La lotería

Siempre que llegaba el árabe al pueblo era motivo de regocijo y emoción para la abuela y todas sus hijas, claro, con tantas telas de seda, encajes, chalinas, broches y demás linduras que llevaba, todas se arrebataban la mercancía que él colocaba en la mesa del gran comedor de la casa. Solía aparecer el árabe cada 4 ó 5 meses y la abuela le ofrecía de comer pues sabía que el recorrido había sido largo desde la capital y aunque pasaba la noche en un hostal de otro pueblo llegaba cansado y con hambre.

Mientras las hijas escogían todo lo que les apetecía y peleaban entre ellas por todas esas maravillas que eran verdaderas novedades, pues en este pequeño lugar no había esta clase de cosas tan bonitas, la abuela y don Anuar tomaban té y ella aprovechaba el tiempo para preguntarle sobre los aconteceres en la capital.

Una vez que las hijas terminaban de comprar, la tía Elia le pidió a don Anuar que por favor le leyera la mano como lo había hecho la vez pasada, él tomó su mano izquierda y le dijo que a su casa pronto llegaría un caballero de alta alcurnia con quien ella se desposaría y a pesar de algunas tribulaciones tendrían larga vida y serían una feliz pareja con varios hijos. La tía Gaby extendió su mano izquierda frente al árabe y le preguntó:
– ¿Y yo?
El árabe tomó su mano, la vio y al momento la soltó exclamando en voz alta.
– ¡Qué bárbara, te vas a sacar la lotería!

Gaby quedó tan sorprendida que cuando llegó el abuelo por la noche le dijo:
– Papacito por favor deme un peso para comprar un billete porque me voy a sacar la lotería.
– Gaby un peso es mucho dinero. ¿De donde has sacado la idea de que te vas a sacar la lotería?
– El árabe me lo ha dicho esta tarde.

La abuela agregó:
– José dale dinero a la niña, tiene la ilusión de que se sacará la lotería y no debemos desilusionarla nosotros. Deja que lo compre.

El abuelo metió su mano en el bolsillo y le entregó dos pesos.
Gaby y su hermano Jesús corrieron hacia el jardín central porque justo frente al reloj monumental de la torre se ubicaba el único local de la lotería nacional y cerraba a las ocho de la noche, apenas tenían tiempo para llegar.

Al entrar Gaby le dijo a don Nicolás:
– Por favor un billete de lotería, poniendo los dos pesos sobre el mostrador.
– Solo queda un billete y es el de don Filemón Arriaga, que lo compra semana a semana, son 5 minutos para las ocho y debo esperar, si no llega entonces les venderé lo que corresponde a los dos pesos y yo me quedaré con el resto.

Pasaron los cinco minutos y se escucharon las ocho campanadas del reloj. Don Nicolás comentó:
– Esperaré cinco minutos más por cortesía.

Como no llegó don Filemón Arriaga, Don Nicolás entregó a los muchachos los “cachitos” que les correspondían y él se quedó con el resto del entero.
Por la mañana Gaby dormía plácidamente mientras el tío Jesús leía el periódico atento, la abuela cosía algunas prendas y entonces le dijo:
– Mamá como ve que Gaby se sacó la lotería.
– ¡Ay Jesús no estoy para bromas!
– Mamá es verdad, ¡Gaby se sacó la lotería!
– A ver el billete mamá, vamos a compararlo con el periódico.

Se cercioraron de que efectivamente coincidían los números y emocionados le dijeron a Gaby:
-¡Gaby, Gaby sí te sacaste la lotería!
A lo que Gaby respondió somnolienta.
– ¡Qué bueno!
Y siguió durmiendo.

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