Manuela. Primer año

Los efectos y la intensidad del temblor no fueron iguales para todos. Toda la ciudad lo vivió;  y sin embargo, no todos lo sufrieron de la misma forma. Tina al sur en su departamento y Eugenio en una de las zonas más afectadas. Tina temblaba por las contracciones que el parto le ocasionaba. La radio prendida narraba lo que se veía y sentía. La incertidumbre de no saber si Eugenio había logrado salvarse le desgarraba el corazón. Al no verla salir y escuchar sus sollozos, su vecina preocupada utilizó la llave de repuesto que le habían dado Tina y Eugenio la última vez que salieron de fin de semana para que pudiera alimentar a su gata. Al abrir, exclamó – ¡Niña!, ¿qué sucede? Mira, que se ha rotó tu fuente. Tenemos que correr al hospital.- Tina se había dejado caer sobre ese líquido que sin control había dejado su cuerpo. Estaba bañada en lágrimas y no podía emitir palabra alguna mientras la voz en la radio de Jacobo en la XEW seguía narrando la tragedia.

Había caos. La noticia de que se había desplomado el Hospital General, unidad ginecología, el sonido intermitente de las ambulancias y la saturación de las líneas telefónicas, hacían que el tiempo de poder llevar a Tina a dar luz pareciera eterno. La ciudad empezó a gobernarse a sí misma. La respuesta del gobierno se mostraba tan colapsada como los edificios derrumbados. Todos ayudando a todos. Un orden civil nunca antes visto. Reconocido hospital en el Pedregal acaba de ser inaugurado en abril de 1984, por lo que la vecina, como pudo, incorporó a Tina y en su auto la llevó a este hospital. De la Romero de Terreros al Pedregal, no era tanta distancia además de que casi no había daños en estas zonas. Ya habría tiempo de dar aviso a la familia de Tina. Una bebé sana y rolliza daría su primer suspiro a casi cuatro horas de que México se cimbrara. Una melancólica madre en la sala de recuperación seguía sintiendo en su vientre un fuerte dolor que no habría de abandonarla en los días por seguir.

El padre de Tina, un hombre aún fuerte a sus 55 años, junto con los topos y rescatistas rogaba poder ver alguna señal de Eugenio mientras durante días formará parte de los labores de rescate. El derrumbe y el incendio lo convirtieron en polvo. No habría tumba para grabar un epitafio. Un lugar donde llevar flores que recordarán los colores que en vida brindó a Tina. La madre de Tina y Stephie, su hermana, arrullarían a Manuela cariñosamente mientras Tina volteará su rostro hacia la puerta anhelando el milagro de ver a Eugenio aparecer.

Los días pasaron. La esperanza de tener alguna noticia de Eugenio se apagó junto con la luz de la mirada de Tina. Las personas no piensan lo imprudentes que pueden ser. Tina odiaba le dijeran que al menos tenía el consuelo de Manuela. Que tenía que ser valiente y fuerte para ella. La bendición que era que ella y su familia estuvieran bien. Afortunados de vivir totalmente al sur de la Ciudad donde nada sucedió. Que lo de Eugenio era una de tantas desgracias de ese día. Otro entre tantos desaparecidos. Si bien mucho de esto era cierto y los argumentos eran perfectamente bien intencionados, para Tina solo existía su dolor. Su pérdida. Ver a Manuela era saber que le recordaría siempre el día en que su amor se convirtió en polvo.

Del día en que nació Manuela a fin de año, es un lapso muy corto de tiempo. El último trimestre del año dejaba la sombra del vacío y un México que levantaba los escombros de sus calles. Tina dejaba su departamento de la Romero de Terreros para mudarse con sus padres a Boulevard de la Luz. Bajo los cuidados de la nana Pancha, de Stephie, quien normalmente hacía reír a Tina, y al resguardo de los abuelos, no cabía duda que Tina estaría bien pronto y que a Manuela no le faltaría nada.

