El día más feliz de mi vida

Todo el día, a toda hora, lo único que podía sentir era felicidad. Estaba segura que era el día más feliz de mi vida. Vivía intensamente ese misterioso y esquivo sentimiento que le llaman amor. Nunca me había pasado por la cabeza que viviendo tan reprimida por mis padres iba a encontrar un día una pareja.

Para mi en esos ayeres, el amor no era algo que tuviera claro. Yo veía a mis compañeras de clase dibujar corazones y nombres de colores en sus cuadernos y pensaba que eran cursis y ridículas, leía las obras de la clase de literatura, algunas de ellas de historias de amor y no me hacían “click”. Iba al cine a ver una película romántica y la disfrutaba pero nunca me creía la protagonista ni me emocionaba imaginando que esa historia podría ser mi historia algún día. No sabía nada del amor, no lo había sentido, ni experimentado, no siquiera soñado.
¿Dije experiencia? Obvio no la tenía. Mi imaginación, digna de una adolescente si me había paseado ya por lugares asombrosos, pero de experiencia nada.

Mis papás eran muy estrictos. Siempre fui la que no fue a nada. No me dieron permiso de ir a fiestas casi nunca y mucho menos a pijamadas o simplemente a quedarme a dormir en casa de una amiga, por lo que mis amigas eran pocas. Lógicamente si tienes una amiga que nunca puede ir, la dejas de invitar. Santo que no es visto, no es adorado…

Empezaba a sentirme inconforme y enojada porque mis hormonas empezaron a despertar. Noté que me gustaban varios de mis compañeros que antes pasaban desapercibidos. Mi enojo crecía y yo estaba frustrada y amargada. Mi vida estaba basada en obligaciones y responsabilidades, no sólo las escolares, sino también las de casa porque como buena niña, tenía que ayudar a mi mamá.
Entonces mi imaginación cambió de rumbo. Eso me salvó de tener una peor actitud. Doblaba la ropa soñando con el príncipe azul que llegaría a quitarme el delantal y a subirme a un caballo para ser felices para siempre mientras nos besábamos por horas y horas.

Empecé a ver insignificante y tortuoso el mundo a mi alrededor. La rutina estaba acabando conmigo y apenas era una adolescente. Despertarme temprano, hacer mi desayuno y el de mis hermanos mas chicos, ir a la escuela, de repente uno que otro recreo de risas y entretenimiento con amigas, regresar a la casa, comer, hacer la tarea y ayudar a mi mamá.
Sin embargo, una tarde me llegó a visitar mi mejor amiga. Teníamos que hacer un trabajo en equipo. Entre tareas y deberes platicamos y reímos, avanzamos hasta toparnos con la necesidad de ir a comprar un papel cascarón para concluir el trabajo. Fuimos a las papelerías más cercanas y nada. ¿Cómo era posible que no encontráramos un pliego de papel cascarón por ningún lado?
Buscábamos ese papel en particular porque es muy aguantador, así que la búsqueda siguió. Empezamos a caminar a papelerías de colonias cercanas a la nuestra y tampoco había. De repente vi en una esquina una tiendita de esas que venden de todo y se me ocurrió que nada perdíamos preguntando ahí, mi amiga nada optimista caminó renegando todo el camino.

Era una tiendita como de pueblo en la ciudad. Olía a todos los aromas juntos, lápiz, comida, vela, condimentos…

-¡Buenas tardes!- nadie contestó. -¿Hay alguien?- dije más fuerte.

De repente, apareció frente a mis ojos el paraíso. Entendí en ese momento que los ángeles existían y vivían dentro de hombres como este que se acercaba lentamente para atendernos. Sus ojos se clavaron en los míos, era como en la televisión, en esas escenas que todo pasa en cámara lenta. Recuerdo perfecto como se separaron sus hermosos labios carnosos para contestar mi saludo. Me sentí en las nubes, hipnotizada. Todo ese mundo lleno de tedio se esfumaba a cada paso que daba esta hermosa creación del universo.

-Buenas, ¿qué necesitas?

Necesitas, no necesitan. Me habló a mi, sólo a mi. Inmediatamente me hice dueña de la conversación y le explique detalladamente lo que buscaba y para qué lo quería. Yo también hablaba en singular, mi amiga en un chasquido de dedos se desintegró del mapa. Sin decir nada, se dio la vuelta y se perdió en la trastienda. Mientras volvía pensaba en sus ojos color miel, su pelo chino despeinado, sus labios muy rojos y su voz de trueno. ¡Era eso! Eso de lo que todos hablaban en los libros y las películas, estaba sintiendo por primera vez el amor.

Regresó con ese andar pausado con un pliego del papel cascarón que para este momento ya era como si cargara un lingote de oro. Nos mirábamos fijamente a los ojos, me sentí ruborizada y él lo notó porque su sonrisa se enchuecó para hacer la mueca más sensual que jamás había visto.
Su mirada profunda me leía el pensamiento y se enredaba en la mía dejándome claro que estaba sintiendo lo mismo que yo.

-¿Cuánto es?- pregunté mientras se me salía la baba.
-Te lo cambio por tu número de teléfono- dijo rápidamente. Tengo que confesar que ese movimiento me ha parecido lo más audaz que había vivido hasta entonces.
– 55 56 94 18 07… -dije tímida pero sensual.

¿Sensual? ¿De cuándo acá sabía yo lo que era ser sensual?

Salí de la tienda volando, literalmente sentía que mis pies no tocaban la banqueta. Mi amiga me bajó de la nube con un zape mientras decía:

-¿Qué pedo? ¿Qué acaba de pasar?

No puedes decir qué pedo cuando estás retorciéndote de amor y lujuria fácilmente palpable por todos los rincones. Reímos a carcajadas y me molestó todo el camino de regreso a la casa.

Mi mundo cambió en ese momento. Tenía un sentido de vida, como decía la maestra de psicología. Mi sentido de vida era esperar el ringtone del celular que a propósito ya había cambiado por la canción de Cristina Aguilera que me parecía muy romántica.

Lo bueno es que no esperé mucho. Al día siguiente me llamó. Hablamos hasta que se terminó mi crédito y entonces fue que me di cuenta que esto no iba a ser tan fácil. Aparecieron en el mapa mis papás. Yo no tenía dinero propio, apenas estaba acabando la prepa. No me iban a dejar salir con él. Mi realidad prendida de alfileres se vino abajo en menos de lo que imaginé.
No iba a quedarme sin este amor, eso sí lo tenía más claro que el agua.
Al día siguiente busqué un trabajo en la escuela. Había un letrero colgado desde hacía meses en el que pedían una maestra novata que quisiera alfabetizar adultos. Lo tomé, pagaban justo lo que necesitaba para recargar el celular.
¿Cómo se lo voy a decir a mis papás? Caminaba lentamente mientras notaba que también es cierta esa frase que dice que el amor mueve montañas. Me reí sola y a carcajadas mientras regresaba a mi casa. Era feliz, me sentía enamorada.

Mi vida cambió radicalmente a partir de ese día.
Encontré la garra necesaria para pelear por el amor que no estaba dispuesta a perder y poco a poco mis papás aceptaron que ya estaba creciendo. Fuimos novios pocos años y nos casamos.
Seguimos casados y tenemos dos hijos. Seguimos felices, con altas y bajas. Seguimos gustándonos tanto como el primer día.

El primer día, el día más feliz de mi vida.

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