Recuento

De cara al viento, entre calles angostas, avanzó sin dejar de contemplar el paisaje. En el aire se respiraba ese progreso que solo los cambios sociales son capaces de dejar. Su paso era lento, pero firme. Caminaba con esa seguridad que se va adquiriendo en el camino de la vida. Las casas de tejados de barro con sus balcones paisas le cautivaron conforme se internaba en el barrio de la Candelaria. Sus ojos se toparon con una loza incrustada en un rústico muro de una de las casas que dictaba “Aquí nació, el 23 de junio de 1869 José María Vargas Vila, autor de Aura o las violetas”. Esto, hizo que su imaginación volará y asociará aquel grafiti con una de las líneas de Vargas Vila: “…porque el mundo nos era inoportuno, y nos entregábamos a esos ratos de dulce melancolía en que parece que las almas de los amantes se desprenden de sus cuerpos.…”. Esa imagen pintada a lo largo del costado de un edificio solitario que vio mientras el taxista entraba al túnel, el beso de los invisibles. El lente de Héctor Fabio Zamora, había capturado la libertad de amar en un marco de horror urbano neoyorquino y lo había importado a Colombia. Todos somos invisibles en algún momento y no por ello carecemos de historias.

Sus pasos la llevaron a la Plaza de Bolívar. El habitual ajetreo se hacía presente en ese escenario de transformación andina. Cada uno de sus edificios, podría platicar su propia historia, su versión de los hechos. Inés se sentó en la escalinata de la Catedral Primada. Observó la mezcla social. El de traje acelerado discutía con su compañero, mientras el andrajoso se acercaba a pedir limosna. Los baños públicos portátiles en frente de ella y de la llama que esperaba ser fotografiada junto con algún turista. Cada uno de los edificios situados, podría platicar su propia historia, su versión de los hechos.

Inés estaba muy lejos de casa. Se sentía ligera, segura. Suspiró. En ese instante, su pasado se hizo presente. Agradeció al Universo lo ocurrido. Se había hecho más fuerte. Guerrera y fiel combatiente.

Inés tenía casi cuarenta años entonces. Su vida había transcurrido con cambios fuertes aunque siempre se encontraba buscando estabilidad. Aquella tarde, mientras hacía los últimos deberes domésticos, tras una tediosa jornada laboral, nunca pensó que su rutina podía cambiar tan drásticamente. Bastarían tan solo unos segundos para que todo su mundo fuese violentamente trastocado. Pablo, su marido, había enfrentado ciertos problemas clínicos por lo que hacía ya unas semanas que venía trabajando en casa.

Mientras terminaba de doblar y guardar la ropa, aún tibia de la secadora, escuchó la voz de Pablo que le pedía le acompañara a realizar algunos movimientos bancarios. Esto, era lo último en sus planes para esa tarde. Inés deseaba terminar para poder recostarse y concluir ese capítulo de su recién comprado libro. Este, llevaba días enteros esperándole sobre la mesita de noche.

Con desgana, Inés aceptó. Al fin y al cabo, era una tarde linda. Salir les vendría bien. Quizá, después del banco, podrían detenerse por un helado a charlar o ir a rentar una película. Su libro podría esperar un poco más. Reacomodo su cabello, delineó el contorno de sus ojos y puso un poco de color en sus labios. Sonriente le avisó a Pablo que en unos instantes estaría lista. Pablo, mientras tanto, desesperado, seguía haciendo cuentas. Amaba a su familia. Los pagos de colegiaturas, tarjetas de crédito, la letra de la camioneta y el recibo de luz, para colmo, estaban próximos a vencer. Las cosas, nuevamente, no salían bien para él.

Pablo e Inés se habían casado siendo aún muy jóvenes. Eran dos recientes adultos que ilusamente pensaban que todo saldría bien. Casarse era una decisión apresurada y poco comprensible. No había ningún motivo para ello, salvo esa idea de amor compartido. Aunque pasaron varios años para que nacieran Sebastián y Diego, sus hijos, la verdad, es que aún no cumplían ni los veintiséis años.

