Al cabo la muerte es flaca I

Hace ya casi 12 años fui diagnosticada con un cáncer de mama.
Hoy, como sobreviviente sana quiero compartir con ustedes esta historia de la vivencia de entonces, como un capitulado de este registro de aquellos tiempos.
Tenía entonces 42 años de edad, hoy a punto de cumplir 55 celebro día a día la posibilidad de seguir viviendo, de convivir con mis hijos, mi madre, mis hermanos y amigos.
Es un experiencia que relato con la intención de reforzar comportamientos de cuidado y atención para la detección temprana.
Hoy en día, este tipo de cáncer ha dejado de ser uno de los que más mujeres mata en México, todo gracias a la conciencia generada para no permitir su avance.

3 ó 4 de noviembre de 2004…

Yo prefiero pensar que fue el 4 porque se celebra a San Carlos. Eso me conecta con mi papá, él se llamaba así, es entonces el día de su santo. Si esta historia inició el 4 de noviembre, es como si él me estuviera cuidando.

Instalada frente a la computadora, trabajando en un proyecto que me tenía harta, de repente recuerdo que hace tiempo que no me reviso el pecho. Con la mano derecha atrás de la cabeza, toco mi mama del mismo lado. Mis dedos se topan con una extraña “masa”, con una “bola” amorfa. ¡Ah! ¡A poco! ¡Siento algo dentro de mi pecho!

Necesito revisar lo que siento. Atravesando la calle vive mi mamá, la llamo, voy a su casa. En mi intento de verificación mi hermana dice que no se siente nada, mi mamá que no está segura, yo sí. ¡YO SÍ LA SIENTO! Ahí está, la toco por fuera y la siento por dentro.

Día siguiente…

Llamo a Alexandra, mi gineco. Le digo lo que encontré y le pregunto qué estudios quiere que le lleve a consulta. Quiero llegar con los estudios en la mano para poder entender y aclarar. Tengo la expectativa, la esperanza, de que no sea nada… Ella me da los datos de una experta en estudios de imagen para hacer una mamografía y ultrasonido para llevarle, en cuanto los tenga, a consulta.

 

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