El Beso

La ventana de la habitación ha perdido traslucidez. El vaho de los amantes la ha esmerilado.
A su través sólo se percibe la silueta animada de una espalda varonil, rodeada por un lazo delicado que forman los brazos femeninos aferrados a él. Las uñas pintadas estilo francés se entierran suavemente en los omóplatos de él, que la abraza con las piernas y le sujeta la cabeza, hundiendo los dedos vorazmente entre las greñas revueltas.

Con las cabezas inclinadas en sentido opuesto, los labios se entretejen, masajeándose, siguiendo el ritmo cardiaco que aumenta y dirige los movimientos de las lenguas que se recorren al derecho y al revés. La lengua de él es pequeña y lisa: ella la encuentra más húmeda y caliente de lo usual. La suya emana saliva tibia a raudales y él la acaricia queriendo trazar con la suya cada papila, notando una textura que da la impresión de que el escalofrío la ha alcanzado. En perfecta sincronía, reverso y anverso de las lenguas danzan, se abrazan y juegan aparte de los cuerpos que las dejan libres.

Los ojos permanecen cerrados, excepto en esos momentos de un acuerdo no hablado en que ambos deciden invertir la posición de la cabeza y ella le abarca las mejillas para controlar el beso y hacerlo más cerrado, más apretado. Las lenguas intentan anudarse, los labios succionan; los movimientos de la cabeza merman y trasladan la fuerza a la pelvis, que se rehúsa a sucumbir al deseo de ser penetrada.

Pese a la cercanía de las narices, el aire circula sin ahogos ni hiperventilaciones. Él exhala al tiempo que ella lo aspira, le da una bocanada y lo deja escapar con un ligero gemido provocado por el bouquet que brota del amante, impregnado en su virilidad: el sabor coincide con el que despiden las axilas.

La estrofa del beso termina cuando, en otra sincronía espontánea, los labios cierran con un pico que da entrada a una pausa. Las narices se mantienen unidas. Los amantes se miran, cambian la posición de las manos y se incorporan, antes de desobedecer a la regla del juego: besarse hasta llegar simultáneamente al clímax. Él invade su boca una vez más. Le lame dientes y encías; terminado el recorrido, ella lo imita. Los labios se mantienen unidos, él los dirige, buscando movimientos más lentos y más abiertos para alcanzar con la lengua rincones no explorados. Sus labios embonan como si hubiesen sido trazados en un mismo molde. No hay excesos de saliva alrededor de los labios: la humedad es producto del sudor que baja por sus sienes, eyectado por los poros de la cabeza, la nuca y el entrecejo.

Los amantes se comen, saborean, lamen, y mastican en un festín de mucosas hiperactivas, adictas, incansables. El juego es repetitivo, como una rutina de barra en un estudio de danza. No hay trucos, no hay calificativos: hay sólo bocas que han encontrado su par y cada una reconoce instintivamente, en ráfagas de segundo, ésa, la que le corresponde, la que se funde en sí naturalmente, sin interrupciones, sin la necesidad de ver, preguntar ni hablar: allí, en el beso, está el portón donde los amantes se encuentran, se toman de la mano y emprenden el camino a la más deliciosa perdición sin dudar un segundo de haber elegido al correcto.

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