El último desayuno

Mientras las personas son jóvenes y la composición musical de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntas e intercambiar motivos, pero cuando se encuentran y son ya mayores, sus composiciones musicales están ya más o menos cerradas y cada palabra, cada objeto, significa una cosa distinta en la estructura de la una y de la otra”.

Estaba sentada en el antecomedor de mi casa, y frente a mí se encontraba el hombre que me ha amado desde el momento en el que salí del vientre de mi madre. Tomábamos café americano y platicábamos sobre la vida como solíamos hacerlo. Mi padre siempre fue mi héroe.
No era un buen día para mí. Había dormido poco y mis ánimos no eran los mejores. Una fuerte ruptura me mantenía brincando de episodios de rabia a episodios depresivos constantemente. Sin duda alguna no era la mejor compañía para él. Como siempre, él me decía palabras de aliento y me recordaba que para él siempre sería esa niñita.

Hablábamos de todo tipo de cosas.
La depresión y los ánimos no ayudaban ya que habían días en los que prefería quedarme sola en casa que salir a comer con él. No puedo imaginar lo duro que debe ser para un padre ver a su hija sufrir por desamor, especialmente cuando él confiaba que el hombre que ella había elegido la amaba y la hacía feliz.

Yo no tenía mucha hambre, lo cual era común en mi episodio depresivo.
Once kilos abajo en un lapso de tres meses parecían alarmantes y entre bromas él me sugería de la comida, algo sustancioso.
Según yo, no tenía muchas ganas de hablar, pero estando con él sentía que el aire estaba inundada de paz. Es complicado coexistir con tus seres queridos cuando estás triste porque ellos quieren verte sonreír, y la impotencia a veces se disfraza de intolerancia y uno se inclina al aislamiento.
Sin embargo, su actitud era compasiva y mostraba preocupación genuina por mis sentimientos y emociones.

Me tomó más de una hora terminar mi desayuno, lo cuál no era común en mí.
Si hay algo que me gusta más que comer rápido, es hablar.
Poco a poco fui tomando una postura de mayor apertura y comencé a sentirme más liviana. La presión en mi pecho se desvanecía y la tristeza y apatía comenzaron a desaparecer. Recordé las palabras que entre lágrimas expresó cuando unos años atrás le habían pedido mi mano en matrimonio.
Hablamos de cómo la vida no había resultado como imaginamos. De los sueños que teníamos para nosotros y de cómo el destino nos había llevado a recorrer caminos que jamás creímos andar. Nuestros cumpleaños estaban a la vuelta de la esquina y la melancolía nos tenía haciendo profundas reflexiones sobre la vida y el amor. Hablamos sobre mí y mi historia. Aunque hacía mucho que dejé de ser una niña.

– Hija – me dijo – entiendo lo difícil que es para ti, y me duele ver todo aquello por lo que has pasado. Sin embargo, creo que debes abrirte a la vida y a las oportunidades. Con el tiempo sanarán las heridas y encontrarás a un hombre que se enamore de ti y que tenga la madurez suficiente para comprender tu bagaje y tu historia. Es posible que tenga que ser un hombre con su propia historia. No necesitas un príncipe azul que venga a salvarte, y sé que eso no es lo que estás buscando. Pero creo que solamente un hombre con historia será capaz de comprenderte y amarte sin complejos. Él te ayudará a recorrer un camino nuevo, y tú lo ayudarás a él, y juntos construirán una vida hermosa. El hombre que tenga la fortuna de compartir la vida contigo deberá amarte así como eres: intensa, pasional, entregada. Aquellas características que han sido la causa del rechazo en el pasado serán la razón por la que te amará. Amará tu luz, y también tu oscuridad. Y estoy convencido de que él será el hombre más afortunado del mundo.

Sus palabras me hicieron sentirme valorada, comprendida y amada. A estas alturas del partido la fantasía de mi padre como el hombre perfecto era cosa del pasado. Es un ser humano y años atrás había descubierto que tanto mamá, como papá, eran personas complejas, con cientos de cualidades y muchos defectos.
Al igual que yo, ellos tenían su propia historia, y al bajarlos del pedestal y verlos como son realmente me permitió amarlos incondicionalmente.

Este íntimo desayuno me hizo recordar a Franz y Sabrina, personajes de La Insoportable Levedad del Ser. Leí a Kundera por obligación para una clase de literatura en la universidad e inmediatamente quedé enamorada de la novela. Constantemente recurro a ella y me hace reflexionar sobre la vida y el amor. Recuerdo que sentí una gran tristeza cuando Kundera habló sobre el diccionario de palabras que impedía que Franz y Sabrina lograran conectarse debido a que se habían conocido cuando la composición musical de su vida se encontraba más avanzada.

Creo que es verdad que entre más pasan los años, es más difícil encontrar a alguien con quien compartir la vida, ya que nuestra historia personal hace el bagaje cada vez más pesado. Sin embargo, creo que mi padre habló con sabiduría. Mi historia es parte de lo que soy, y sin ella no hubiera emprendido el viaje que me ha convertido en la mujer orgullosa que se describe a sí misma como: una tesonera, entregada y compasiva que día a día busca en ella el coraje para elegir siempre al amor por encima del miedo.

Quiero darte las gracias, papá. Eres y serás por siempre mi héroe.
Quizá la vida no haya resultado cómo la planeamos, pero el amor nos ha hecho crecer y nos ha permitido aprender lo importante que es desarrollar una hermosa relación.
Sé que nunca estaré sola y que no importa qué tan fuerte sea la tormenta, siempre estarás ahí a mi lado apoyándome y recordándome que me amarás incondicionalmente.

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