¡Qué caray!

Visitando a mis papás tuve el gusto de compartir la comida con una amiga de mi mamá que siempre ha sido amable y encantadora y el disgusto de atragantarme con el pollo y la ensalada rusa escuchando los relatos de otra comensal, egoísta y arrogante.
Ya saben, de esas que hablan a todo volumen, siempre tienen la razón, siempre ganan o mínimo empatan…
Habló y habló sin parar de su vida, su hija, los logros de su hijo, y de todo lo que hace bien, porque evidentemente nada lo hace mal.

Mientras hablaba era imposible para mí dejar de compararla con mi suegra:

-En todos lados me conocen, a dónde voy me saludan. Es que tengo 6 hijos, todos exitosos. He sido un ejemplo a seguir como madre, y todo esto se lo debo a mi mamá que me educó desde niña con rigidez. Me dio lecciones maravillosas de vida. Nunca me abrazó hasta después de sus 80 años. Pero Dios y la vida nos dieron la oportunidad a ambas de amarnos al final de sus días. Sin rencores.

Mientras ella tenía una hemorragia verbal, yo no podía quitarle los ojos de encima, creo que hubieron momentos en los que tuve la boca abierta. Veía como se movían sus labios a toda velocidad, sus manos danzaban por el aire como concurso de dígalo con mímica para hacer aun más dramático el relato.
Por momentos dejaba de oírla porque mis pensamientos necesitaban un time out para darle entrada a mi propia voz preguntándose:

-¿Cómo sería antes de operarse? ¡Ay esos ojitos! Como que el derecho es medio distraído porque mientras que el izquierdo parpadea a toda prisa éste se va de paseo…

Vuelvo a atender la conversación y ya está directamente diciéndome a mi que le ha dicho a mis papás que soy una persona difícil.
Llevo tantos años cargando con esa etiqueta, que no me sorprende nada. Sin embargo como la retahíla ya es personal, decido preguntarle si su juicio se basa en que la última vez que coincidimos no estuve de acuerdo con un comentario religioso que hizo.
¡Por supuesto! Ese era el problema, osé la segunda vez que la vi en mi vida, (esta es la tercera) no estar de acuerdo con su modo de pensar y contradecir su sapiencia, cosa que me regaló un poco más de vigencia en la etiqueta.
Afortunadamente los años me han otorgado la capacidad de distinguir de quiénes sí y de quiénes no tomar en cuenta estos juicios tan descarados a la usanza de los años 30´s, en donde cualquier familiar podía leerte la cartilla y recitar todos los defectos que a sus ojos poseías.

En modo trivial y dicharachero, comentábamos la otra amiga presente y yo que sería bueno poder decidir hasta cuándo quieres vivir y conté alegremente que una querida amiga mía y yo hemos platicando ahogadas de risa que llegado el momento le pondremos fin de alguna forma ingeniosa, a nuestra vejez, juntas, mientras bebemos rompope.

No habían pasado ni diez minutos cuando ya estaba dándome lecciones de cómo se debe tratar a los padres -sin juzgarlos y con mucho respeto- de lo mal que hago cuando digo que quiero morir estando bien y no tan vieja -porque hiero profundamente a mis papás al decirlo y desilusiono a mis hijas- y con la certeza de estar haciendo lo propio me explicó con lujo de detalles que soy una persona egoísta. Entonces mi mente se vuelve a manifestar diciéndome:

-¿Será que esta señora está pensando que mis papás van a seguir vivos cuando yo tenga 75 años?

Como si leyera mi mente exclama emocionada:

-¡Yo quiero pedirle a la vida que me regalo 120 años! Para seguir bailando y disfrutando todo.

Íbamos y veníamos entre la inflexibilidad de la madre, la alcurnia de sus círculos sociales, la hermosura de su padre, la unión filial entre hermanos y las múltiples actividades extra escolares que realizó desde temprana edad, porque ella a los 3 años ya leía y mucho, cuando en su inmensa necesidad de convencerme de que su realidad es la única posibilidad de vivir en este planeta, comienza a narrar detalladamente como su madre la bajó del coche camino a unos 15 años, ya vestida, peinada de salón y estrenando zapatos de charol, simplemente para enseñarle que en esta vida, no todo sucede como lo esperamos.

