Una historia cualquiera

Asunción Tejedor era una madre como cualquiera, una esposa como cualquiera, una hija como cualquiera, una mujer como cualquiera, mas no era una cualquiera. Aunque así la llamaban por las calles del pueblo.
Cualquiera.

Las mujeres no la miraban, pero los hombres la compensaban. Hacía un par de años que su marido la había dejado por otra, pero no sin antes encargarse de regar el chisme, como lo hacen en todos esos pueblos, de que ella le había sido infiel, y que por eso la abandonó.
A ella y a su hijo.

Desde entonces la vida de Asunción había dado un vuelco retorcido. La maternidad en solitario no le venía bien, aún más porque eran pocas las personas que se inclinaban para ayudarla. Aunque no importaba: era cocinera.

La vida de Asunción Tejedor no había sido fácil, pero tampoco difícil. La primera de cuatro hermanos, desde pequeña había aprendido bien las labores de cualquiera. Cosía, bordaba, limpiaba, pero lo que mejor hacía era cocinar. O eso le hacía creer su madre, y con esto lograba que le ayudara en la faena que ella mas detestaba.  Su madre bien podía lavar cientos de ropas, blanquearlas sin dejar huella alguna de lo percudido, después plancharlas sin siquiera suspirar y atender a cuatro hijos —y eso que uno de ellos tenía poliomielitis—. Cuidaba más del florero que estaba sobre la vieja mesa del comedor que de Asunción. No se acordaba de ella a menos que fuera necesaria en la cocina o para lavar los trastos. Porque para esto, la madre siempre estaba indispuesta o falta de tiempo.

Asunción Tejedor no era ni la más bonita ni la más fea. Tenía unas caderas anchas y unas nalgas firmes. Sus pechos eran turgentes y tenía una cintura menuda. Su cabello era negro como carbón y largo hasta la cintura. La cara… tenía un lunar sobre la boca, que parecía más bien una mosca. Los ojos de china, pero de color claro. De nariz aguileña, pero no tan grande. Correteaba por las calles del pueblo, y, como en todos esos pueblos, le llego la hora de tener que ayudar con el gasto de la casa.

Su padre, labrador de oficio, buen hombre, pero de pocas palabras, la llevó a principio del mes con el dueño de la ferretería, quien le presentó a su esposa. El padre aduló tanto sus habilidades culinarias que no se dijo más. Desde ese momento Asunción Tejedor entró a trabajar con los más riquillos del pueblo. Las jornadas eran menos cansadas que las de la casa propia. Y la hermana que le seguía en años tuvo que ocupar su lugar en la cadena familiar. Cierto que en casa extrañaban sus guisos, pero ella en la casona de los patrones aprendió muchos más.

A veces, los domingos practicaba lo aprendido y deleitaba a su familia con algún guiso nuevo. Uno que otro ingrediente lo tomaba de la alacena del ferretero, pues como bien tienen que saber, el azafrán y las alcaparras no se conseguían en ese lugar. La patrona tenía familia gachupina, por lo cual nunca le faltaban ciertas delicias en su cocina.

Asunción Tejedor no sólo enriqueció la despensa de su hogar, sino que acrecentó su dominio sobre las artes de la cocina, pero más allá de eso, se educó en las artes de las hierbas y la magia, como  sabemos que hacen las mujeres de todos esos pueblos. No sabemos si era de la buena o de la mala, sólo sabemos que la vieja cocinera de la casa grande era también conocida por su familiaridad con las artes ocultas. Fue ella quien ilustró a Asunción sobre cuándo mezclar azúcar o bicarbonato en algún platillo para enaltecer su sazón, cuándo el orégano servía para los caldos y cuándo la misma planta podría detener un embarazo. Lo mismo sobre con qué hierbas atraer a ese muchacho que a Asunción tanto le interesaba.

Por varios años y bajo su tutela  Asunción Tejedor cocinó en la casa del ferretero. Pero como todo siempre en esos pueblos termina en que la mujer se enamora y deja todo atrás —trabajo, familia e independencia—, la Tejedor se fue siguiendo a su hombre. Éste era un mozo de la región vecina, poco conocido por los habitantes del pueblo. Decidió —o lo decidieron— que iba casarse con la cocinera de la casa grande. Asunción era un buen partido, si hubiese seguido trabajando. Pero esto no lo vieron venir, ni él ni ella, quien le nubló la cabeza y no nada más con toloache: utilizó todo lo aprendido, hasta comprometer su corazón.

A la decisión de casarse le llamaron Miguel.

Sin embargo, la vida tranquila del pueblo no daba para prosperar y el muchacho tuvo que buscar trabajo a unas cuantas horas de allí. Como también saben, la distancia nunca ha sido buena consejera de los enamorados y menos si las hierbas se dejan de tomar.

