El regreso del Señor Pérez

Todos los martes, como a las 9 de la mañana sale la hija del Señor Pérez y regresa alrededor de las 2 de la tarde.
No falla. No tengo idea a dónde va, no me importa.
Sale disparada de la casa, arranca a toda prisa, ni siquiera se fija si la puerta del garage queda bien cerrada.  Los vecinos oímos irremediablemente el rechinido de llantas.

Este martes, las cosas fueron diferentes. A las 9 de la mañana y un minuto, tras su partida, llegó un camión de mudanza, uno de los grandes, de esos en los que cabe la vida de quien se muda y se estacionó frente a la casa. También venía un coche con unos agentes inmobiliarios llenos de carteles en los que se leía “se vende” y un número de teléfono.
Varios coches desconocidos encontraron un lugar para bajar a la gente que se dirigió rápidamente a la entrada principal. Cuál sería mi sorpresa cuando vi entre ellos al Señor Pérez. Envejecido pero con una sonrisa triunfante. Muy triste, pero contento. Con la cabeza en alto y una feroz mirada. Era el de antes, el de siempre

Abrió el portón con un control remoto que sacó de la bolsa de su saco y como hormigas salieron del camión decenas de hombres con unas fajas ajustadas a la cintura. Entraron a la casa varias veces trayendo consigo todos los muebles, y su contenido dentro de cajas de cartón marcadas con el número correspondiente. De manera eficiente en un par de horas, el camión estaba lleno y la casa completamente vacía.

El vehículo arrancó abriendo paso a unas pick-ups en las que subieron lo que fueron alguna vez las alfombras de la casa, ahora convertidas en un montón de polvo y trozos de tela. Igualmente salieron uno por uno los candiles que colgaban de los techos, los muebles empotrados y las cortinas. Una vez ocupado todo el  espacio disponible en las cajuelas, se enfilaron tras el camión.

Mientras esto pasaba, un jardinero podó al ras las enredaderas y los agentes inmobiliarios colgaron los letreros en la fachada.
Un cerrajero maniobraba en la entrada principal, para entregarle más tarde un par de llaves al Señor Pérez, recibir el pago por su trabajo,  y despedirse con un apretón de manos. El mozo que había sido desterrado junto con ellos a Cuernavaca, tomó una escalera y trepó para cambiar la combinación de la puerta eléctrica, con un movimiento de cabeza se despidió de su patrón y se quedó sentado en la banqueta con unas cuantas maletas y bolsas llenas de cosas.

A la 1 y cacho de la tarde llegó la hija.
Se bajó corriendo del coche en cuanto vio el letrero colgado en la fachada de la casa. Dejó prendido el auto con la puerta abierta. Se dirigió al empleado y comenzó  a gritar y a manotear desesperada. Cuestionaba todo, insultaba, daba vueltas sobre su propio eje…
El trabajador metió las maletas y las bolsas por la puerta abierta y caminó hacia la avenida sin decir una palabra.
Ella trató de entrar a la casa sin éxito.
Llorando, alterada, nublada de ira se subió al coche y desapareció. Desapareció para siempre.

Pasó un año y medio desde el destierro del Señor Pérez y su esposa.
Con mucho coraje y sin remedio yo ya había hecho las paces con las personas que se dejan atropellar sin defenderse. En su momento, le di muchas vueltas al tema hasta que entendí que no se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado. Solté todos los casos similares que eran claramente los que me enojaban, y seguí con mi vida.
Este martes, sonreí desde temprano, me siento feliz de saber que por las razones que sean, mi vecino sacó la garra y se defendió. Olvidó por completo que era su hija la contrincante e hizo valer sus derechos. Le aplaudo, le admiro y agradezco una lección que nunca olvidaré. Me llena de paz saber que se puede poner en su lugar a los hijos que se convierten en forajidos y se aprovechan del cansancio de los padres. Esos sin vergüenza que roban todo, incluyendo la energía.

El Señor Pérez no sólo recuperó su casa, salvó su honra.

Nota:
La primera parte de esta historia se entitula Los Señores Pérez y la pueden encontrar en esta sección.

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