Esa tarde los niños jugaban en el jardín. Ya habían acabado sus deberes. Inés les preguntó si querían acompañarles. Normalmente, no lo hacía. Le gustaba la idea de familia muégano por lo que siempre tenía un argumento para convencerles. El solo planteamiento de “vamos al banco”, como invitación inicial, hizo que ambos niños al unísono se negaran. Sabían que eso podía significar una larga y aburrida espera, por lo que el continuar jugando pelota con Max, su bóxer, les resultaba mucho más atractivo. Podían quedarse en casa y esperar el regreso de sus padres.

Pablo e Inés arrancaron. Bajaron los vidrios. Era una tarde calurosa. Sintonizaron, como siempre, la radio, Chimes of Freedom en la voz de Springsteen. Al avanzar, no se dieron cuenta que les venían siguiendo. De pronto, al doblar la esquina, se les atraviesa un vehículo. Se bajan varios hombres de él. Todos los sentidos de Inés se tornaron alerta. Sintió miedo. En tono autoritario, uno de ellos pidió ver los papeles de propiedad del vehículo tras presentar su charolazo, argumentando buscaban una unidad similar reportada robada. Pablo tranquilamente abrió la portezuela, empujó el sobre de dinero hacia el fondo de ésta y extrajo los papeles. El hombre le pidió se bajará. Al hacerlo, de pronto, le rodearon. Le anunciaron estar aprehendido. Inés no sabía qué hacer. Suplicante imploró no le maltrataran. Tantas escenas violentas en que policías y judiciales se encontraban involucrados que surgían de sus novelas, le hacía visualizar lo peor. Era ajena a todo ello. Rogó ver la orden de aprehensión. Tenía que encontrar una razón. Pablo alcanzó a pedirle le hablará a su abogado de inmediato, mientras otro de los hombres le sujetaban eliminándola de la escena. Corrió a casa. Tomó a sus hijos y los llevó al interior, pidiendo no fuesen a abrir la puerta, escucharan lo que escucharan. Ella en algún momento regresaría a casa, mientras tanto, debían ser buenos niños. Sebastián y Diego se irían a la cama sin beso de buenas noches sin saber lo que vendría.

Inés se presentó valiente ante los demandantes, hizo mil llamadas. Abatida, llegó al edificio judicial. Logró esa noche estar en los separos junto a Pablo dentro de la celda que sería el preludio a meses de angustia y miseria. Su lucha no cesó hasta que alcanzó la libertad para él. Salió eximido.

Esa trágica tarde marcaría su historia futura. El adiós a un mundo conjuntamente construido. Nada volvió a ser. La nueva batalla tras ese suceso se mezcló con la infidelidad. Inés y sus hijos tomarían otro camino, alejados y con las cuentas pendientes por pagar a cuestas para salir adelante.

Años después, Inés sentada en la plaza que presenciará el Bogotazo, con una sonrisa en el rostro, de cara al viento, pudo recordar, abrir los brazos como ave fénix y sonreírle a su propia historia, sabiendo que se encontraba lejos porque había logrado con ello sacar a sus hijos adelante, hombres de bien.

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3 Comentarios

  1. Nico
    4 agosto, 2015 at 4:31 pm — Responder

    Espero ansioso leerte, me imagino como eres y lo afortunado que es el hombre que está a tu lado.
    Gracias por alegrar mi día con esta suculenta lectura.

  2. Martha
    4 agosto, 2015 at 4:32 pm — Responder

    Muchas mujeres que como Inés y como yo salimos adelante solas y sacamos adelante a nuestros hijos. No es que nos hayamos equivocado o que hayamos tenido mala suerte, o que fracasamos en la vida de pareja, ES simplemente, sin nada más que decir y hay que levantar la cara y no rendirse nunca. Mis respetos a ti Inés, a mí y a todas las mujeres que somos capaces de valernos por nosotras mismas.
    Gracias por compartir Iovanna

  3. Anonimo
    4 agosto, 2015 at 4:32 pm — Responder

    y seguramente el cabron por el que ines dio todo hoy no pasa dinero a sus hijos, que son hombres de bien gracias a ella, pero han de decir que pobrecito pablo…
    pinche vida ingrata y los hijos ingratos tambien
    cuando pablo salio de la carcel le pinto el cuerno a ines, pinches hombres que se creen? a ines ni la hubiera ido a visitar a la carcel, ni cigarros le hubiera llevado
    cabrones estos!!!
    que los capen a todos!

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