Mi año verde IX

                                                                      La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces                                                                                                                                                                      Proverbio Persa

Retando al destino

Hubieron más cambios para los mexicanitos, nuevos movimientos en el tablero de ajedrez y nuevos inquilinos en el departamento de José.
Yo seguía conociendo gente de todo el mundo, era tan fácil encontrar un buen amigo como una moneda en la calle. Estaba encantada con las nuevas personas que entraban a mi vida, adoraba sus historias, su forma de vivir y de ver las cosas, Miruna y Andreea, dos rumanas muy diferentes que vivían en España y hablaban a la perfección español, inglés y rumano, son un ejemplo de ello.
En el transcurso del nuevo año llegaron dos franceses, Areli y un brasileño al departamento de José. Los franceses venían recomendados y sustituirían a Mara y a Marta, las italianas. Areli dejó el departamento que compartía con el pakistaní ya que no le gustaba que él invitara constantemente a diferentes personas a dormir, así que hizo su último cambio a casa de José, porque todo el tiempo nos la vivíamos juntos.
Alfonso y Janeth igual se cambiaron pero ahora separados, tanto el tío como la sobrina se fueron a vivir con unos brasileños pero en distintas casas, fue un cambio necesario, era importante que se independizaran uno del otro para seguir conviviendo a gusto sin dañar la relación familiar.
Uriel se movió con un Árabe que lo apodaba “Ulas”, un tipo muy extraño, bipolar, y no sabíamos cuando estaría de buen humor y nos permitiría que entrar al departamento.

En cuanto a mí, José consultó desde el primer día con sus nuevos huéspedes, John y Remy (los franceses) y Henri (el brasileño) que si podía vivir temporalmente con ellos,  ya que no tenía casa y  buscaba empleo de au pair,  ellos estuvieron de acuerdo pues mi estancia iba a ser temporal. Me repartía los gastos del departamento con José y Areli,  debo decir que él me ayudaba a pagar mi parte cuando ya no contaba con efectivo. José nunca se quejó, ni se molestó, solamente me ayudaba y listo, pacientemente esperaba a que yo le pagara o intercambiábamos pagos, cuando salíamos a un pub yo le pagaba la cerveza y luego ajustábamos lo que le debía del pago de la luz, renta o internet.
Todos dormían en sus respectivas camas y yo dormía en el sofá de la sala, no tenía un cuarto propio, compartíamos el mismo baño por turnos. En las mañanas muy temprano los franceses “se duchaban”, después seguíamos los mexicanitos porque debíamos ir a la escuela y al último el brasileño.
Para agradecer la calidez de mis nuevos roomies y conocerlos mejor, Areli, José y yo empezamos a convivir con ellos haciéndoles de cenar comida mexicana. Un día preparamos lo más fácil y barato pues éramos 7 personas, Pollo Pibil, gracias a que mi mamá me había mandado desde México, en uno de los tantos paquetes, achiote. Estaban encantados de ver el pollo rojo y probar algo completamente distinto a lo que estaban acostumbrados a comer.
Henri fue el segundo que preparó comida de su país, cocinó Picanha y una ensalada, estábamos encantados con la carne tan sabrosa y jugosa, tanto los franceses y los mexicanos estábamos encantados con el banquete.
Después cocinaron los franceses, prepararon Ratatouille, arroz y pollo, y nos deleitaron con una variedad de embutidos que traían de su país.
Nos sentíamos tan felices e importantes compartiendo comida de otros lugares, que no parábamos de comer. Remy convivía mucho con nosotros, John no tanto, era muy guapo, parecía modelo, pero tenía la sangre muy pesada y Henri era muy callado; él trabajaba de día y de noche, así que estaba muy poco tiempo en el departamento, y cuando estaba, estaba dormido, casi no lo veíamos despierto.

Mientras tanto, yo seguía buscando trabajo, dejaba CVs por todos lados hasta que una amiga me sugirió que trabajara de au pair, así que me inscribí a distintos sitios en internet, hice varios perfiles, y tuve distintas entrevistas en diferentes ciudades de Irlanda. Viajé en tren para llegar a un poblado al norte de Dublín, y fui al sur en autobús para encontrarme con otra familia. Todas querían que me quedara de tiempo completo pero yo todavía no terminaba el ciclo escolar, me faltaba un mes. Me enamoraba de cada familia que iba a visitar, me enamoraba de su casa, de los niños y del lugar, pero había algo en mí que me decía que no era la familia indicada.
Surgió una oportunidad con una familia que vivía en Cork (al sur de Irlanda), me ofrecían vivienda y la paga era muy buena,  querían que me fuera la semana siguiente,  me sentía tentada de quedarme, estaba un poco desesperada por trabajar y no ser un “estorbo” para Areli y José, estaba pensando seriamente en aceptar este empleo.
Ese día Jennifer me invitó a su casa para platicar, así que le estaba comentando sobre mis planes de irme a Cork con la familia pero que a la vez tenía miedo porque no quería volver a vivir la misma situación que viví con el panameño. Ella me comentó que no tenía que tener miedo, que en el caso de que no estuviera contenta podía regresar a Dublín y empezar de nuevo, así que me animó a irme.
Mientras regresaba al departamento, le llamé a José para comunicarle que ya había tomado la decisión de irme a trabajar a Cork, que al día siguiente llamaría a la familia para hacérselos saber.  José ya me conocía bastante bien, sabía de mi intensidad y me trataba de calmar con el argumento de que esperara para platicarlo bien, que tenía que pensar bien las cosas, y como yo soy testaruda no quería entender sus razones, así que le dije:

