¿Nadando contra corriente?

¿Qué pasa con los hombres y las mujeres?
¿Cómo es posible que no nos demos cuenta del tipo de relación que llevamos?
¿Por qué nos aferramos a alguien que no nos quiere?
¿Por qué los hombres pueden olvidar que engendraron un hijo?
¿Estamos nadando contra corriente o no queremos darnos cuenta que somos nosotros mismos nuestro principal obstáculo y ancla?

Hace 8 años me tuve que ir a vivir con mi novio porque me embaracé sin querer…
Sí, ya sé porque me lo dijeron millones de veces, que en estos tiempo sólo se embaraza la que quiere. Pues no, no sean tan duros para juzgar porque yo no quería, yo me cuidaba y yo me embaracé sin querer.

Todo estuvo medianamente bien el primer año y medio que vivimos juntos.
Más o menos por ese tiempo el papá de mi hija empezó a portarse diferente. Empezó a “trabajar” hasta tarde, no me contestaba el celular, no respondía mis mensajes y cuando lo hacía, me trataba como si fuéramos dos compadres, o sea, me hacía bromas como:

-Dice tu socia que no seas tan intensa….

Yo tenía mucho miedo de montarle una escena y que me dejara con la bebé sola, por lo que me aguantaba las ganas de patearle los huevos cuando me hacía esos comentarios y sólo lloraba sin que él se diera cuenta.
El tiempo pasó y decidí abrir una cuenta en Facebook. Me alivianó mucho porque encontré amigos que hacía tiempo no veía, ex novios, familiares y de alguna manera empecé a sentirme parte de algo otra vez. No podía salir más que a trabajar porque no me alcanzaba el dinero para una niñera, ni para dejar más tiempo en la guardería a la nena. Así que Facebook se volvió tristemente mi mundo social, en donde convivía con otras personas.

El papá de mi hija se vio muy complacido de mi nueva “ocupación”, ya no estaba constantemente mandándole mensajes o llamándolo y poco a poco empezó a salir. Empezó a llegar cada vez más tarde hasta que un día no llegó a dormir. Yo no pude pegar el ojo en toda la noche. Di vueltas por toda la casa con un estúpido miedo de llamarle que cada segundo crecía más. Me devoraban los celos, temía por mi y por mi bebé.

Le llamé por teléfono a mi hermana como a la 1 de la mañana. Me contestó con voz de ultratumba, asustada. Le pedí perdón por la llamada a esas horas y lloré como si fuera un concurso. Poco a poco sus palabras me empezaron a dar claridad. Me hizo notar que yo ganaba más que él, que yo pagaba sola la guardería y la renta del estudio en el que vivíamos. Sus palabras atravesaron mi corazón como cuchillo caliente en mantequilla… sentí una inmensa lástima por mi. Me di vergüenza… me di cuenta que era una codependiente, que estaba aferrada a un tipo al que yo le valía madres y estaba a mi lado por comodino y huevón, ni siquiera por el compromiso de sacar adelante a la niña.

Mi hermana me convenció de empacar mis cosas y las de la niña en ese momento e irme con ella a vivir en lo que conseguía otro lugar. Ella iba a pasar por mi porque el único coche que teníamos era de él y sólo él lo usaba. Ahí me cayó otro veinte… ¿cómo podía ser tan pendeja? Encima de todo yo viajaba en transporte público con la niña mientras el aplastaba sus cojones en el asiento de un coche…

Me apuré lo más que pude. No quería que llegara y me la fuera a hacer de pedo. “tilin, tilin” otro veinte cayó sobre mis hombros… ¿Hacérmela de pedo? ¡Seguro le valía madres que yo me largara!
Llegó mi hermana y yo ya tenía empacados mis 3 trapos y los 3 trapos de mi niña. No dejé nada mío o comprado con mi dinero, así es que hasta el papel de baño me llevé. Nos dio tiempo de revisar todo con calma para asegurarnos de sólo dejar sus porquerías y nada más.

Me fui a casa de mi hermana. Al poco tiempo me subieron el sueldo y de puesto. Pasó el tiempo y me enamoré de un hombre maravilloso que hoy es mi esposo, con quien tengo un hijo en común y dos hijas que cada quién aportó a la familia, mi niña y la suya, unos cuantos meses más chica. El era viudo, su mujer murió dando a luz a su hija y hasta ese momento se había hecho cargo solo de ella.

Hoy en día nos amamos y somos muy felices. Sin embargo, tengo que reconocer que las razones por las que unimos nuestras vidas fue la necesidad. Yo era todo lo que él necesitaba y viceversa. Se juntaron el hambre con las ganas de comer y al pasar de los años hicimos un gran equipo.

¡Ah! y para quienes se están preguntando qué pasó con el papá de mi hija…
NUNCA volví a saber nada de él, no me llamó jamás, no me buscó en ningún lado, no llamó a mi familia, no movió un dedo.
Efectivamente le quité un peso de encima y a mi me regaló la libertad.
La libertad de no depender de nadie, de darme cuenta de que puedo sola, de que valgo mucho y de que la vida con amor es mejor.

Abran los ojos, pongan atención. Siempre hay alguien anhelando vivir feliz y amando.
¡Siempre hay esperanza!

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