La niña y el conejo

No me acuerdo bien si la casa de mi abuela era oscura o se ha vuelto oscura en mis recuerdos.
Cuando pienso en ella la veo como siempre estaba: impecable, albeando pero oscura, sin embargo cuando pienso en cualquier episodio ahí vivido, hay iluminación clara y destellante como un set cinematográfico. A mi abuela le encantaba que todo estuviera muy limpio y ordenado, ella misma le guardaba a mi abuelo la ropa interior en una pequeña bolsa de plástico. El equipo completo, la camiseta con el calzón, muy bien combinado y coordinado, para que él sólo tomara la que apeteciera según el día y el traje que iba a usar. Había el muy común blanco palomo o el comentadísimo azul cielo, que se popularizó a raíz de que ella un día comentó:

– ¡Se fue de azulejo el pendejo!

Era clarísimo que todo lo que llevaba era azul, desde el calzón hasta la corbata.
Seguramente un mal día, de esos que todos los matrimonios viven pero pocos se atreven a comentar, porque cabe mencionar que mi abuela no decía groserías y cuando hablaba de su esposo lo hacía con cierto grado de respeto y cariño, por lo menos frente a nosotros los nietos. Estaba muy enamorada de él, de esos amores dependientes, poco saludables, en los que entre la época y la enfermedad, duraban hasta que la muerte te separaba, pasara lo que pasara.

La casa tenía varias entradas, una al despacho de mi abuelo y otra a la sala desde el mismo jardín que estaba en la entrada, una al comedor desde el jardín trasero, la más usada y común era la que daba a un hall desde el garage y la entrada de servicio, desde el jardín trasero al planchador.
La puerta de la sala estaba cerrada casi siempre, no diré siempre porque existe una foto en la que mi hermano mayor y yo estamos retratados con los abuelos justo en el jardín frente a esa puerta y en la foto sale abierta; en mis recuerdos, nunca la vi abierta. No era nada raro que no se abriera porque tampoco se podía entrar a la sala sin permiso. Pero era imposible respetar esta regla porque en la sala había un piano. Un piano que azoté a diestra y siniestra mientras personificaba a Miss Tere, la miss de música de la escuela. Claro que no sabía tocar nada que no fueran los changuitos, pero en mi mente ejecutaba magistralmente desde la Marcha de Zacatecas, para que los niños avanzaran a su salón, hasta Palomas Mensajeras, como lo hacíamos en el colegio.
Arriba del piano, colgado en la pared había un reloj, de esos que suenan cada media hora y cada hora y justo sobre el piano varios adornos. No sé cuáles exactamente, sólo recuerdo una muñeca de porcelana, vestida como de marinero azul claro, con sombrero en un tono más oscuro, que cargaba una canasta en la que había un conejo. Ese conejo comía una zanahoria que ella le daba en la boca. Sonriendo levemente con esos labios suavemente pintados y pálida, muy pálida. Me miraba fijamente mientras tocaba el piano, y siempre estaba feliz de escucharme.

Cuando murió mi abuela, esa muñeca se la quedó mi mamá. Y al pasar de los años se rompió. Mi mamá conservó los pedazos envueltos en periódico mucho tiempo, en espera de ser llevados al restaurador. Después mi mamá se fue a vivir fuera de México y yo me quedé con los pedazos de aquella sonriente espectadora también muchos años. Por fin un día fue propiamente restaurada. Seguramente costó más la restauración que la muñeca misma, pero tenía que repararla, no era posible tirar aquellos pedazos de porcelana a la basura después de haber sido guardados tantos años por dos personas diferentes.
Cuando estuvo lista se la llevé a mi mamá de regalo. Estaba muy contenta de tenerla de vuelta. Ahora la podemos ver sonreír con su insaciable conejo en la sala de su casa.

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