El “grito” japonés

El 15 de septiembre se celebra la independencia de México.
Generalmente se decora la casa con banderas y todo tipo de artilugios con motivos patrios, se hace pozole, los típicos chiles en nogada, abunda el tequila y canta el mariachi. En muchas casas se enciende el televisor para ver al presidente en turno dar el “grito” como lo hizo en su momento Miguel Hidalgo y Costilla, cosa que debo confesar que hace mucho tiempo no hago por motivos personales que no tienen nada que ver con esta historia.

Como es lo de “hoy”, tengo más de un grupo en whatsapp, que dependiendo de los integrantes fluyen los temas. Los hay donde se comenta la vida, se debaten temas de actualidad o se comparten chistes. Mi favorito es uno en donde estamos mi hermana, mis primas y yo y básicamente lo usamos para desahogar penas, reír sin parar, despotricar del marido y hablar del día a día. Cabe aclarar que ninguna vivimos en la misma ciudad, algunas ni siquiera en el mismo país por lo que manejamos diferentes horarios, sin embargo, anoche pudimos coordinar el típico saludo acompañado con el breve comentario o chiste alusivo a la independencia y nos preguntamos quiénes lo celebraríamos y quiénes no.

Por supuesto las que viven en otro continente ni siquiera contestaron hasta el día de hoy, las que viven en Estados Unidos dijeron que no celebrarían y Cielo, que vive aquí en México nos dijo brevemente que ella sí celebraría, que la habían invitado con su familia a dar el grito a una casa a la que asistirían puros japoneses exceptuando a los anfitriones que eran mexicanos también.
Las carcajadas, (porque hay que decir que en este nuevo lenguaje whatsappero no es lo mismo poner jajaja que jajajajajajajajaja o JAJAJAJAJA), no se hicieron esperar. Nos despedimos diciendo que mañana, o sea hoy, nos dijera a primera hora cómo le había ido en esa experiencia surrealista.

Pues bien, he aquí el resultado y cito textual:

– ¡Me aburrí como una ostra! A la hora de la hora, si hubieron más invitados mexicanos. Cuando llegué, ya estaban todos los japoneses sentados en una mesa por lo que me invitaron a sentarme en otra mesa con una pareja de mexicanos. No malas personas, pero de esas mujeres a las que les preguntas algo y te contestan con monosílabos, por lo que a pesar de mis múltiples intentos fue imposible entablar una conversación. El esposo de la señora en cuestión, se fugó a la mesa de los japoneses dejándome indefensa e imposibilitada para hacer lo mismo.
Mi amiga, por ser la anfitriona, estuvo en chinga toda la noche de un lado a otro. De pronto sentada junto a mi por lo que pude hablar un poco. Asimismo llegó a mi mesa una japonesa muy amable y educada, la amé, súper dulce, pero se rehusaba a hablar en inglés y su español era pésimo por lo que nos comunicamos literalmente m u y d e s p a c i o p a r a e n t e n d e r n o s m e d i a n a m e n t e.
La cereza del pastel fue otra pareja, también mexicana que llegó con tres hijos. El más pequeño muy educado saludó a todos y alguien conmovido por el detalle lo recompensó con una corneta que él hizo sonar toda la noche en el oído de cada uno de los invitados. Pero cuando digo toda la noche, es literal: ¡toda la noche!
Juro que todos los asistentes estábamos a punto de un ataque agudo de histeria, pero los papás no se inmutaron. Nada. Era como si el chamaco estuviera construyendo un castillo de lego. El hermanito mayor, con un poco más de sentido común, después de como 3 horas de soportar el cornetazo pegado al tímpano dejó salir un -¡YA!- a todo volumen provocando con ello que la mamá lo regañara por gritarle al hermano menor.
El grito, pues no lo vimos, ni lo dimos, porque el anfitrión encendió una televisión de 30 x 30 centímetros que colocó en medio del jardín, a las 11:45, y a esa hora ya había terminado la transmisión.
Tuve unos cuantos minutos para pelear con otro invitado por tener diferentes puntos de vista en cuanto a la política del país y ya no pude más.
No crucé una palabra con otro japonés excepto el clásico buenas noches y un aislado auf wiedersehen, (porque entre los concurrentes había un alemán), cuando salí huyendo despavorida a las 12 de la noche en punto, tal cual como La Cenicienta temiendo que el carruaje se convirtiera en calabaza.
Lamento no poder decirles nada sobre la cultura japonesa más allá de aprender el apellido de más alcurnia, que era el del jefe de todos.

¿Qué sería de nuestros días de ir y venir a toda prisa sin estos maravillosos relatos que nos regalamos todos los días por chat mientras hacemos la comida o estamos en la oficina?

¡Viva México Cabrones!
Para que Cielo no se quede con las ganas.

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