Víctor y Eloísa

Una tarde de un día cualquiera, Eloísa iba caminando por la calle, sintiéndose tranquila y contenta, pensando en lo que haría al llegar a su casa, cuando de pronto un hombre se paró frente a ella y le preguntó:

– ¿Eloísa Ramos?
– Sí – contestó ella, al tiempo que lo observaba, para exclamar:
– ¡Eres Víctor!

Los dos se abrazaron, llenos de alegría. Acto seguido él, le pregunto:

– ¿Tienes tiempo? ¿Vamos a tomar un café?
– Sí.

Estaban parados frente a un Vips, así es que, entraron. Se acomodaron, se hizo un silencio, y él se animó a romperlo:
– ¿A dónde ibas?
– A mi casa, ¿y tú?
– A ver a mi hija, ¿sabes? Me case, me separé, y la mamá de la niña decidió dejármela para que pudiera “rehacer su vida”, esas fueron sus palabras. Mis papás me dijeron que ellos se podían hacer cargo de mi hija, puesto que me la paso viajando, me recibí de ingeniero y trabajo en el aeropuerto. En este momento vivo en Toluca, así es que, vengo todos los fines de semana para estar con mi hija y mis padres. El próximo año Ginebra cumplirá 15 años, su mamá la dejó desde que tenía 2 años, jamás la ha vuelto a ver… ¡Ya estamos organizando la fiesta!

Eloísa no dejaba de mirar sus ojos verdes, lo escuchaba con atención.
Finalmente Víctor le dijo:

– Bueno, ahora es tu turno, te toca hacer uso de la palabra.

Los dos soltaron una carcajada.
– Mmm yo no me he casado, vivo sola, soy asesora de seguros y fianzas, trabajo por mi cuenta con diferentes aseguradoras y nada más.

En ese momento Eloísa tenía 38 años y Víctor 41.
Víctor no se anduvo con rodeos y le dijo:

– ¿Te quieres casar conmigo?

Eloísa le contestó que le diera tiempo, que necesitaba pensarlo.

– ¿Te bastan 5 minutos?
– ¡Claro que no! dijo mientras soltó una carcajada.
– ¿Entonces, ¿cuánto tiempo necesitas? Mira ya no somos esos niños que fueron novios alguna vez. Te busque durante algún tiempo y nadie supo a dónde te habías ido, luego me enteré que te habían mandado a estudiar a un colegio de religiosas, ahí me quedé.
– Desde luego que no, pero el tiempo ha pasado y realmente no nos conocemos, mejor vamos a salir, vamos a convivir un poco y pues ya veremos, definitivamente 5 minutos no son suficientes para mi.

Víctor le dijo que estaba de acuerdo, pero que quería llevarla a ver sus papás y presentarle a su hija:

– Mira, mis padres siempre te quisieron y algunas veces llegaron a preguntarme por ti.
– Vamos poco a poco.
– Esta bien, tú ganas, ¡se hará como tú digas!

Estuvieron saliendo y viéndose por espacio de 10 meses, ese viernes de diciembre Víctor le dijo:

– Me voy a ir a Cancún con unos amigos, quiero que ahora si aceptes ir a la casa de mis papás, la idea es presentarnos ahí para la cena de año nuevo y comunicarles nuestros planes de boda. ¿Estas de acuerdo?
– ¡Sí!

Se despidieron contentos con un beso prolongado y dulce.

– Recuerda cariño que pasaré por ti el 31 a las 20:00 horas.
– ¡Te estaré esperando!

El último día del año llegó, Eloísa se esmero en su arreglo mientras llegaba la hora de la cita, sin embargo las horas empezaron a pasar y Víctor nunca llegó. Tampoco le hablo y los días empezaron a correr sin que ella volviera a saber nada de él.
Eloísa empezó a imaginar una y mil cosas, a ratos se sentía triste, otros se sentía humillada, burlada, abandonada, realmente se sentía mal, todo iba muy bien, él nunca había faltado a una cita, jamás la había dejado plantada, si de pronto había un contratiempo se ponían en contacto, sin embargo las llamadas al celular fueron en vano, en el trabajo le dijeron que no sabían nada, pues se había ido de vacaciones.
Así comenzaron a pasar los días, uno a uno, lentos, dolorosos y vacíos. Se arrepentía de no haber accedido a ir a la casa de sus papás cuando él se lo pidió, se maldecía por estar sumida en ese pozo y no atinar nada, sus días y sus noches eran una agonía.
Pasaron 2 meses y se armó de valor para ir al negocio del señor Ģarcía, padre de Víctor, el señor tenía una vulcanizadora, negocio que ella recordaba desde que era niña, a su encuentro salió el empleado y le pregunto:

– ¿En qué puedo ayudarle?
– Busco al señor García.
– Espere, ahora le aviso.

