¡Vieja, me la comí!

Quiero contarles lo que me pasó…
Cabe aclarar que son las 8:00 a.m., estaré escribiendo entre juntas y de verdad es un reto personal lograr postear esto antes de las 2:00 p.m., a ver qué tal me va.

Esta historia comienza el viernes, que mi marido se fue a Querétaro a una reunión que terminaba con un recorrido a una planta el sábado, por lo que decidió quedarse a dormir allá.
Debo confesar que después de casi 3 años de dormir juntos en la misma cama ininterrumpidamente, por supuesto que lo extrañé, pero me absorbió la emoción que sentí al recuperar, aunque fuera de forma efímera, el control de la tv… Y es que hace tanto que no sentía ese hermoso poder que te da moverte libremente de un canal a otro, de subirle y bajarle el volumen, de cambiarle el brillo y el contraste a la pantalla (sí, también lo hice), de ver escenas románticas sin escuchar un:

– Ya quita esooo – de fondo.

Creo que abrace el control, lo puse sobre mi pecho, lo sobé… y en un arranque de desesperación, al saber que al día siguiente el enemigo volvería a separarnos, me tomé una fotografía con él y se la envié a mi marido con un elegante texto:

– Te la pelas – fina no soy, pero no me juzguen, por supuesto él no se rendiría.
Me respondió con un amenazante:

– Ya duérmete loca.

No se fíen señoras, lo conozco bien y sabía que esto era una batalla y no estaba dispuesta a perderla.
Desesperada, la mañana siguiente me levanté y escondí el control dentro de una de mis almohadas.
No contaba con que en realidad yo no tengo almohada propia y cada vez que mi Chivis hace la cama, pone las almohadas del lado que mejor le acomoden, y estoy segura que ni cuenta se dio que había un control metido ahí, pero bueno, la profunda limpieza que se hace en mi casa no es el asunto que nos atañe en esta historia.

El punto es que llegó el enemigo, pasamos un día muy ameno, fuera de casa, mucho ji-ji-ji y ja-ja-ja… fingiendo los dos que no estábamos en guerra por el control remoto. Torpe yo que decidí ir en la noche a visitar a mi Santa Madre y él se adelantó a la casa.

– ¡Por Dios! he perdido la batalla – pensé. Pero no contaba con la sorpresa que el destino me tenía preparada.

Resulta que como buen hombre que es, al no encontrar a la mano el control, simplemente decidió pasar al cuarto contiguo y tomar el de otra televisión. Pos total.
Llegué de casa de mi mamá, me quité el maquillaje, me lavé los dientes, me puse la pijama (si así se le pueden llamar a unos shorts viejos y una sudadera con hoyos, conjunto que representa mi ropa de dormir favorita), y me metí en la cama a ver la televisión con él.
Para ser franca, yo estaba tan cansada que hasta di por perdida la batalla al verle con el control en la mano y sólo suspiré pensando que nos habían separado de nuevo, pero maduramente, no mencioné nada al respecto.

En fin, a modo de viejita, saqué de mi cajón un pedazo de chocolate.
Miren, la dieta que sigo es muy estricta y solamente me puedo comer un cuadrito al día, pero sin querer arranqué del empaque dos cuadritos, por lo que sin voltear a ver a mi marido, le pregunté en tono muy bajito que si quería un poco, a lo que yo claramente escuché un apagado “sí”.
Tomé el cuadrito y se lo puse en la boca. A los pocos minutos él ya estaba dormido y yo también caí profunda, dando, según yo, por terminado el día y lista para despertar hasta la mañana siguiente

La verdadera historia comienza aquí, cuando cerca de las 2:00 a.m. me despierta un sórdido grito de mi marido, a quien honestamente nunca había escuchado así:

– ¡Viejaaaaaaaaaaa, me la comí! –

¡Puta madre! yo literalmente acabé en el techo pepenada del foquito.
Por supuesto me levanté enseguida:

– ¿Pero qué te comiste? ¿Qué pasó?, ¡Me estás matando del susto!
– ¡Una rata, vieja, me comí una rata!

Nunca le digan, pero puedo jurar que él estaba llorando poquito. Ante tal aseveración no sabía qué hacer, medio dormida todavía le volteo a ver la cara y efectivamente, tenía toda el área de la boca y parte de la playera embarrada de una sustancia oscura que ante sus gritos, solamente me quedaba pensar que era la sangre de la rata que él aseguraba haberse comido.

– ¡No chingues viejito! ¡Te comiste una rata! Ahhhhhhhh ¡¿!¿Qué pedoo?!?!?!?! – gritaba yo como pendeja mientras daba vueltas en mi propio eje sin hacer absolutamente ningún movimiento inteligente.