La lejanía, el poco tiempo que pasaba con su mujer y el conocer realmente lo que era el amor fue lo que inició la calamidad. Después de que él la dejara y con el reguero de chismes que él mismo y la nueva mujer sembraron tanto en el pueblo como en la región vecina, la reputación de Asunción se vio muy afectada. Su familia, quien ya la había repudiado por salir con su domingo siete, le dio la espalda. Sus patrones, que tuvieron a bien emigrar a la capital para expandir el negocio, la dejaron sin trabajo. Hasta fue a la tumba de su mentora pero, ahí sí, la muerte no le dejó muchas opciones.

Se dedicó a cocinar ciertas preparaciones: parchaba corazones rotos, malograba embarazos no deseados,  jorobaba a los hijos de los amantes de sus beneficiarias, también enmudecía a los niños para que no fueran chillones, distanciaba a las suegras arrimadas y, una que otra vez, cocinaba, de verdad, para alguna fiesta. Eso sí, ella jamás dejó de tirar tripas de pollo y poner cruces de sal frente al portón de la casa de su hombre, buscando siempre una excusa para pasar por ahí. Así pasaron los años, ni tan buenos ni tan malos. Asunción Tejedor vivía la hipocresía de las mujeres, como en todos esos pueblos, que la buscaban por sus ungüentos y brebajes y al mismo tiempo la ignoraban en el mercado.

Una buena tarde agarró a Miguelito entre sus brazos, quien aún no cumpliría ni los cinco años, y comenzó a limpiarlo y vestirlo con sus ropas, ni más nuevas ni más viejas. Le peinó con limón para restirarle el pelo y mientras esto hacía, le cantaba canciones de mucha pena. El niño pronto se dio cuenta de la tristeza de su madre y apareció un gran miedo en su garganta, que enmudeció su boca. Asunción Tejedor lo despidió desde el portal, mientras él corría a jugar con los niños de las casas vecinas, como en todos esos pueblos. Se dedicó a limpiar su casucha, que no era ni tan grande ni tan chica. Juntó una pila de leños, que tampoco eran ni muchos ni pocos. Y se sentó en su silla de palma a orearse las enaguas.

Como todas las tardes, Asunción esperaba el regreso de Miguelito, quien pasaba los días soleados rodando colina abajo, esta vez estaba retrasado. Y a ella la urgencia le quemaba el pecho. Asunción salió en su busca, lo encontró debajo de una encina con la camisa rota y los pantaloncillos coloreados de verde alrededor de las rodillas. Lo tomó de su manita y lo llevó hasta su ni muy chica ni muy grande casa.

Juntos se sentaron frente al fogón y ella lo abrazaba con fuerza mientras decían sus oraciones. Asunción Tejedor no dejaba de llamarle la bendición de su vida. Le entrego al niño una pequeña cesta con apenas dos panes, le dio de tomar una de sus pociones y otra más para regar la encina, y le pidió que volviera al árbol. Además le dijo que si quería volver a estar con su padre debía de pasar la noche entera rezando fervientemente bajo la encina y rociando el líquido ni tan verde ni tan claro que le había dado.

El pequeño obedeció sin chistar y encaminó sus pasos fuera del hogar, no sin antes recibir el beso de su madre en la frente. Permaneció a la intemperie toda la noche, vislumbrando una gran hoguera que impidió su miedo a la oscuridad.

Por la mañana, como bien lo prometió, él regresó por su cuenta a la cabaña para descubrir únicamente que de ella, igual que de su madre, sólo cenizas quedaban. De entre la multitud alcanzó a reconocerse en los ojos de su padre. Asunción Tejedor había tenido la razón.

Ellos volverían a estar juntos, si la encina lo concedía.

Lula Cossio

Digiprove sealCopyright secured by Digiprove © 2018
Anterior

Cuando muere una mascota

Siguiente

Hilos

2 Comentarios

  1. 22 marzo, 2018 at 12:23 am — Responder

    Había que preguntarle si puedes salirte del juego? es que yo jugué eso aquí en Costa Rica le llaman “Miguelito pero cuando lo hice tenía 14 años y ahora tengo ya 29 y si recuerdo eso se lo juro quien quiera por lo que más aman que es verdad que primero pusimos música de mareling manson o no sé como se escribe su nombre disculpen a los que sí mi ignorancia pero si sé que era musica satanica y cuando empezaron a moverse los lapices de tal manera que casi se quiebran, empezó a irse la luz y la música de marelin manson que pusimos se empezo a escuchar raricima yo solté los lapices y salimos corriendo mi prima y yo y recuerdo que luego lo volvimos ajugar varias veces pero nunca supe que había que decirle que si se podía salir x.x y siempre saliamos corriendo cuando lacosa se ponía fea y sí recuerdo que luego de eso tuvimos muchisimos lios yo sinceramente nunca más volví a jugarlo

  2. Juan Machín
    22 marzo, 2018 at 9:36 pm — Responder

    ¡Muy bueno! ¡Felicidades!

Responder a Juan Machín Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>