Lo hecho, hecho está

Yola era una mujercita muy orgullosa de su marido y de su matrimonio, y digo mujercita porque toda ella era menudita. Él era muy trabajador, responsable y un buen padre. Además le encantaba porque era un hombre alto, guapo y siempre lucía pulcro, el pelo perfectamente peinado y su perfume dejaba una estela deliciosa por donde él pasaba. Siempre se habían llevado bien. El único defecto que tenía y que Yola le veía es que era celoso y no le gustaba que ella anduviera ocupándose de otras cosas que no fueran la casa y las hijas.

Una noche veían atentos una película en la televisión mientras la familia ya dormía.
Yola le dijo:

– Viejo, ya me voy a dormir porque tengo mucho sueño.

A lo que Roberto le contestó:

– Yo te alcanzo cuando termine la película.

Yola se estaba quedando dormida cuando sintió que él se acostaba junto a ella y sólo habían pasado unos minutos cuando sintió que Roberto pegaba un brinco muy fuerte.
Ella volteó y le preguntó:

– ¿Qué te pasó, por qué brincaste?

Roberto no contestó, ella entonces prendió la pequeña lámpara de buró. Vio que Roberto yacía inmóvil y viendo fijamente al techo.

Yola le habló, lo movió, pero él no contestó. Asustadísima le gritó a sus hijas llorando. De inmediato llamaron al doctor de la familia, y aunque ellas pensaban que quizás era una embolia, una hemiplejia o algo parecido el doctor dijo que había sido un infarto fulminante.

Yola me platicó que recordaba muy pocas cosas del funeral, incluso no sabía quién habían asistido, sin embargo, hubo un detalle que después recordó con claridad.
Un niño le preguntó a su mamá:

– Mamá ¿por qué están metiendo en la tierra a mi abuelito?

Esto lo recordó varios días después, cuando se dirigía a la iglesia, que era el lugar al que iba a buscar consuelo. En el camino se encontró con una conocida que le dijo:

– Pero doña Yola ¿por qué permitió usted que asistiera la querida de su marido y toda su familia al sepelio de don Roberto?

Yola no salía del asombro mientras escuchaba estas palabras. No le contestó nada y se regresó a su casa. A partir de ese momento los rumores y los chismes se presentaban todos los días: que si ella sabía perfectamente de la relación de su marido con esa mujer, que si ella estaba de acuerdo, que incluso habían compartido reuniones ambas familias, en fin Yola se dio cuenta que toda la colonia sabía de la relación que su esposo había tenido, claro, menos ella y no faltó quien le dijera quién era esa mujer y dónde vivía.
Se enteró que ellos no habían tenido hijos pero que todos los hijos y nietos de esa mujer le llamaban papá y los nietos abuelito. De hecho quien le corroboró la información fue nada menos que su suegra, una mañana que llegó a casa de Yola para decirle que había soñado a Roberto y que le había pedido que fuera a ver a su esposa y que le dijera que por favor lo perdonara porque él no podía descansar en paz.

La vida de Yola se había convertido en un infierno. Ella sentía el rencor más grande del mundo por su esposo, se sentía engañada, humillada, burlada y lo peor de todo era que ya no podía reclamarle.

Aquel hombre que había sido un ejemplo para ella y sus hijas, a quien ella admiró y amó tanto, hoy sólo era recordado como un cobarde, mentiroso y traidor. No podía dejar de llorar, hasta dejó de salir de su casa. Pasó mucho tiempo sintiendo aquella rabia en el alma y comentaba llorando que no lo podía perdonar.

Después de tres años de amargura y llanto me comentó que ya había perdonado a Roberto. Me dijo que lo soñó, que lo vio exactamente como él lucía de guapo y amoroso con ella y que le dijo estas palabras:

– Yola, por favor perdóname, yo no hubiera querido que las cosas entre nosotros terminaran así pero mi padre Dios me llamó a cuentas y pues lo hecho, hecho está. Perdóname por favor.

A partir de ese día Yola sintió un alivio muy grande en su corazón y pudo volver a reír y a ser la mujer feliz que antes había sido.

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