Cantinflas y mi abuela

Cuando mi abuela se dio cuenta de que mi abuelo se había ido con la costurera y ya había pasado tanto tiempo que seguramente no iba a volver, pensó que lo mejor sería vender la casa y todo lo que tenía adentro para cambiarse de ciudad y alejarse de los recuerdos que tenía de una sociedad en la que se había desenvuelto como niña y joven pudiente, pues ya no era más que una mujer pobre y abandonada.

Planeó comprar una casa grande para ella y sus 11 hijos en la que pudiera poner un negocio para poder trabajar por primera vez en su vida y sacar a sus hijos adelante; y qué mejor que un restaurante, pues su comida era alabada por todos los que la probaban. Escogió un pueblo en el mismo estado, donde decían que por ahí iba a pasar el tren, lo que daría auge y muchos visitantes al lugar. Una vez instalados en la nueva casa, mi abuela y los hijos mayores, se dieron a la tarea de adaptar el nuevo restaurante. El nombre escogido sería “Las Horas Felices”.

Poco tiempo después, con gran entusiasmo abrieron las puertas de “Las Horas Felices”. Al paso de los meses corrió el rumor de que el tren ya no iba a pasar por ahí porque el gobierno había decidido construir esa red ferroviaria en otro pueblo del estado que estaba bastante alejado.

En esos días llegó al lugar una compañía de teatro encabezada por su dueño, el señor Mario Moreno. Una vez instalada la carpa, le preguntó a mi abuela que si ella podría darle de comer a él y a su gente durante el tiempo que permanecieran en el pueblo y que él le iría pagando conforme su espectáculo generara dinero. Aunque era un buen entretenimiento, la carpa no recibía en las noches más que a unos cuantos parroquianos por lo que después de algunas semanas, el señor Moreno le dijo a mi abuela que no tenía dinero para pagarle todas las comidas que le debía pero que si le haría el favor de recibirle un anillo de oro a cambio. Ella, que siempre fue una buena mujer, aceptó la joya y le deseó la mejor de las suertes.

Pasado algún tiempo, la familia decidió emigrar a la ciudad de México puesto que el negocio no prosperó y los tíos necesitaban trabajar, y en ese lugar no encontraron los medios para salir adelante. Llegaron a la capital en los años de la gran depresión por lo que no les fue fácil conseguir trabajo, aún cuando los tíos estaban dispuestos a trabajar en lo que fuera. Fue una temporada muy difícil para ellos.

Al correr de los años se enteraron que el señor Mario Moreno ya era famoso y era conocido como “Cantinflas”, entonces mi abuela sacó aquel anillo que aún conservaba y mandó a dos de sus hijos a visitarlo. Al llegar a la oficina de Cantinflas solicitaron verlo por un asunto personal. Hicieron varias horas de antesala y al fin los recibió. Le entregaron la joya diciéndole que ahí le mandaba la dueña de Las Horas Felices su anillo, que ahora era ella la que estaba pasando apuros económicos y le pedía por favor que la ayudara. Cantinflas muy emocionado les dijo que le dijeran a su mamá que muchas gracias por haber conservado ese anillo que para él tenía un valor muy especial. Abrió un cajón del escritorio y les entregó un gran fajo de billetes deseándoles él ahora, la mejor de las suertes.

Digiprove sealCopyright secured by Digiprove © 2015
Anterior

Nuria y el príncipe cibernético VIII

Siguiente

Nació del amor

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>