Nació del amor

 

Era Purépecha. Al despertar, agradeció a Nana Kuerajperi el aroma a naranjo y canela que había dejado el vapor del atole purembe preparado por su Nantli la noche anterior. Sus labios aún recordaban su sabor. Al beberlo, el calor recorría todo su cuerpo haciéndola olvidar el frío de la noche. Xaratanga iluminaba bellamente por esos días el Valle de Guayangaréo. La diosa de la luna portaba orgullosa su corona de maíz, pescado, chile y frijol. Símbolos de alimento de su gente. Su Nantli decía que gracias a ella todas las mujeres sabían tejer. Debía ser; porque ella portaba orgullosa y amaba las flores de lindos colores que rodeaban sus hombros. Los animales bordados de su ceñidor le hacían sentirse protegida y amada, volviéndolo algo más que un objeto que sostenía su falda sabalina.

El día que nació, su Tata le llamó su guardiana del agua, Arameni. Era fresca. Fluía con el viento. Él sabía ver en ella, como debía ser. Tata era peón de la Casa Grande y Nantli entraba en ella como fantasma. No tenía llave pero podía abrir todas las puertas. Disponía de sus objetos. Cuidaba y abrillantaba sus adornos como si fuesen propios. Aunque su piel fuese obscura, ella era la que recorría como espíritu transparente cada uno de sus rincones. Deambulaba mientras ejecutaba diligentemente toda faena encomendada por las mujeres de tez blanca y ojos color de lago. Tata-Hurhiata le había regalado a Doña Francisca algunos de sus rayos. Su cabello brillaba como el oro. Tata y Nantli no entendían el por qué la Casa Grande solo era habitada en algunas ocasiones ni para qué necesitaban tanta extensión. Les habían enseñado que la tierra debía ser cultivada y cuidada por sus dueños. Así lo habían hecho ellos y los otros antes de ellos. Don Álvaro recorría los campos a caballo y disfrutaba de la plata que emanaba de Xaratanga. Sin embargo, adoraba a otro Dios. La niña Antonia era delgada. Caminaba despacio para no tropezar con toda la tela de sus vestidos. No le estaba permitido jugar en las praderas. Se sentaba largas horas en la fuente del patio central. Todo ese tiempo, arrullaba y platicaba a ese objeto que parecía una pequeña mujer. Sus vestidos eran similares a los de ella. El rostro era brillante. Los ojos vidriosos. El cabello perturbadoramente humano. A Nantli no le gustaba cuando llevaba a Antonia a la cama y debía recostarla junto a ella. Algo extraño emanaba de ese objeto cuyos ojos parecían seguirle y su boca burlarse de su suerte.

Doña Francisca, un día, al entrar a la cocina, vio a Arameni sentada en el suelo acariciando a Gos, el perro pastor que por su fidelidad y obediencia se había ganado un lugar dentro de la casa. Calculó que su edad era igual a la de Antonia. El verle pasar tantas horas charlando con su muñeca no le parecía propio. El tiempo en la hacienda con ella y su tía Esperanza, tenía que transcurrir lo mejor posible. Ordenó a los padres de Arameni que al día siguiente le llevaran de nuevo a la Casa Grande, donde permanecería con ellos hasta que dispusieran mejor.

Como día a día sucedía, al ocultarse el sol, Tata llegaría cansado y sonriente para verse con ella y su Nantli bajo el gran arco custodiado de la entrada de la Casa Grande. Regresaban a lo suyo cantando. No lo harían esa noche. Era la penumbra de perder el alboroto cercano de Arameni. Cuando se quedó en su jergón junto al fogón dormida, reunieron sus escasas pertenencias. Una a una. Al apuntar el alba, antes de partir, sus padres le abrazaron. Le hicieron prometer no olvidar sus raíces. La raíz es aquella fuerza que une con la tierra. Es la que alimenta al espíritu creador, uniendo lo de abajo con lo de arriba.
Los primeros rayos de sol se dejaban caer dentro del jardín amurallado. Arameni dejaba por aquel sendero recorrido sus huellas marcadas que el tiempo borraría. Antonia despertó con el olor a maíz recién tostado que se mezclaba con el de chocolate caliente. Sabía que esa mañana tendría una sorpresa. Su madre le había prometido podría tener más compañía que su muñeca. Siguiendo el aroma de la cocina, llegó al comedor de grandes y robustos muebles. Parada con un atado entre sus manos, los grandes ojos negros de Arameni le vieron. Esos ojos intensos de largas pestañas que resaltaban en su pequeño rostro tostado encuadrado por sus trenzas bien tejidas con listones de colores. Una trenza caía suave sobre su espalda. Parecía jugar con las flores de su blusa. Arameni sería llamada a partir de ese día Araceli.