-¡Pero era una sádica declarada!- exclamo con asombro verdadero. No ironías, no enganche.
Realmente estaba pasmada de escuchar que aquella experiencia para ella ha sido una de las mejores enseñanzas, en primer lugar, porque la explicación del maltrato se la otorgaron catafixiando un mes sin salir de casa y segundo porque su padre la invitó a caminar a solas por la calle, mientras la consolaba diciéndole que todo lo que está allá arriba, (señalando el cielo estrellado), era de ella y nunca nadie se lo podría quitar jamás.

Otra vez el revoltijo sin sentido… nada tiene que ver una cosa con la otra. Sólo suspiro.

Vuelvo a perder su voz para escucharme: ¡Pero qué hueva de señora! Estos protagonismos se arreglan con unos añitos de terapia y entonces aprendes por añadidura, que convencer a los demás para que hagan y piensen como tú, igual que los acarreados que llevan al zócalo por una torta y cien pesos, es una falta de respeto.
En fin, para las 3 veces que la he visto en mi vida… y seguro que la veré la cuarta dentro de 3 años, con el favorcito de Dios, es mejor no alegar. Otro suspiro, esta vez más hondo.

Cuando regresé a la conversación que seguía teniendo en exclusiva conmigo, ya íbamos en las travesuras que hacía de niña. Ella tuvo una infancia durísima… con decirles que se vio forzada a golpear contra la banqueta a un vecino que no le prestaba la bicicleta. Narró con lujo de detalles aburridísimos cómo se escondió para que no la reprendieran por haber cometido semejante falta.

-¡Qué caray!- Pensé ya con nostalgia y un poco de envidia -¡Tú si que has vivido una vida difícil! La mía ha sido una balsa de aceite. Mientras peleabas porque no te prestaban la bicicleta, yo tenía que sentirme afortunada cuando mi papá no lanzaba contra la pared el plato de sopa porque no estaba a la temperatura perfecta, luego de propinarle a mi mamá una buena dosis de insultos hermosos y pintorescos, que surgían de los ataques de violencia desmedida que solía tener cada vez que aterrizaba en mi casa inundado de culpas.

No cabe duda que en boca cerrada no entran moscas…

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6 Comentarios

  1. Monica
    22 septiembre, 2016 at 10:53 am — Responder

    Mi querida amiga, me queda más que claro que a tí si te educaron ( como hayan podido ) y que ya fuiste a terapia los años necesarios ( a la mejor tienes que volver después de esto pero x ), yo en cambio hubiera recordadole a la señora con unos buenos azotes contra la banqueta, que hay que respetar a los demás! Siempre, piensen como piensen.
    Te quiero desde aquí y te quiero aquí, para juntar tus partes con un gran abrazo.

  2. Yolanda
    Yolanda
    22 septiembre, 2016 at 11:17 am — Responder

    ¡¡Te quiero con el alma!! Seguro necesitaré juntar hartos pedazos…. ¡¡¡¡pero para eso tengo la fortuna de tenerte conmigo!!!! ¡¡¡Gracias!!!

  3. Alejandra
    22 septiembre, 2016 at 8:42 pm — Responder

    Mis respetos, Maraquita! Y tu paciencia…. Enorme! Te quiero

    • Yolanda
      Yolanda
      22 septiembre, 2016 at 10:04 pm — Responder

      Pues más vale tener paciencia con gente así!! Te quiero más!!! BESOS

  4. Luz
    22 septiembre, 2016 at 8:52 pm — Responder

    Uf qué desesperante no poder callar a gente imprudente y metiche. Envidio tu paciencia. Te quiero.

    • Yolanda
      Yolanda
      22 septiembre, 2016 at 10:05 pm — Responder

      Desesperante!!! Cada quien… te quiero más!!

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