Tren

Vamos juntos en ese tren. Vamos viendo el paisaje. Vamos oyendo la conversación de los vecinos de atrás. Los dos, sin decir nada, odiamos el llanto del crío que no nos deja dormir. Mi amigo ha sacado un paquete de galletas que ya marcan caducidad en la envoltura de celofán. Los cadáveres de las galletas aún no están momificados. Pueden pasar por vivas, así que él, cómplice en el hambre y el cansancio de horas de viaje, me mira y pone ante mis ojos el tesoro encontrado que brilla, aún con la esquela que marca que el tiempo de esas galletas ha pasado ya. Yo sonrío. Somos tan amigos que no me da vergüenza aceptar ese manjar rancio. Él abre el paquete y yo saco la primera y la como con voracidad. Él se siente muy importante: es quien ha encontrado el oasis, que por efímero que sea, es un oasis.
El empaque ha quedado vacío: no hay en él ni el suspiro del alma de las galletas. Guardamos silencio.

La señora de la otra hilera dice algo. Su comentario me hace recordar un chiste local. Sólo mi amigo entiende ese chiste, porque en él hay una vivencia nuestra. Nos miramos. Reímos. Él dice una incongruencia (para mí tiene más sentido que el mismo libro de álgebra de Baldor). Yo río. Dejamos escapar una carcajada en deliciosa complicidad. Nos da risa el recuerdo que nos trajo la señora. Nos da risa evocar ese momento en que ambos reímos tanto y nos volvimos unos estúpidos. Nos reímos ahora también de la gente. Nos da risa lo ignorantes que son: no saben de qué nos reímos. Esto nos da más risa aún. Ahora además nos burlamos de que los pobrecitos que nos miran aterrados nunca sabrán de qué nos reímos.

La risa se ha ido. Tengo sueño. Mi amigo no, pero la amistad es así: si yo tengo sueño, él también. Dormimos una siesta de tren. Nos despertamos. Falta mucho aún. Él me hace una pregunta, a propósito de un recuerdo que le ha llegado al mirar un rancho olvidado en medio de la carretera. Hablamos mucho del tema. Discutimos. Yo no estoy de acuerdo. Él es muy necio, yo no lo soy. Él además es soberbio y quiere defender su punto a toda costa. Yo ya cedí: le doy la razón, pero él sabe que sólo es un recurso para cerrar el tema. Él insiste. ¡Qué manera de argumentar! Ya sabe que estoy cansado, que no lo quiero oír más, que tengo sueño y que me gusta leer la noticia de hace cuatro años, cinco meses y trece días – como las galletas, está caduca. Como ellas, la disfruto mucho. Pero qué necio es mi amigo, qué impertinente. Yo termino furioso, sumido en una derrota que me lleva a fingir estar dormido. Él sabe que no lo estoy. Me hace una broma. Envuelve el periódico y me golpea con él en la cabeza. Ríe. No tengo risa. Duermo de verdad: es una forma de morirme en lugar de seguir aguantando a este soquete. Casi lo odio. Quiero que salga disparado por la ventana. ¡Que la pelirroja ésa, la de la fila siete, al fin le haga un poco de plática, para que se largue y me deje en paz!

Despierto. ¿Y mi amigo? ¡Pendejo! Quién sabe qué hace. Pasan cinco minutos. No está. Camino por el tren, en su búsqueda. No está. Me estoy angustiando. Reviso de nuevo su silla vacía: se le ha salido la billetera del bolsillo. Ahí, tirada, también está su chaqueta de cuadros que emana su espíritu. También está esa libreta arrugada que tiene anotaciones desordenadas. ¿Entonces este infeliz a dónde se ha ido? No pasa nada, ya vendrá. Veo el reloj. Recorro el tren. No llega. Ya vendrá. Pasan cuarenta y tres minutos. No llega. Yo no pregunto por él. Dirán que soy un imbécil posesivo. Ni que se tratara de mi mujer – pienso muy cercano a la desesperación. Que haga lo que quiera. Ya está madurito -. Pasan cuatro minutos. ¿Estará bien? Decido buscarlo, ya me preocupé. Corro de un lado a otro en el tren. Un viejo que parece dormido me hace una seña: al parecer es evidente que extravié a mi amigo. Salgo al vestíbulo y lo veo besuqueándose con la gorda del pelo rojo, la del asiento siete. ¡Lo sabía! Y yo preocupándome. A ver si no enamora a esa vieja y yo como un imbécil afilando los nervios. Lo miro como un padre a un hijo travieso. Su mano izquierda y mustia disfraza de caricias de amor su deseo carnal y entra con descaro por debajo del vestido de flores. Me mira. Sabe que lo he pillado. Me cierra un ojo y me hace una seña para que me vaya.