El papá de Víctor salió a su encuentro, se saludaron, ella se presentó extendiéndole la mano. El señor García le dijo:

– Claro que la recuerdo.

Entonces ella se atrevió a preguntar por Víctor y el padre le contestó:

– Vamos a la oficina, pase usted por favor. No se por dónde empezar – comenzó a aclararse la garganta – mire señorita Eloísa, pues resulta que mi hijo nos aviso que se iba unos días a Cancún con unos amigos, pero que llegaría para la cena de año nuevo y que además nos daría una sorpresa. Nunca llegó para la cena, los días empezaron a pasar y entonces me fui con otro de mis hijos a buscarlo a Cancún.
Fuimos al hotel en el que se quedó y nos dijeron que sí había estado hospedado y que el día 29 había dejado la habitación. Mi hijo Raúl lo fue a buscar a su trabajo y ahí le dijeron que no sabían nada de mi Víctor. Luego, mi hijo se fue a buscarlo a su departamento, se cansó de tocar y nunca nadie le respondió. El 9 de enero le dije a mi esposa vamos a desayunar a Toluca y vamos a buscar a nuestro hijo, quiero entrar a su departamento.
Al poco rato llegó uno de los amigos de Víctor preguntando si ya sabíamos algo y le dije que no, pero que ya nos íbamos a buscarlo, Jorge se fue con nosotros, llegamos al departamento, tocamos y nadie salió, entonces me fui por un cerrajero, tardó 4 horas en abrir la puerta, pues tenia chapas de alta seguridad; mi esposa y yo ya íbamos a entrar, pero Jorge nos detuvo y nos pidió que lo dejáramos entrar primero.
Salió y nos dijo que ahí adentro estaba mi hijo, ¡que estaba muerto!
– ¿Está golpeado? ¿Tiene sangre en el cuerpo?
– No presenta golpes, no tiene sangre.
Mi esposa y yo entramos , lo vimos sentado en la silla, se ve que se estaba anudando los zapatos y ahí se quedo, debe de haber muerto el 31 de diciembre, pues estaba vestido de traje y en la habitación tenía muchas bolsas con regalos para la cena de año nuevo, sólo que la muerte lo sorprendió y pues por ese motivo nunca llegó.
Fui a dar parte a las autoridades, llegaron por el cuerpo y después el forense nos dijo que nunca había visto un caso así. Su cuerpo no presentaba señales de descomposición. Ahí mismo en Toluca lo llevamos a cremar y nos trajimos sus cenizas. Mi nieta, la hija de Víctor ya no quiso que le hiciéramos la fiesta de XV años.

Eloísa lloraba sin cesar y el señor García de cuando en cuando se limpiaba las lágrimas con la mano, ella no podía decir nada, hasta que por fin pudo articular palabra:

– ¿Disculpe señor, dónde depositaron las cenizas?
– En la iglesia de San Miguel.

Se despidieron, el papá de Víctor le agradeció bastante las lágrimas que ella había derramado por su hijo. Eloísa encaminó sus pasos hacia la iglesia, llegó y buscó la placa con el nombre de Víctor, hasta que la encontró, cayó de rodillas y comenzó a llorar, a vaciar la angustia de todos los días vividos, lloraba por haber dudado del amor de Víctor, lloraba porque se había quedado “viuda antes de casarse” por la incertidumbre de los minutos y las horas que habían pasado, por ya no tenerlo, por no haberlo visto muerto, por no tenerlo nunca más, por perder al hombre que siempre amó, por perder la esperanza, por no haberse despedido…
No supo cuánto tiempo estuvo ahí en el piso, hasta que llegó otra persona y la hizo reaccionar, solo entonces se puso de pie.
Como autómata llegó a su casa, siguió llorando hasta quedarse dormida, al otro día se dispuso a hablar con una foto de Víctor, le pidió perdón y le dijo que siempre lo llevaría en el corazón.
Cada vez que pudo fue a San Miguel, con el paso del tiempo cada vez fue menos, hasta que dejó de ir.
Ella sabía que siempre estarían unidos y que algún día se volverán a reunir.

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