La tristeza del invierno, que se empezaba a conocer con el término trastorno afectivo estacional, se encontraba profundamente enraizado en el rostro de Tina. Ser viuda, enfrentar la depresión post parto y sentir como el frío congelaba cada una de sus emociones, hacían que su estado de ánimo fuese cada día peor. Estaba demacrada. Sin deseos, no era siquiera delirante. A todos preocupaba. La familia procuraba que siempre hubiera alguien disponible para estar con ella. Un domingo, mientras todos se sentaban alrededor de la tele a ver el partido de fút, Tina fue lentamente desplazándose hacia el jardín. México era el anfitrión del Mundial de Fútbol bajo el lema de “México está en pie”. Al fondo del jardín, estaba la pequeña casita en la que Stephie y ella jugaban de niñas. El abuelo ya había mandado a restaurarla con la llegada de Manuela, soñando que otra vez la risa infantil inundará cada uno de sus rincones. Quien veía la casita de lejos pensaba que era otra propiedad. Su tamaño y forma podía arrancar suspiros a muchas familias que tenían que limitarse a espacios de reducidas vecindades.

A unos pasos antes de la casita, estaba la bodega donde se guardaban los triques y en la que quedaron algunas de las cosas de Tina cuando se desmontó el apartamento. Al jardinero se le había olvidado cerrarla. Tina entró. La maleta en la que había guardado su vestido de novia se encontraba frente a ella. Se acercó. Como quien inicia un ritual, la abrió. Lentamente, fue sacando su vestido del porta trajes.   La etiqueta de la tintorería aún se encontraba cuidadosamente puesta indicando que ya había pasado por todo el cuidadoso proceso de limpieza. Se desvistió. Sintió como el frío invierno besaba su piel, mientras ella lo cubría de blanco. Como volcán apagado, Tina se representaba de novia. Salió de la bodega. Entró a la casita. El jueguito de té de porcelana se encontraba dispuesto sobre la mesita. Tomó un poco de agua de la llave, se sirvió una taza. Se sentó acomodando su velo. En su mano llevaba una pequeña lata de la cual, como si fuese azúcar, vertió un poco de polvo en el agua. Con voz tenue, declamó el verso de Nandino, que como presagió, fuese el que ambos leyeron cuando levantaron junto con la bici el libro de poesía de Tina, ese día en que conoció a Eugenio, :…”y en el azul que esconde la evidencia: yo descubro tu faz inolvidada y sufro la presencia de tu ausencia.” Bebió. La náusea fue intensa. Se llevó las manos al estómago mientras el raticida sonaba contra el piso.

Cuando encontraron a Tina, ya no había nada que hacer. Vestida de novia estiró su mano para tomar la de Eugenio. Tina había terminado con su tristeza. La muerte su consuelo verdadero. Juntos ascenderían al reino prometido.

Stephie jugaba frente al espejo con su sobrina. Manuela ya podía sentarse. Tenía 7 meses cuando en los periódicos se da la noticia del accidente de Chernóbil. La explosión, aunque muy lejana, no lo era del todo al mundo de Manuela. Los abuelos estaban por salir de viaje a Europa. Nuevos aires le vendrían bien a la abuela. Esa extraña mujer que siempre podía tener una actitud positiva ante la adversidad no importando qué situación se presentará. El viaje tuvo que ser cancelado. El material radioactivo liberado a la atmósfera era más peligroso que la radioactividad liberada por la pérdida.

Los viajes al espacio siempre son recordados. La misión del Challenger, con su tripulación mixta, era todo un acontecimiento. Stephie emocionada veía la transmisión. 1986 era la réplica de un año de tragedia. La nave se desintegra a los pocos segundos de haber sido lanzada. La juventud de Stephie, también, se estaba desintegrando. La pérdida de su hermana le apretaba la garganta y el compromiso auto impuesto de que Manuela tendría una madre en ella, le llevaron a cambiar las noches de antro por las de arrullar a su pequeña sobrina con su biberón en mano. A sus veintiún años, era ya una madre adoptiva que no sabía cómo plantear el festejar el primer año de Manuela. ¿Cómo planear una fiesta en medio de tanto acontecer?

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