Hoy desayuné con Isabel

Hoy desayuné con Isabel, una gran amiga desde la universidad, con la cual comparto de cuando en cuando la vida. Es de esas amistades a las que ves poco, pero cuando las ves pareciera que el tiempo se hubiera detenido, dándonos la capacidad de retomar la conversación en donde la dejamos, sin importar los cuatrocientos cincuenta y tantos días que pasaron desde la ultima vez que nos vimos.
Me contaba de la muerte de su mamá, una señora distinguida y estricta, que murió elegantemente, como a Isabel le gusta explicarlo. La descripción se basa en que murió en su cama mientras dormía, la muerte de los reyes, como le llaman popularmente, a los 80 años de edad, a veces lúcida y a veces no tanto, mientras planeaba una gran fiesta de cumpleaños, con la sensibilidad suficiente para darse el tiempo de cancelar todo a altas horas de la madrugada, porque sabía que iba a morir esa noche y no es educado no avisar que la fiesta no va a realizarse.
Y una vez concluida la narración de los detalles, la conversación se llena de este vacío inmenso que queda tras la pérdida de una figura tan importante. Es inevitable pensar en mis papás que aún viven y ver pasar frente a mí como película en cámara rápida, todo lo que supongo que sucedería si yo estuviera en el lugar de mi amiga. Para empezar, la interminable tramitología que va ligada a un acontecimiento como este: hablar a la ambulancia, sacar la carta de voluntad anticipada, si es que tuviste el tiempo para escribir una, avisarle a los familiares cercanos, apartar la funeraria, elegir la ropa que debe vestir el referido, y no se cuántas cosas más.
Luego el velorio y la cremación o el entierro, dependiendo de la voluntad del finado. ¡Cuántas caras tan cercanas y tan lejanas! A muchos de ellos los dejaste de ver desde la infancia y se presentan dolientes y nostálgicos. Yo estoy convencida de que por eso se hacen los velorios, porque encontrar a todos estos personajes que matizaron nuestra existencia, después de décadas de no verlos, te llena de alegría, de pertenencia y de consuelo.
El siguiente paso, es la lectura del testamento, si lo hay, y nuevamente te sumerges en una cantidad de requisitos y procedimientos legales, que no te dejan asimilar que tu mamá ya no está, que no va a volver, que no vas a verla otra vez y las lágrimas siguen contenidas. Simultáneamente hay que vaciar la casa, repartir sus pertenencias y por primera vez entiendes, el valor que tenían esos objetos para quien los poseía. Paralelamente hay que seguir haciéndonos cargo de nuestra propia casa, de la familia a la que ahora pertenecemos, y de todo lo que se presenta en la vida diaria.
Afortunadamente hay amigos y familiares que se enteraron tarde, o no pudieron darte el pésame a tiempo, o simplemente quieren saber cómo van las cosas y ofrecerte su apoyo y llegan a verte. Y recorres con cada uno de ellos la vida de tu mamá ausente, desde la perspectiva personal de cada visitante. Cada uno tiene una anécdota diferente que contar, algunas ni siquiera las habías escuchado antes, y entre lágrimas y risas, tu madre reencarna y se sienta entre los invitados, para condimentar una inolvidable tarde de recuerdos. Y es aquí, o en el silencio de la noche, o mientras el agua caliente de la regadera te abraza, que empieza el duelo.
A Isabel de pronto le asaltan los fantasmas, esos que a todas nos acompañan en silencio y basta con mirar de soslayo para verlos; esos que nos hacen dudar de lo acertadas que fueron nuestras decisiones, esos que son muy malos consejeros. La escucho atentamente mientras observo cómo la llevan y la regresan una y mil veces a lo más oscuro de la relación que sostuvo con su madre. Y no sé por qué generalmente estos recuerdos tienen más fuerza que los buenos momentos que vivimos, nos hacen olvidar a ratos, el contexto de nuestras decisiones, la necesidad de reaccionar de una u otra manera y sobre todo, la certeza y seguridad con la que nos conducíamos cuando las tomamos. Me doy cuenta que es dura para juzgarse y que hace a un lado la parte humana y falible que nos impide prever que algún día, alguien importante se va a ir y nos quedaremos con las ganas de decir o hacer tales cosas.
Por todo esto, y por el gran cariño que siento por Isabel, le dedico estos párrafos, con ganas de que encuentre consuelo y paz en los recuerdos que aunque duelen, no se borran; y en los recuerdos que le dibujan una sonrisa en la cara haciéndole saber que todo está bien, y que todo estuvo bien. Que esta buena mezcla le permita elegir relacionarse con lo positivo y lo de calidad, en honor a una persona que de una forma u otra, participó en la creación de lo que hoy es: una gran mujer, esposa y mamá.
Te quiero

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1 Comentario

  1. Juan
    4 agosto, 2015 at 5:09 pm — Responder

    Isabel, se lo que estas viviendo, yo perdí a mis padres hace unos meses en un accidente, me solidarizo con tu dolor, que Dios todopoderoso nos de consuelo y nos haga entender el por que y el para que de su voluntad y que te de muchas amigas como Nicole, así tengo a mi hermano, lloramos juntos y nos consolamos. Gracias por compartir, vive tu aquí y tu ahora

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