Pterodáctilo Inglés

El avión quieto es casi imperceptible. Sólo es evidente que nos encontramos a bordo de él por ese aroma inconfundible y por la vibración discreta de la aeronave encendida y en reposo, como también los ruidos inconfundibles de la tripulación preparando todo: los carritos de servicio, los folletos de instrucciones en caso de emergencia, los compartimientos para guardar el equipaje de mano y todos los preparativos del vuelo y esas palancas, botones y manivelas que nunca he entendido qué demonios son, pero siempre hay azafatas funcionando con ellas. El ambiente suena similar al de un restaurante, pero hay menos algarabía porque para ese momento del abordaje y acomodo, los pasajeros estamos apenas reconociendo el espacio y rompiendo el hielo con la situación que será la permanente durante las próximas diez horas. Es un episodio digno de ser analizado por un etólogo. La tripulación, particularmente los sobrecargos, son pastores de ese rebaño de viajeros y se dirigen a nosotros con los mismos principios de las pedagogas de educación preescolar.

Después de las instrucciones del piloto que se oyen en los altavoces en un lenguaje completamente gremial y con interferencia, el avión se pone en marcha con mucha pesadez, como un animal recién comido. La pista está muy oscura. El piloto saluda, las pantallas muestran animaciones de situaciones extremas y las aeromozas hacen pantomima. El piloto da más información de la que requiero acerca de altitudes, latitudes, temperaturas, ruta…yo miro por la ventana. Es una noche fresca y despejada. Veo aviones de muchas líneas; unos quietos, unos llegan, otros se van e intento inútilmente ver a través de las ventanillas de los otros a ver si veo algún conocido que va a viajar o si adivino quién es “ése” y por qué y a dónde va; si le gusta volar, si va por placer, por trabajo o por emergencia.

Sólo diez minutos de retraso para el despegue. Faltando diez para las diez de la noche ese pterodáctilo del Siglo XXI se deja elevar con un bufido profundo: la barriga del monstruo se ha tragado las ruedas. Hasta pronto, México.

-La próxima vez que pisemos la Tierra estaremos en Londres – dice el Lobo mientras aprieta mi mano.

Elegimos la cena de un menú bien presentado. Aceptamos una copa más de lo que ya estábamos bebiendo.
Después de la cena se apagan las luces, todos bajamos la persiana y dormimos. El sonar de las turbinas se ha convertido en parte del ambiente y deja de ser ruido: arrullan.

Alrededor de mis cuatro y media de la mañana me despierta la evidencia de que ese vino era muy malo: mi cabeza es una tetera dentro de la que hierve el vino y ahora las turbinas se sienten dentro de mí. Me arrepiento de todos mis pecados, pido perdón por haberle dado a mi esqueleto ese veneno de uvas sintéticas y por haber querido otra copa y por haber maldecido y por haber molestado en el colegio a esa gordita infeliz y por haberme burlado del profesor de historia y por haber vomitado en el hombro de mi nana después del tetero y por odiar a los gatos y por haber nacido… ¡maldita sea! Qué horrible pesadilla es una resaca en un avión cuando faltan aún tres horas para aterrizar. Quiero subir la persiana, pero me da pánico que a través de ella aparezca Jesús haciéndome señas obscenas y que detrás de él haya víboras neón en el cielo, nubes negras y estrellas deslumbrantes apresurándose contra mi cara fundida. No vuelvo a aceptar ni siquiera un bombón relleno de licor de cereza antes de abordar un avión. Lo juro. JAMÁS.

El Lobo se ha despertado como una flor: no hay mareo, no hay náuseas, no hay dolor de cabeza. Sigue volando….y no exactamente a bordo de un Boeing 777, sino de las alas imaginarias del Neupax con whisky. Su gesto apacible con los ojos a medio abrir y esa sonrisita congelada y ligera muestran el maravilloso efecto del coctelazo que le di para que durmiera en el vuelo, que es para él el lado oscuro de los viajes, igual que para la buena de mi hermana.

Vemos el mapa de la pantalla: estamos muy cerca de Inglaterra.

-Dormí a toda madre- dice cínicamente el Lobo- me dormí después de cenar y cuando abrí los ojos estábamos pasando por Dublín.
Yo mejoré con una lavada de cara y dientes, un par de aspirinas y un jugo de naranja que le recibí al inglés entrecano que parece una madre cuidando a sus cachorros.

Tímidamente intento abrir la persiana; por ese centímetro de abertura se cuela un solazo tremendo que ilumina cruelmente a toda la cabina. Más de uno se encandila y mira alrededor para descubrir al bastardo que le ha interrumpido el sueño. Yo cierro de nuevo la persiana riendo maliciosamente y con un poco de vergüenza.

-No, que se jodan, ya casi llegamos. Ábrala, al que no le guste, güevos – me dice Carlos.

Qué momento. Al subir la persiana aparecen unas nubes ligeras. A su alrededor ya no sólo hay cielo: allá abajo está Europa. Ese verde azulado que se ve desde aquí es el viejo continente. Me pasmo. Mi mente recrea la imagen del globo terráqueo y me sorprende saberme en ese lugar del mundo.

-Europa, así que ésta eres tú. Así que te ves tan verde y tan azul. Así que estás hecha de lo mismo que América. Cuántos han pisado durante siglos esa tierra que veo y que me sigue impactando por su color azulado.

Pego mi nariz a la ventanilla. El vaho de mi respiración no tiene tiempo de borrarse, por la velocidad e intensidad de mi exhalar e inhalar. Acaricio el acrílico que nos aísla del cielo helado de las doce del día de Inglaterra. Un solazo rebota en el acero del ala que apenas si tiembla por el movimiento. Abajo, en medio de campos parcelados, brilla un brazo del Támesis cortando la tierra en dos. Como si lo estuviera mirando a través de una lupa, va creciendo a la velocidad de nuestro descenso. Sobrevolamos durante unos veinte minutos por el tráfico aéreo. Hay muchos aviones sobrevolando. Me fascino al verlos: siempre que desde mi lugar en el avión veo otros volando “cerca” aflora la infancia y me emociono mucho sin otro motivo que el gusto de ver cómo la distancia es algo casi imaginario y absolutamente relativo que pertenece sólo a la vida terrenal. Allá abajo hay “lejos y cerca, derecha e izquierda, al frente, atrás…” mientras que aquí en el cielo está cerca todo lo que alcanzan los ojos.

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1 Comentario

  1. anonimo
    14 septiembre, 2016 at 10:48 pm — Responder

    Hermoso relato! Felicidades!

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