El Ruso

Yo vivía muy tranquilo en casa de mi madre, era feliz, tenía todo lo que había perseguido a lo largo de mi vida: una novia guapa con la que estaba preparando mi boda a celebrarse en unos cuantos meses, la carrera de Ingeniería Civil terminada, mi primera casa construida y terminada al 100% al gusto de mi futura esposa, y un trabajo estable y económicamente bien remunerado. Como dije al principio, todo viento en popa.

Mi padre murió cuando yo era pequeño y mi madre se ayudaba rentando los cuartos de la enorme casa en la que vivíamos. Siempre había estudiantes de todos los países del mundo pues ella, tenía contratos con muchas universidades que estaban relativamente cerca de la casa. Nunca fue una molestia tener gente ajena a la familia viviendo en la casa, al contrario, la diversidad cultural hacía muy placentero e interesante el día a día.

Una tarde, recuerdo estar muy atareado con mi trabajo y los preparativos de la boda,  llegó a la casa un ruso. Bien parecido, inteligente, culto y bastante reservado. Casi nunca hablaba, no se relacionaba con nadie, iba a la universidad, regresaba a la casa y se iba a su recámara. Pero noté que en las idas y venidas, siempre me observaba, detenidamente, me analizaba, me revisaba… nunca decía más allá de buenos días y hasta mañana.

Así pasaron los meses, 6 para ser exactos, faltaba una semana para la boda, mi mamá estaba vuelta loca plantando flores, pintando la casa, dejando todo reluciente para el gran día. La boda civil y el banquete iban a ser en el enorme jardín de la casa,  y había que dejar impecables todos los lugares por donde iban a caminar los invitados. El ruso ya estaba de vacaciones hacía un par de meses, y como su estancia sería de un semestre, se dedicaba a pasear y a conocer la ciudad. Llegaba a la casa más temprano y se iba más tarde que antes, se relacionaba un poco más con todos y mi mamá y yo comentábamos que se veía más adaptado y con más confianza, lástima que fuera hasta el final pues al día siguiente se regresaba a su país. Mi madre, como lo hacía con todos los estudiantes, preparaba una cena de despedida una noche antes de que partieran, esa noche era la despedida del ruso. Cenamos, brindamos, y tratamos de pasar el mejor rato posible porque la presión de la boda nos tenía siempre con prisa. Yo agradecí que él fuera de pocas palabras porque la cena duró mucho menos que las anteriores y me subí a mi recamara a descansar.

Ya a punto de meterme a la cama, tocaron la puerta, era el ruso que quería despedirse de mi. Me acerqué a darle un abrazo y sin preámbulo alguno me dio un beso en la boca. Largo, profundo… No sólo me dejé besar sino que le correspondí automáticamente. Al separarnos me miró fijamente a los ojos, era la primera vez que veía que los de él eran azules, me sentía nervioso, descontrolado. Lo único que dijo fue:

– No te cases, date cuenta de quién eres realmente.
Y sin más que decir, se dio la media vuelta y salió de mi recamara.

No pude dormir obviamente, sólo podía pensar en ese beso y todo lo que había provocado en mi cuerpo y en mi mente. Estaba confundido, me pregunté mil veces si era gay y por qué yo no lo sabía, se me dibujaba una sonrisa en cuanto recordaba lo que había sentido e inmediatamente se borraba cuando recordaba que en una semana me casaba. ¿Qué le voy a decir a mi novia? ¿Qué le voy a decir a mi mamá? ¿Qué voy a hacer?

Decidí tomar al toro por los cuernos y al día siguiente muy temprano me bañé y me dispuse a salir de la casa como todos los días. Lo primero que hice fue asomarme a la recamara del ruso pero ya estaba vacía. Después llamé a la oficina para avisar que no iba a ir a trabajar, me despedí de mi madre con la cara llena de dolor porque sabía lo que iba a pasar y me dirigí a casa de mi novia.

Al llegar ella se emocionó al verme, estaba feliz porque pensaba que me había tomado el día libre para estar con ella. Le pedí que fuéramos a un lugar privado, que necesitaba hablar con ella.

– Me asustas, ¿qué pasa?

– Anoche pasó algo que tienes que saber – Le conté brevemente lo que pasó, las lágrimas rodaban por sus mejillas y yo podía sentir claramente su dolor.  – Estoy confundido, pero tengo la obligación de decirte que me gustó lo que pasó, que me sentí muy bien y que no puedo destruirte la vida casándome contigo así, te amo y no puedo exponerte a que en unos años yo tenga clara mi orientación sexual y te destruya la vida. ¡Perdóname por favor!

Después hablé con mi madre, lloró y me insultó hasta que no hubo nada más que decir, me echó en cara todo lo que había gastado en los preparativos, el arreglo de la casa y hasta los regalos que habíamos recibido como si ella los hubiera comprado todos. Me dijo que no quería saber nada de mí y que me buscara un lugar para vivir.

Le dejé el anillo y la casa a mi novia, no como un gesto de generosidad sino buscando la manera de aligerar mi sentimiento de culpa. Renuncié a mi trabajo sin dar muchas explicaciones, hice mi maleta, y me fui al aeropuerto a comprar un boleto sólo de ida a Rusia.

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