– Que el destino me diga que hacer, que me de una señal que me deje claro que me tengo que quedar aquí con ustedes.

Areli me había dicho ese mismo día, que no debía de jugar con el destino porque se nos presentaba en el camino. Ni más ni menos, caminaba pensando en todo esto mientras cruzaba la calle, cuando un taxi dio una vuelta rápido sin fijarse que estaba a punto de cruzar la calle, corrí para que no me atropellara,  pisé mal la banqueta rota y se me dobló el pie (traía unos tenis tipo botas), sentí un calor inmenso que recorría el pie y un dolor insoportable. Me paré rápidamente y  me di cuenta de que apenas podía caminar, seguía hablando por teléfono, José pensó que era alguna broma y yo lloraba de dolor mientras le decía que me había quebrado el pie. Me fui como pude y muy despacio al departamento. José ya estaba en la puerta esperándome, estaba preocupado:

– ¿Otra vez, Rita?

Areli regañándome decía:

– Ahí tienes la respuesta que tanto querías del destino.

Me sentía de la fregada porque en vez de ir mejorando iba empeorando, hablé al seguro médico y me dijeron que tenía que ir a una clínica para que me valoraran, me dieron la dirección, estaba “cerca” de Mountjoy, pero no podía ir sola, José me acompañó.
Mi cita era en la tarde, así que no fui a la escuela, no tenía ánimo y me dolía la pierna, no le comenté nada a mi mamá porque no quería preocuparla ya que tenia de nuevo problemas financieros, solamente le volví a decir a uno de mis hermanos, el cual ya no supo ni que decirme de la mala suerte que me cargaba.
José regresó temprano, comimos y nos fuimos con anticipación a la clínica. Esperamos a la doctora, me hizo un chequeo rutinario y me dijo que tenía que sacarme unas radiografías pues al parecer había un esguince o posiblemente me había fisurado un hueso, me recetó pastillas para el dolor, compresas de agua caliente y me dieron una cita  en otro hospital para la mañana siguiente.
Fui al hospital a que me sacaran la radiografía, estaba muy nerviosa, no pude dormir esa noche, temía por los resultados que podrían darme, si tendrían que operarme, usar yeso, muletas… estaba muy preocupada. José esta vez no pudo acompañarme porque tenía examen,  me fui sola en el luas y como de costumbre no contaba con el dinero suficiente tuve que sacar del ahorro de las monedas que recolectaba (que siempre me salvaba).

Llegué al hospital, me ficharon y esperé mi turno, me realizaron la radiografía y mientras esperaba estaba me preocupaba más porque mi pie ya precia una pata de elefante. El radiólogo me dijo que solamente era una inflamación, no era necesario operar,  solamente tomar desinflamatorios, hacer ejercicios y seguir caminando. Estaba tan feliz de que no me iban a operar que me fui directamente a la escuela, al llegar mis compañeros, algunos curiosos y otros preocupados, me preguntaron que qué me había pasado.  Eder un brasileño me decía con su “portuñol”:

¿Rita estás coja o cogiendo? Su pícara sonrisa delataba que sabía muy bien lo que estaba diciendo.

Ya recuperada completamente nuestras amigas brasileñas nos invitaron a cenar a Areli, Uriel y a mí, nos prepararon comida brasileñas con la condición que les hiciéramos guacamole y otras cosas mexicanas. Platicando de todo salió al tema que Priscila (una brasileña), estaba a punto de regresar a casa y que buscaba quien la sustituyera en una casa en la que trabajaba de au pair.
Cuando regresé de la merienda le escribí a Priscila para ver si tenía la oportunidad de entrevistarme con su familia.
Días después, me llegó un mensaje de la familia donde trabajaba Priscila, que querían entrevistarme a mí y otras mexicanas para quedarme a cuidar a sus niños. La entrevista sería el jueves a las 4:00 de la tarde.
Tenía que organizarme porque aparte de esa entrevista, tenía una entrevista con otra familia. Las dos estaban de punta a punta de la ciudad, en los suburbios, planifiqué el día y los tiempo para no llegar tarde a ninguna de las dos entrevistas. Investigué las rutas que tendría que tomar y el dinero que iba a gastar.

