir ese día y nadie podía recoger los boletos de otra persona.  La fiesta la iban a celebrar el 16 de septiembre y nosotros ya teníamos planeada nuestra fiesta para el día 15. Unos días antes de la fiesta, en una tienda encontramos MASECA, que es harina de nixtamal para hacer tortillas y una lata grande de salsa verde marca La Costeña, y de ahí surgió la idea de organizar nuestra fiesta mexicana. Compramos la lata y la maseca, y decidimos que prepararíamos de comer unos sopes de frijoles con salsa verde y unos chilaquiles verdes. La fiesta iba a ser en casa de José. Areli decidió irse a Barcelona en esas fechas y así adelantar el festejo de su cumpleaños con su novio español.

El 15 de septiembre saqué mi bandera e invité a Linda a nuestra fiesta porque quería que conociera nuestras tradiciones y que conociera como celebramos los mexicanos el aniversario de independencia de nuestro país. Ella accedió encantada. Llegamos a la casa de José, Linda y yo, al igual que llegaron todos los demás. Uriel y yo nos encargamos de preparar la masa para los sopes y las quesadillas, Ariadna y Patricia les explicaban a Linda, Elene y Francesca (las italianas que vivían con José, Ariadna y Patricia) nuestras tradiciones y jugaban Lotería.

Llegó la noche y brindamos con tequila y cerveza por la independencia, llegó un momento en que José me llamó para pedirme que lo ayudara con algo que tenía planeado,  ya tenía puesto un saco y debajo su jersey de la selección mexicana y estaba colocando una de las banderas en una sombrilla. Corrí a apagar las luces para que pudiera hacer una entrada “memorable”. José entró a la sala muy metido en su papel, como si fuera el Presidente de la República, cargando nuestra bandera muy en alto, a lo que todos gritamos emocionados. Empezó a decir como buen presidente:

– Mexicanos, ¡viva México! ¡Viva Hidalgo!
Mientras nosotros gritábamos entre frases:
– ¡Viva!
Al terminar cantamos el Himno Nacional y gritamos con todo nuestro furor
– ¡MÉXICO! ¡MÉXICO!

Después de dar el tradicional grito, cantamos y bailamos, bailaron Francesca, Elene y Linda con nosotros, y ellas estaban sorprendidas por el amor a nuestro México. Entre ellas platicaban, que en sus respectivos países, nunca habían visto un acto de amor tan grande hacia un país como el que vieron en nosotros. En Italia si hay días nacionales pero no son como los nuestros, al igual que en Hong Kong, según nos explicaron.

Después del “reventón” del día 15, obvio teníamos que ir a la escuela, en el checador nos pusieron un letrero recordando nuestra independencia. Cuando fue la hora de salida cada quien se fue a su casa a arreglarse para ir a la fiesta de la embajada. Quedamos de vernos en un punto de encuentro a una hora determinada para irnos juntos al hotel. Todos llegamos puntuales y muy arreglados, unos nos colgamos hasta el “molcajete”, yo llevaba una camisa tipo polo que había comprado en Dolores, Hidalgo, alusiva a la conmemoración de los 200 años del primer “grito de Independencia” y un moño muy mexicano. Todos nos sentíamos muy felices, caminamos por más de 30 minutos, nos recibió la embajadora y su equipo diplomático, y nos dieron un brazalete para identificarnos como parte de la fiesta.

El salón estaba decorado con banderas mexicanas, sonaba la música mexicana, y los tablones en donde servirían el buffet, también estaban decorados muy mexicanos. Había un podio con cinco banderas de México y una del país verde. Empezó a llegar la gente, la Canciller dirigió unas palabras al pueblo mexicano en el país verde y después dio “el grito”, todos y cada uno gritamos felices, de repente se abrieron las puertas del salón y entró el mariachi tocando “El Son de la negra”, la piel se me hizo “chinita” y comencé a llorar recordando a mi país, a mi familia y amigos, muy conmovida porque estaba en el otro lado del charco festejando que soy orgullosamente mexicana. Todos nos abrazamos, bailamos “El Mariachi Loco” y muchas más, bailamos sin parar.
Sirvieron la comida, eran bocadillos típicos mexicanos, tacos dorados, tortitas de cochinita pibil, sopes, quesadillas y dulces mexicanos. Agua de limón y de jamaica. Se fue el mariachi y empezó a sonar la marimba, todos estábamos felices y extasiados.
Nos retiramos de la fiesta cantando Cielito Lindo por las calles, la gente se nos quedaba viendo porque en Irlanda, si haces alboroto, piensan que estás ebrio, pero nosotros solamente estábamos contentos y emocionados por la recepción que habíamos tenido.

José, unos amigos y yo seguíamos caminando rumbo a nuestras casas, cantando una canción cuando de pronto nos topamos con un señor que pensó que le estábamos llamando, se acercó a nosotros y nos preguntó de donde somos y qué hacíamos ahí.
Le explicamos que somos mexicanos y que estábamos estudiando inglés, estaba muy sorprendido y a la vez curioso por nuestra historia. El señor ya entrado en años, pelo canoso, ojos azules, blanco, típico irlandés, nos comentó que él vivió por más de 15 años en Ensenada Baja California, y yo emocionada, le comenté que tenía familia viviendo allá, le platiqué de mis tíos, pero no pude recordar sus nombres, solamente recordé el nombre de las ciudades que he visitado. También nos contó que es maestro de una de las Universidades más importantes en ese país y que alguna vez fue su alumno un mexicano que fue Presidente de México:

– Muy orejón, por cierto -recalcó – y soltamos una carcajada.

Mientras nos despedíamos, me miró a los ojos y me invitó a tomar un whisky con él, me dijo que no había visto unos ojos y un pelo tan bonito como el mío. Yo me puse nerviosa, no supe que decir, miré a José como para que me dijera que hacer, pero José estaba igual que yo, así es que solamente le agradecí la invitación y argumenté que estaba muy cansada por lo que no podía acompañarlo. Él insistió, me invitó entonces un café, después un té, luego algo dijo en Gaélico refiriéndose a mi y al ver que yo no sólo no entendía sino que tampoco sabía qué hacer, me dio un beso en la mano y se despidió diciéndome que nos volveríamos a ver.
José no paró de reírse y de “echarme carrilla” por mi primera conquista, hizo historias y traducciones falsas de lo que el señor me dijo en Gaélico, y por supuesto le contó a todos el encuentro con el irlandés.

Nos fuimos a descansar muy contentos después de haber festejado dos veces el 15 de septiembre, al día siguiente teníamos que madrugar porque teníamos una cita en la oficina de migración para sacar nuestra visa.

Nos seguimos leyendo…

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1 Comentario

  1. Lucila
    21 septiembre, 2015 at 7:35 am — Responder

    Wow! Que privilegio estar en la embajada de México de cualquier otro país en el mundo y celebrar con el cuerpo diplomático la independencia…
    Me tienes picadísima, ya quiero saber que más pasó!!
    Gracias Rita!!

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