Necesitamos un equipo

No sé cuántas de ustedes se puedan identificar con esto que escribo, y tal vez suene trillado porque estamos en la época de las frases profundas y de las películas con mensaje, pero lejos de querer categorizarme en ese recuadro, quiero decir que con la experiencia me doy cuenta que no necesitamos tener muchas personas a nuestro alrededor, lo que necesitamos es un equipo.

He tenido la fortuna de ser una persona “popular”, en el sentido estricto de la palabra, no en el sentido que se le da ahora en los círculos fatuos de adolescentes; popular, de la comunidad, de la mayoría; soy de esas mujeres, que sin sonar arrogante, porque puede ser en sentido positivo y negativo igualmente, no paso desapercibida nunca.
Genero todo tipo de reacciones: esa primera buena impresión de una mujer encantadora, cálida y humana, esa mujer odiosa que cree que todo lo sabe, esa mujer apacible que puede escuchar divinamente a los demás para serenamente dar una opinión objetiva y certera o ese demonio temible y avorazado que arrasa con todo sin piedad.
Todas esas soy yo entre muchas otras más. Todavía peleando entre sí porque una quiere imponerse echando a patadas a las demás, y no falta la intervención sanadora de las que equilibran mi atormentada cabeza disipando, poco, los sentimientos de culpa y los juicios tan severos en los que me atoro tantas veces.

Entiendo que hay personas que nos acompañan en este andar de manera eficiente y otras que sólo hacen bola porque necesitamos la bola. Porque necesitamos pertenecer para no desintegrarnos, a la familia, a ese selecto grupo de mamás de la escuela, al grupo de las saludables que se ejercitan, al de fumadoras porque cada vez somos menos las que fumamos, a las divorciadas porque las casadas nos malmiran, a las casadas porque así los esposos se hacen amigos y la pasamos mejor, a las altruistas que van al dispensario a hacer despensas porque hay que agradecer lo que la vida nos da, a las que salen por las noches y se divierten hasta la madrugada porque seguimos siendo jóvenes…. es una lista interminable…

Pero ¿realmente hay que ser parte de todo esto?
¿De verdad hay que seguir haciendo bola?

Sucede que un día, esas amigas no eran tan amigas, y esos familiares que aseguraban ser capaces de rajarse la vena hasta la muerte sólo estaban por conveniencia; esos padres que ofrecieron un manjar, al desvanecerse el espejismo, sólo era un plato de menudencias para no lamentar que dejaron morir de hambre al hijo, esos hermanos tan solidarios escasamente se saludan una o dos veces al año, y ¿por qué no? el brutal encuentro con una pareja de vida que no es ni remotamente la que escogiste…. y así otra lista interminable.

Regreso al equipo.
No hay que hacer bola y llenarnos de personas que sólo hacen ruido como el del aviario del zoológico.
No hay que lamentar ya no ser parte de estos cientos de grupos que nos parten en mil pedazos robándonos la energía, que nos obligan a cumplir y a aceptar cosas que no van con nuestra forma de pensar o con la vida que queremos vivir.
Hay que sentarse en un sillón cómodo, y escuchar atentamente en absoluto silencio.
Hay que diferenciar los graznidos del cuervo del piar de los pollos, esas gallinas que no paran de cacarear… identificar el canto del gallo, deleitarnos con la melodía del cenzontle y del jilguero, acallar el parloteo de las guacamayas, y no pasar por alto el suave siseo de las golondrinas.

Una vez identificados todos los sonidos, hay que escoger y armar un equipo.
De tres, de cinco, o de diez los muy afortunados.
Un equipo con todas esas maravillosas personas que están dispuestas a caminar a tu lado.
No van a ofrecerte ningún acto heroico ni lo esperan de ti. Sólo van a saber escuchar, hablar, abrazar, besar, reír, llorar y amar desde el alma. No tienen que estar a tu lado todo el día, ni llamarte por teléfono cada semana, simplemente están porque tu piel lo siente.

Yo hoy tengo un gran equipo, en otro continente, en San Antonio, en Aguascalientes, en Nueva York, en León, en Villa Coapa, en la Del Valle, en Cuernavaca, en Coyoacán, en San Jerónimo, en La Roma y en otros lugares más…

Si, soy de las afortunadas que tiene un equipo de más de diez.
¡Gracias por estar!

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1 Comentario

  1. Kathya
    30 noviembre, 2016 at 9:46 pm — Responder

    Entiendo justo lo que sientes!
    Esa soledad de la madurez es implacable, ese sentimiento de desamparo es muy fuerte!
    Pero lo dices bien y te oyes segura de ti misma.
    Seguro eres fuerte y seguro encontrarás la paz que necesita tu alma. Me tocaste el corazón.
    Me encantó!!! Simplemente me encantó!!!

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