Cita a ciegas…

Más merezco pero con eso me conformo Despierta con ese dolor de cabeza zonzo que no se le acaba de quitar. Tiene frío pero la frente le suda. Se sienta en la orilla de la cama un poco asqueada y trata de acomodarse el pelo, arranca la liga enredada y se dirige al baño mientras se hace una trenza. Piensa que debería buscar un vaso pero abre el agua caliente y empieza a tomar directamente de la llave mientras sale fresca… si vas a tomar agua de la llave, que sea de la caliente. Toma la toalla que está encima del lavabo y junto encuentra una caja de Aspirinas y otra de Alka Seltzer.

−Nunca me acuerdo si esto también sirve para el dolor de cabeza −dice, tratando de leer la caja−, tengo que acordarme de averiguarlo cuando traiga lentes y me sienta mejor. No lo vuelvo a hacer, lo prometo, lo juro… pero, qué bien estuvo la fiesta; bueno, no lo vuelvo a hacer entre semana. Toma dos aspirinas y regresa a la cama dispuesta a dormir hasta el día siguiente y cae sobre la almohada, justo cuando suena el teléfono. No voy a contestar… suena otra vez… ¿y si es algo importante?… Vuelve a sonar… no oigo, no oigo soy de palo, no pienso contestar. Una más…

−¿Bueno? Sí, estaba dormida, Güicha… ¿que qué tengo que hacer hoy? Dormir… ¿tu primo tiene un amigo finlandés? ¿guapo? ¿soltero? ¿mayor de 18? ¡No se diga más! ¿a qué hora pasa por mí?… Sí, a las nueve es perfecto. Gracias, amiguita hermosa, te quiero. ¡Ah!, por cierto, ¿cómo se llama?… no estás hablando en serio, ¿verdad? ¿como el del Planeta de los simios? Ah, ése es Urko y éste, ¿cómo dijiste? Uko Eklund, ¡uy menos mal!

Mariana cuelga el teléfono y cierra los ojos. Diez minutos después hace un esfuerzo sobrehumano para salir de la cama, levántate, Mariana, antes de que empieces a babear, ya mañana dormirás el doble. Esto de recuperar el tiempo perdido tiene su precio. ¡Ay, mi cabeza!

Regresa al baño arrastrando los pies, duda entre la regadera y la tina: gana la tina y empieza el ritual.

Se hunde hasta que el agua le cubre los oídos, respira hondo y cierra los ojos para escuchar, amplificados, los latidos de su corazón. Recorre todo su cuerpo con la esponja impregnada en aceite de baño y, luego, con la mano, sintiendo la suavidad de su piel… es como si acariciara una caña de lomo recién empacada en Egapack. Abre los ojos inmediatamente y se endereza.

−Alto ahí, Mariana, recuerda que eres una mujer de mundo, casi una cualquiera como diría tu exsuegra; no una madrecita mexicana abrazable y acabada. Se hunde nuevamente en el agua perfumada y vuelve a cerrar los ojos.

Uko, ¡qué gusto! Abre los ojos. ¡Uko! Muy finlandés pero seguro sus papás no lo querían mucho cuando le escogieron ese nombre, ¿cómo se supone que le voy a decir de cariño? Uk, Uki, Uks…. para nada… ¡Véngase, mi teutón!… ¿los finlandeses serán teutones?, o mejor ¿mi vikingo? Tampoco sé si aplica… ¡Fortachón, mi fortachón! Qué buena amiga es la Güicha, siempre pensando en mí. ¿Dónde iremos a pasar el invierno? ¿en Finlandia, muertos de frío o en Acapulco, muertos de calor? donde sea, pero seguramente muertos de amor. Vuelve a cerrar los ojos y sigue escuchando su respiración hasta que el agua se enfría.

Envuelta en una toalla, se para frente al vestidor. Le gusta jugar al qué me pongo, qué me pongo, aunque ya sabe perfectamente qué va a ser; es casi su uniforme de fin de semana de los últimos meses: ropa interior de encaje, pantalón de piel muy ajustado −y le regresa la imagen del paquete de carne recién envuelto− top de seda animal print, botas de tacón muy alto y saco con cuello peludo, incómodo como la fregada el atuendo, pero, seguramente cuando me ven, dicen ¡qué viejorrón! De veras que esto de recuperar el tiempo perdido tiene su precio.

Dos horas después, frente al espejo, se acomoda la melena china, se pone otra capa de rímel y una más de brillo en los labios. Llegó la hora del perfume: se rocía sin escatimar, en todos y cada uno de los puntos estratégicos… me fascina cómo hueles… ¡Todos me dicen lo mismo, Uk!… o, ¿cómo le iba a decir? Se contempla en el espejo girando para verse desde todos los ángulos. ¡Vie… estúpida gravedad! Ajusta hasta donde puede los tirantes del brassiere y, ahora sí, con todo en su lugar… ¡Viejorronón!

Mira el reloj con impaciencia, ¡nueve y cuarto! ¿Qué le pasa a ese Urko? ¿No existe la puntualidad en Finlandia? y suena el teléfono.

−Mariana, soy Güicha; me acaba de hablar Uko que no tiene tu teléfono. Dijo que se perdió con eso de que está muy mal la numeración en tu calle, pero ya le expliqué bien cómo llegar, así que en unos diez minutos, máximo, está por allá. ¡Ay, mi fortachón tan educado! Y la Güicha, qué linda es; mañana en la tarde paso a dejarle unos chocolates y la reseña completa, sin censura.

A las nueve y media, Mariana camina de un lado a otro sin saber qué hacer. No quiere sentarse porque se arruga, pero tampoco quiere caminar para no sudar; le preocupa que el nivel de esponjado de su melena baje, pero no se quiere poner fijador para no quitarle lo natural. ¡Bueno, éste qué se cree! Es la última vez que le paso una porque, hoy la impuntualidad y mañana la infidelidad. ¡Agh, estos finlandeses, son todos iguales!

A las nueve cuarenta y cinco, se oye el motor de un coche que sube con dificultad la rampa de entrada al condominio, ¡Mi vida, seguro viene en un coche rentado que no jala bien! Y, claro, por eso no llegó en diez minutos, porque esta calle es pura subida, toma su bolsa, su saco peludo y sale a recibirlo al estacionamiento. ¡Qué es eso! Una cosa es traer un modesto coche rentado y otra muy diferente es este vocho madreado, ¡hasta la defensa trae amarrada! ¿no le dijo Güicha que eso no se hace? Paralizada, Mariana observa cómo se baja del coche un panzón como de 1.50 ¡Y yo rompiéndome las patas con estos tacones! Cochina Güicha, si ella sabe que me gustan altos, además me dijo que era guapo, mentirosa mala amiga, con una playera luida que alguna vez fue blanca, ¡y yo de pieles! Esto no se va a quedar así, mañana, después de que me atasque sola los chocolates que ya no le voy a llevar a “mi amiga”, le voy a decir que qué poca tiene. Furiosa, pero sin perder el estilo ni la dignidad, Mariana se acerca al tipo y tronándole los dedos, le dice:

−Por lo menos ábreme la puerta, ¿no?

Tímidamente, el fortachón le contesta:

−Perdón, seño, ¿es usted la que encargó unas cosas de la farmacia?

Digiprove sealCopyright secured by Digiprove © 2016
Anterior

Todos son mis padres, todos son mis hijos

Siguiente

Escribe

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>