Juego a la sopa de letras de la página once del periódico. El crucigrama sigue inconcluso. Me entretengo en él. Cruzo unas frases con el viejo que pela nueces con los dientes. Yo, condescendiente, le doy la razón en el tema del clima y el comunismo.

El vestíbulo está libre. Él llega a la butaca. Si me guiara por el olfato aseguraría que la señora del vestido de flores ha ocupado el lugar de mi amigo. Me cuenta toda su aventura. Su mano tiene muchos relatos que abarcan la paleta entera de la gama de los rojos, empezando por el rosado, que es aburrido, pero fundamental en su relato largo. Se ha enamorado. Idiota. Después de dos estaciones ella ha desaparecido. El tren, indiferente, sigue su curso y yo oigo pacientemente la historia. Me transmite cada momento de ella. Ya sé a qué sabe la pelirroja. Es más, ya sé cómo quedó viuda. Ya sé acerca de Tata, su abuela difunta. Su hija, pese al relato parcializado del narrador, no me inspira rencor. Me empiezo a encariñar con la viuda que protagoniza cada frase del tema. Estoy enamorado de ella también. Lloramos juntos su partida, mi amigo y yo. Sufrimos juntos el desengaño. Ella tan buena, ella tan grande, ella tan carne, ella se ha ido. Estamos él y yo de nuevo.

Hora del café. Bebemos café. Jugamos dominó. Leemos lo mismo que hemos leído. Comentamos lo mismo. Nos ensañamos una vez más contra ese infeliz al que una vez dejamos sin dientes. Competimos sutilmente recordando quién fue más violento. Duerme. Despierta. Duermo. Despertamos. Se queja de esa alergia al polvo. Ya empieza una vez más con su manía de rascarse la cabeza, arrancar la costra que nunca va a ser tejido sano y lanzarla a la suerte de la gravedad. Me reprende cuando vuelvo a roer mi pulgar derecho y me insulta con el sabido “puto cerdo”. Vemos más paisajes, vemos todas las estaciones, retomamos las historias del colegio y aún mentimos acerca de la intimidad con las chicas de la secundaria. Peleamos, despotricamos, nos reímos, le quito el frío. Me consigue una aspirina. Somos predecibles. Su respiración, su voz, su silencio y su risa se mimetizan con la tos continua del tren.

Un día la tos del tren es más pesada. Maldigo el calor que hace. Nadie contesta mi queja. No hay cómplice para este mal rato. Nadie interrumpe mis intentos por leer el periódico rezagado. Duermo sin ronquidos junto a mí. Su hambre de bestia no se hace notar. El tren está vacío. El viejo que pela las nueces se va al fin. Debo revisar el vestíbulo. No hay en él mas que el eco del olor del romance pasajero. Ninguno de ellos está allí.

Conozco perfectamente las entrañas de la víbora de acero que repta pesadamente sobre las vías. La ausencia de mi amigo es mansa. Su billetera está llena, pero nadie va a gastar ese billete. No lo quiero. Reparo una y otra vez en los recovecos del tren. Él, mi amigo de viaje, se ha apeado con detestable discreción. Esa sutileza no es suficiente para mitigar su falta. El tren está vacío. Suben y bajan pasajeros. Llegan paisajes que huyen en dirección contraria al tren. Todo lo que llega se disfraza de ilusión, se convierte en pasado, en recuerdo y en duda. ¿Era o se parecía? El tren está vacío. Yo estoy vacío, esperando mi estación, leyendo la noticia caduca. Lo vigente deja de serlo cuando vive. Se difumina en el tiempo. Se derrite en el paso monótono del tren y en la memoria. Las dudas sobre su partida se convierten en esperanza y ésta en la promesa de vernos allí, a las cinco, donde siempre.
Lo espero con la boina color vino, a él, el de la chaqueta de cuadros.

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3 Comentarios

  1. Casilda
    2 septiembre, 2016 at 6:54 pm — Responder

    SIMPLEMENTE MARAVILLOSO!!!

  2. Maria José
    2 septiembre, 2016 at 6:54 pm — Responder

    Ay no quiero sonar ignorante, ame el cuento pero ¿se murio el amigo?

  3. Jaime Pliego
    2 septiembre, 2016 at 6:55 pm — Responder

    Excelente texto!!! FELICIDADES! Maupassant por el escritor?

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