Fruta por caja

De mis padres hacia atrás, toda mi familia fue comerciante, los que no vendían plátanos, vendían naranja, otros más fruta de temporada, algunos se dedicaban a la comida preparada.
Mi abuela materna después de haber dejado de vender fruta se puso a vender tamales fritos y pancita (por cierto deliciosa), otros vendían sopes y pozole; del lado de mi papá se dedicaban a los chiles secos, las semillas, mi abuelo distribuía pistaches y nueces de la india, otros tíos tenían un restaurante, una de ellas preparaba un mole delicioso, desde tostar los chiles, dorar el pan, las almendras, y el ajonjolí, en fin todos los ingredientes para después llevarlo al molino y disfrutar este delicioso manjar con pollo, enchiladas, (ya se me hizo agua la boca), o con frijoles, en fin.

Mis papás vendían fruta de temporada, a veces uvas, mangos, o melones.

Tiempo después de la muerte de mi padre, mamá volvió a la venta y a las levantadas de madrugada, 3,  4 de la mañana, corre a comprar, manda al diablero, (señor que transportaba la fruta en un diablo), y otro empleado la recibía en la bodega.
La venta pasaba después de las 9 y era la hora de tomar algo, yo tuve la fortuna de vivir esa experiencia, acompañar a mi madre a comprar, recuerdo que eran unos gritos… ¡todo era una reverenda locura
Era como estar en la casa de bolsa, todo ocurría muy rápido, tenias que llegar a buena hora con los bodegueros para alcanzar fruta buena, sino te quedabas sin producto, sin venta y sin dinero.

Con el paso del tiempo llegaron a vivir a nuestra casa mi tía Carmen y mis primas Lolita y Xochitl, después mi madre rehizo su vida, con tal suerte que en casa ya éramos 8, pasados algunos años mamá tuvo otros 2 hijos, motivo por el cual la fruta llegaba a la casa por caja,  melones, uvas, mandarinas, guayabas, mameyes…

En una ocasión llevaron un racimo de plátanos y por la tarde mi tía empezó a repartir fruta, entonces a cada uno nos dio una penca, por la noche llego el papá de mis hermanos pidiendo un licuado y por supuesto no quedaban más plátanos, se dio la enojada de su vida, pensó que habíamos regalado la fruta, mi tía bien apurada lo llevó al bote de la basura. Ramón no daba crédito al ver la cantidad de cáscaras en el bote y hasta en el piso, basta decir “que de changos no nos bajo”.

Al otro día, cuando estuvimos a solas con mi tía todos ¡morimos de risa!

Creo que aquella vez me comí los plátanos que me tocaban a lo largo de toda mi vida.

¡Cuántos recuerdos!

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