Al pasar los días, su Nantli viendo como Antonia no dejaba de cuidar y platicar con aquél objeto, mientras Arameni buscaba como compartir aquel juego, y, habiendo visto por accidente que ese papel con el que se protegían algunas cosas, mojado podía ser moldeado como el barro, decidió con sus manos formar uno para su niña. Trabajó en ello durante noches. Con manos llenas de amor, fue moldeando piernas y brazos. Le dio forma al cuerpo con el alma. Unió las partes. Logró con gran ingenio articularla. Faltaba darle la vida que solo los colores intensos pueden lograr. Nantli sabía obtener de frutos e insectos tintes. Con ellos había adornado sus vasijas. Mezclando, como si fuese receta de cocina, obtuvo color para cada una de las partes.

El objeto que adoraba Antonia tenía eso que llamaban zapatillas. Amarillo como los girasoles serían sus pies. Nantli podía imaginar a Arameni haciéndola bailar, girándola con ella hacia el sol. De color azabache, como la noche, el cabello. Le aplicó polvos de plata para darle resplandor. Adornó sus oídos y cuello como lo hiciese Doña Francisca con ella misma. Pintó de verde, asemejando los campos, su ropa sin olvidar grandes y brillantes flores. Delineó los ojos. Les dio el color del cielo para que a través de ellos, los Dioses cuidaran a Arameni. Lupita nació resistente y fuerte. Su alma era pura. Nació del agua. Brotó de manos artesanas. Sería la primera.

Como Arameni, el nombre de Lupita sería cambiado según su historia, su dueña. No tendría ropa intercambiable ni tan lujosamente elaborada como las muñecas de porcelana. Bajo sus flores, pintado su nombre. Se le nombraría: Lola, Virginia, Victoria, Doñitas. Niñas indígenas jugarían con ellas. En los años por venir, algunas esposas celosas, solicitarían poner el nombre de la amante de su marido en su ropa para hacerle saber con ello que conocían de la deshonra de su aventura. Otras muñecas, correrían la suerte cortesana. Serían dispuestas en aparadores de casas de citas con el nombre de las chicas para que los caballeros supieran quienes estaban disponibles para darle vida a sus fantasías.
Lupita de cartonería nació del amor a finales del Siglo XVIII. Hoy, cada una de sus partes tiene el alma de un pueblo. Ya no es un juguete ni la silenciosa representación de una mujer fácil. Es una rara artesanía. Una de ellas, fue encontrada en Morelia en un pequeño puesto de mercado. Orgullosa, sonriente y bella está sentada mientras yo tecleo en mi ordenador su cuento.

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6 Comentarios

  1. Nico
    4 agosto, 2015 at 3:37 pm — Responder

    Eres increíble! No hay nada igual a una mujer inteligente y culta! Bonita semana, la mía ya lo es después de leerte

    • Iovanna
      4 agosto, 2015 at 3:40 pm — Responder

      Me da gusto que la historia te haya gustado, excelente semana. Saludos.

  2. Lupita
    4 agosto, 2015 at 3:38 pm — Responder

    a mi me gustan mucho las artesanias mexicanas, muy bonita tu historia

    • Iovanna
      4 agosto, 2015 at 3:43 pm — Responder

      Lupita, de hecho, estas muñecas de cartonería, tienen tu nombre. Nuestra artesanía lleva la firma del alma de quien la hace, son únicas e irrepetibles, a pesar de que se pudieran hacer en miles. Es importante apoyemos a que sigan trabajando en ello a través de nuestra compra. Excelente semana.

  3. Sofia
    4 agosto, 2015 at 3:38 pm — Responder

    guau! no sabes lo que me movistes, yo tuve una muñeca de trapo y la ame siempre

    • Iovanna
      4 agosto, 2015 at 3:44 pm — Responder

      Sofía, son muñecos únicos e irrepetibles, me d gusto haya sacado la historia algo de tu baúl del recuerdo. Saludos

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