El error fue perdonar

La conocí en un café al que solía ir a comer casi todos los días por estar cerca de mi trabajo. Ella estaba sentada en la mesa de al lado y lloraba desconsoladamente, sin pena alguna. Acababa de pelearse con su novio y me partió el corazón verla así, por lo que le ofrecí mi compañía que aceptó de buena gana y usó de consuelo desahogando todo lo que había ocurrido.
Varios días de esa semana seguimos encontrándonos en el café y entablamos una bonita amistad. Ella volvió con su novio y yo seguí con mi novia.
El tiempo voló y cuando hice cuentas, ya habían pasado 10 meses de la primera vez que nos vimos. Para este punto ella ya había terminado definitivamente con su novio. Me sentía incómodo de tener con ella esa amistad, inexplicablemente dejé de ir al café porque ya no quería encontrarme con ella.

Después de un mes regresé a buscarla porque me di cuenta de lo mucho que la extrañaba y necesitaba en mi vida. No la encontré durante un par de semanas, hasta que un día se abrió la puerta del café y entró más hermosa que nunca. Le declaré mi amor, abrí mi corazón como si fuera un adolescente, le dije que no podía dejar de pensar en ella y que necesitaba que formara parte de mi vida.

Creo que es importante que diga que yo tenía 40 años y ella 21.
Ella me pidió que fuéramos despacio y yo acepté. La verdad es que hubiera aceptado cualquier condición que ella me pusiera con tal de que no se alejara nunca. Platicábamos de casarnos, de tener hijos y cómo se llamarían. Me sentía profundamente enamorado. Ella tenía problemas económicos y yo gustoso solucionaba porque pensaba que eso era lo correcto y nos hacía más cercanos.

Compré un departamento y gasté todos mis ahorros para dejarlo al gusto de mi amada. Platicábamos por horas enteras, nos reíamos de todo, caminábamos tomados de la mano, todo era miel sobre hojuelas. Hasta que un día ella se sintió con la confianza de platicarme que tenía un amigo con derechos de mi edad. Que la pasaba muy bien con él pero que desde el principio acordaron que sólo sería una relación de sexo, sin compromiso alguno. El mundo me aplastó en ese momento, lloré como un niño de 5 años y le pregunté desconsolado por qué me estaba haciendo esto. Me contestó que yo no podía entenderla porque era muy mayor y que esa era su personalidad, que ella como Santo Tomás, hasta no ver no creer y que hasta ahora todo eran sueños tejidos en el aire.

Estábamos en el departamento que compré mientras todo esto pasaba, me dijo que si quería que se fuera ella lo entendería, así como entendería que yo no quisiera seguir con la relación. Le pedí que se quedara pero que me jurara que terminaría con el otro tipo, que nunca más volvería a verlo y aceptó.

Nos casamos.
Al año y medio de casados las cosas empezaron a cambiar, descubrí que se veía a escondidas con su amigo cariñoso y cuando la encaré me confesó que ella lo había buscado porque quería saber cómo estaba. Después de discutir un par de horas la perdoné y fingí entender sus motivos.

Me volví un celoso enfermo.
La esculcaba mientras se bañaba, revisaba su teléfono mientras dormía. Empecé a tener problemas en el trabajo y de salud porque dormía un promedio de 4 horas al día.
Pensé que no podía perder todo por una mujer así es que decidí desfogar mi ansiedad en el trabajo y di mi 100. Era mi escape y pronto empecé a ver resultados, me subieron el sueldo considerablemente y me ascendieron de puesto.

Pero yo no era feliz, yo sentía un dolor en el pecho constante porque realmente amaba con locura a esa mujer.

Un día, ella me dijo que iría a Tlaxcala a visitar a su hermana, que el aire nuevo le haría bien a la relación y se portó tan cariñosa que sentí que era sincera y una buena idea.
Cuando volvió era otra mujer, hicimos el amor pero ella no estaba en la cama conmigo, estaba ausente y fría. Poco a poco la intimidad se fue de nuestro lecho hasta que llegó un momento en que éramos dos amigos compartiendo el departamento.
Todos los días discutíamos y peleábamos, nos empezamos a faltar al respeto.

Fuimos a terapia de pareja, el terapeuta dejó claro que el problema radicaba en la falta de interés que ella abiertamente confesaba por la relación. Que ella tenía que tomar una decisión: o se comprometía con el matrimonio o nos separábamos. En ese momento ella respondió al terapeuta que había viajado con su amigo a Tlaxcala y que ella no quería dejarlo. Que la decisión estaba tomada, que nos divorciaríamos a la brevedad.

Llegando a la casa le supliqué que reconsiderara, le pedí que me dejara enamorarla otra vez, que viajáramos, que me dejara amarla con todo mi ser que estaba muriendo día a día a falta de su cariño.
Rotundamente me dijo que no. Que ella estaba enamorada de su amante y que su familia estaba enterada de todo y le aconsejaban que fuera feliz, que sólo pensara en ella porque la vida era una y había que vivirla.

Nos divorciamos.
Una parte de mi agradece su honestidad y otra parte maldice su crueldad innecesaria.
Conforme encontré calma pude darme cuenta que siempre fui su segunda opción, que en realidad el amor lo despertaba el otro.

Algunas personas esperarían que acabara mi relato diciendo que perdí la fe en la humanidad y me volví un ser amargado, pero no, ella me rompió el corazón y ella misma me lo curó.
Vi las fotos en el periódico de su boda con el amante y después me la encontré en el aeropuerto haciéndole una escena de celos infame al susodicho porque estaba a punto de tomar un avión con otra mujer.

Me sentí tan feliz como si me hubiera sacado la lotería.
Disfruté verla desgarrada haciendo el ridículo frente a todo el mundo, me acerqué lentamente hasta estar en primer plano. De pronto hicimos contacto visual. Al verme dejó de gritar, se secó las lagrimas y se acercó como buscando consuelo.

Di un paso atrás y con la mejor de mi sonrisas le dije:

– Gracias, gracias por librarme de ti.

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