Desde otro ángulo

Hace unos días se desató una discusión sobre el final de 2016.
Yo sostenía y sostengo, que los propósitos de año nuevo no se cumplen el 70% de las veces porque es algo que la gente generalmente se plantea sólo porque está empezando el ciclo y no porque realmente haya un deseo de moverse, una conciencia de esta nueva forma de vida que se anhela.

Quiero dejar claro que ya no estoy en contra de los cambios y siempre he alentado los buenos proyectos, simplemente soy una creyente aferrada de que no se plantean desde donde se debe y por eso se quedan a la mitad del camino.

Entre los argumentos de la disputa, yo explicaba que hay un pensamiento mágico colectivo que marca el final de una anualidad y el principio de la siguiente como una grieta en la tierra en la que caen todos los malos momentos como un río interminable… lentamente las malas rachas, los problemas, las desilusiones, las tristezas, las carencias, y mil cosas negativas más se derraman en este agujero con la esperanza de desaparecer y quedar sepultadas, así entonces la que comienza se carga de energía positiva, se renueva y sólo traerá buen augurio. Lo no deseado se quedó en el pasado, o por lo menos en ese hoyo.

Voy a ponerme a dieta. Voy a dejar de fumar. Voy a hacer ejercicio.
Estos son los propósitos más populares y cada intervalo siguen encabezando la lista porque casi nadie los cumplió. E insisto, esto sucede porque no se proponen desde el lugar adecuado.

En mi caso, y lo digo con alivio, toda mi vida ha estado matizada con cosas buenas y malas. Malas rachas y buenas rachas. Momentos de crisis y momentos de serenidad. Tiempos de escasez y tiempos de bonanza.
Nunca he vivido 365 días ininterrumpidos de bienestar o malestar.
Y de aquí partió la alegata, la gente suele recordar más lo malo que lo bueno y sostener a sangre y espada que tal periodo o tal otro ha sido el peor de su vida.

Ahora me gusta estar consciente que el año se termina irremediablemente, nadie puede regresarlo, revivirlo o reanimarlo. Son tiempos que no volverán, en ningún lugar del universo puede volver a marcarse en el calendario el año que ya se fue, y entonces en esa consciencia le doy máxima importancia a la vida, decido vivirla intensamente, no como letrerito para compartir en Facebook, no, desde el alma quiero que los próximos días de mi vida tengan la alegría de ser vividos, días útiles y provechosos, de esos que te hacen llegar a la cama anhelando un merecido descanso, otros de paz y calma para disfrutar la dulzura de no hacer nada, muchos de risas y algunos de lágrimas espontáneas o acumuladas.

No importa si se rompe el alma por momentos, si no se cumplen los deberes, si te quedas tirada en la cama en plena primavera, o si hay largas noches de insomnio, porque nada es permanente, no te vacía, es sólo una breve pausa necesaria para no olvidar el por qué de las decisiones tomadas. Una paro para ahuyentar en la medida de lo posible las culpas y la sensación de haber elegido mal.

Siempre hay un nuevo día.
Siempre existe la posibilidad de ver las cosas desde otro ángulo y abrazarnos fuerte, comprender que aunque no todo va a estar bien, aunque no todo va a ser como deseamos, hay que asumir las consecuencias de lo que en otros ciclos hemos decidido.

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4 Comentarios

  1. Rita
    5 enero, 2017 at 11:04 am — Responder

    Así sin más… La vida sigue y se debe de disfrutar!
    Saludos!

  2. Alejandra
    5 enero, 2017 at 4:16 pm — Responder

    Muy cierto, Maraca! Y que este año venga venga con muchas más altas que bajas. Te quiero!

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