Voy a hacer un paréntesis, ¿ubican esas películas de terror en las que a la que le toca el papel de la pendeja sabrosa siempre la matan por hacer exactamente lo que NO tiene qué hacer? Pues hagan de cuenta que el mismo caso, entre gritos y sustos corríamos como idiotas por toda la recámara en penumbras sin que a ninguno se le ocurriera la sencilla idea de prender la luz. Nos acordamos después de cómo corríamos dando pequeños “brinquitos” por miedo de pisar a la moribunda rata.

– ¡No mamees que ascoooo! – lo escuchaba decir una y otra vez, arqueándose como a punto de vomitar.

Histérico y en crisis se paró frente a la cama señalando un bulto en la almohada todo cubierto en lo que parecía ser sangre, de pronto se armó de valor y virilmente tomó la almohada para aventarla al piso.
Yo salí despavorida sin saber qué pasaba, me subí a la cama para resguardarme de lo que sea que fuera eso.

En ese momento, 15 segundos después del primer grito que interrumpió mis sueños, todo hizo sentido para mí, no era sangre lo que mi marido tenía en la boca, era chocolate. No era una rata dentro de la almohada, era el control de la televisión que inoportunamente se asomó a las 2:00 a.m. del día siguiente.
Ustedes podrían pensar que una mujer amorosa hubiera calmado la situación poniendo su dulce y cálida mano sobre la mejilla de su marido explicando lo que había descifrado.
Les juro, de verdad, que lo intenté, pero en ese momento me invadió un ataque de risa en el que la capacidad de hablar se esfumó por completo. Me tiré en posición fetal sobre la cama pudiendo solo carcajearme al punto de ahogarme y señalaba la almohada haciendo todo lo posible por explicarle lo que estaba pasando, pero todos mis esfuerzos fueron en vano, y mientras más me reía yo, más se desesperaba él

– ¡No mames qué mal momento para reírte viejaaaaa! ¡Me voy a morir de una infección! ¡Tuve una rata en la bocaaaa y la mordíii!!

Y más me reía yo.
Aquél pobre de verdad lloraba tantito entre el asco y la desesperación.
De pronto, en un arranque, lo veo muy seguro abriendo la ventana y tomando la almohada “ensangrentada” para aventarla y sacar a esa “asquerosa rata” de nuestro cuarto.
Fue entonces cuando tomé aire para parar de reírme y solo pude gritar

– Peeeeerateeeeeeee

Me levanté de la cama y todavía ahogada en risa, metí la mano en la almohada y en un movimiento saqué el control de ahí. Tampoco lo va a aceptar jamás, pero puedo jurarles que a mi marido se le escapó un grito de niña de 8 años y hasta echó un brinquito para atrás, con el control en la mano corrí hacia la luz para prenderla y un poco más relajada le expliqué que lo que él tenía no era sangre de rata, era parte del chocolate que le di en la noche. Asustado, aturdido, sin entender abs-o-luta-mente-na-da, me preguntó

– ¿¡Pero de qué chocolate hablas Marcela?!-
– ¿Pos cómo que de cuál? Del que te di ayer, antes de dormir.

Mi pobre marido acostumbrado a mis despistes y aventuras (por no decir “a mis pendejadas”), casi llorando entre susto y coraje, pero amoroso como es él me contestó:
– ¡Hija de la chi…! ¡Yo ya estaba dormido! ¿Y qué carajos hace el control metido en la… – Él solito hace sinapsis- ¡¡AY NO MAMEEEEES!!.

Pobre hombre, todo el universo confabuló para unir los factores que lo hicieran soñar que mordía una rata y presentarle un escenario tan verídico que le hicieran sacarse el pedo de su vida, aunque hubiera sido por no más de 2.5 minutos, tiempo en el que se desarrolló toda esta historia.

Estoy pensando en comprarle de sorpre un ratoncito de chocolate para pedirle perdón.
¿Creen que ya es “too much”?

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4 Comentarios

  1. Nora
    29 junio, 2016 at 9:05 am — Responder

    NO PARO DE REÍR!!!!!! JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

  2. Monica
    29 junio, 2016 at 10:17 am — Responder

    Estoy en posición fetal, riendo como desquiciada, celebrando tu pequeño triunfo. 👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼

  3. Beatriz
    29 junio, 2016 at 10:27 am — Responder

    Pero en qué momento este pobre hombre no se da cuenta que le metiste un pedazo de chocolate a la boca? JAJAJAJA y pobre porque su susto era tal que no palpaba el sabor de la sangre JAJAJAJAJA Excelente relato! Felicidades Marcela!!

  4. Marcela
    29 junio, 2016 at 11:10 am — Responder

    tocaya, te la volaste! jajajajaja

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