Camino a la primera cita me encontré con Karen, la otra mexicanita que venía en el mismo grupo que yo, iba a entrevistarse con la misma familia, pensé que sería un rival fuerte porque es una niña muy alegre, alivianada y le gustan los niños igual que mí. Nos fuimos juntas a Mount Merrion (al sur de la ciudad), el suburbio donde vivía la familia, llegamos a tiempo. Ya nos estaba esperando Liadain.
Liadain nos recibió amablemente, nos ofreció té y nos preguntó de dónde éramos, y si todavía seguíamos estudiando. Ahí estaba Priscila cuidando a los niños, nos saludó, y nos presentó a Ruan (de 4 años) y Cian (1 año y dos meses), faltaba Finnia (de 7 años) que estaba en clases de violín. Mientras que esperaba mi turno observé la casa, tenía una cocina muy moderna y muy bonita,  un gran jardín y una sala amplia y muy iluminada. Ruan estaba corriendo alrededor del comedor, brincando y saltando como cualquier niño hiperactivo mientras Priscila le intentaba dar de comer a Cian, que no quería. Cuando por fin Ruan se quedó quieto, se sentó a mi lado, le pregunté que si le gustaba la pasta (que es lo que estaba comiendo) y me contestó que sí, le dio un bocado y siguió corriendo. Aparecieron Liadain y Karen, ahora me tocaba a mi ser entrevistada.

Liadain me preguntó si tenía experiencia con niños, que si me gustaban, que si jugaba, cocinaba… le conté que disfrutaba a cuatro sobrinos, tres niños y una niña, le platiqué del motivo por el cual estaba en Dublín y mis aspiraciones, que me encantaba cocinar, me describí como muy alegre, la más chica de tres  hermanos hombres, y todos los detalles necesarios para que me conociera un poco mejor. Terminé la entrevista, nos despedimos y Karen y yo salimos al mismo tiempo.

Me despedí de Karen y me fui directamente a donde tenía que tomar el autobús para la segunda cita, estaba un poco nerviosa porque me había tardado un poco más de lo planeado y había perdido el autobús. Tuve que esperar 15 minutos para que llegara siguiente.
Iba admirando el paisaje, veía pasar el Phoenix Park, el parque más grande de Europa, con rumbo a Blanchardstown (norte de la ciudad), llegó un momento que me sentí ansiosa porque estaba oscureciendo y ya no veía muy bien la señalizaciones, me empecé a desesperar porque sentía que ya me había pasado del lugar al que iba y el conductor muy mal encarado nunca me notificó si ya era hora de bajarme del autobús. Sin pensar en nada más me bajé y empecé a caminar sola en una calle desconocida y sin gente. Algo en mí sentía desconfianza, así que decidí regresarme al autobús y marcarle a la familia para avisar que iba a llegar un poco tarde porque me había perdido. Me di cuenta de que ya no tenía crédito en el celular y ya no tenía más dinero para tomar otro autobús excepto el de regreso a la ciudad. Me invadió el miedo y la incertidumbre, no sabía qué hacer, quería llorar, quería hablar con mis amigos…  pero no podía.

Llegó otro autobús y le hice la parada, le expliqué al conductor que me había bajado por error y que mi destino era Blanchardstown (le había mostrado mi boleto y lo que había pagado), cómo sería mi cara de miedo y desesperación que se apiadó de mí y me dejó subirme. Me dijo que me notificaría cuando debía bajar.

Ya estando en el camión recibí una llamada de Areli, que estaba preocupada por mí y quería saber por dónde andaba, aparte estaba en un café mexicano a punto de comer tamales y llamaba para preguntarme si quería uno. Le platiqué todo lo que me había pasado y quedó de hablarme cada 30 minutos para checar como iba. El operador efectivamente me notificó que esta era mi parada (todavía me faltaban 15 minutos de camino de la primera parada que había hecho), me bajé y le pedí indicaciones a la gente que amablemente me indicó por donde ir. Llegué a la casa y la señora me atendió.
Fue una entrevista rápida, la señora me explicó lo que tenía que hacer además de cuidar a sus dos hijas, la verdad no me inspiraron confianza ni las niñas ni la madre, aparte de que la casa estaba muy lejos de la escuela. Me despedí de la familia y me fui.

Justo a la semana siguiente recibí la llamada de Liadain que me preguntaba si aún estaba disponible para ser la au pair de sus hijos, inmediatamente le dije que sí. Estaba muy contenta porque ya tenía trabajo de nuevo y tenía un hogar donde vivir.

Ahora si podía darme un respiro,  ya le debía dinero a José además de estar invadiendo el sillón de su sala. Me sentía otra vez, YO.

Nos seguimos leyendo…

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