Cápsulas de amor II

HOMBRES Y MUJERES

En 1983 nació Miguel. Esa tarde Alexa, mi mejor amiga, fue encargada en mi casa para que su madre no tuviera que partirse en dos amamantando al bebé que acababa de parir y cuidando a la pequeña Alexa, en aquel tiempo de cuatro años de edad. Dos días después del parto bajé al departamento de la planta baja para conocer al hermanito de Alexa. Elvia, la madre, lo tenía en el regazo y respondía pacientemente todas las preguntas que Ale y yo le hacíamos:

-¿Cómo se va a llamar? – pregunté.
-Miguel – Contestó Elvia dulcemente.
-¿Por qué no lo pone María Teresa? – Sugerí.
-Es niño – Rio Elvia, sin saber que esa respuesta no me satisfacía.
-¿Y eso qué tiene de malo? – Cuestioné.

Elvia no sabía que mis preguntas la acababan de meter en un serio problema ante mi curiosidad sobre un tema que todos daban por hecho que cualquier persona, tuviera la edad que fuera, dominaba: el género masculino y el género femenino. Hasta entonces, a mis casi cinco años de edad, la gente sólo era gente. Los perros eran perros, los caballos, sólo eso… igual que las sillas, que sólo eran sillas; mi triciclo era triciclo, las galletas eran el postre, la cama era el “a dormir”, los huevos del desayuno, el castigo. La vida era mucho más simple sin hombres y mujeres, él, ella, ése, ésa. La cosa se complicó más la primera vez que Elvia le cambió el pañal al pequeño Miguel.

-No, muy raro… era un dedo, sí, un dedo sin mano. ¿Cómo te lo puedo decir? Sí, un dedo colgado de algo que no era la mano… lo tenía aquí – le expliqué a Irene, mi hermana, señalándome el pubis para que ella pudiera imaginar la posición y el aspecto de ese misterio que me tenía tan locuaz, impresionada, un poco asustada y también, por instinto, seguramente fascinada, porque sin saberlo, en mí había hormonas que superaban la razón y reaccionaban ante el hallazgo de una diferencia tan definitiva que el mundo entonces cambió para mí: a partir de ese día y de la explicación científica y amigable de mi madre, entendí que este planeta tenía una división más fuerte que El Ecuador y que sus meridianos: hombres y mujeres.

Francisco Xavier (Panchito) fue el autor de mis primeras fantasías, las de la preprimaria. ¿Cómo era ese niño desnudo? Me lo preguntaba diariamente y la misma consulta les hacía por separado a los compañeros de mi madre en la facultad de medicina. “¿Y lo va a tener siempre? ¿Todos los niños tienen uno? ¿Les crece? ¿Panchito sabe que yo no tengo uno? ¿Le puedo mostrar a Panchito lo que yo tengo, y pedirle que me deje ver el suyo? Nunca me animé a saciar esa curiosidad, ni siquiera a declararle mi amor ni mis fantasías: con Panchito aprendí a guardar secretos, porque la única que sabía de tales depravaciones era yo.

Sobre mi enamoramiento hacia él, sabían en casa y seguramente jamás imaginarían que a mis treinta y ocho años dedicaría unas líneas a hablar de ese sujeto de quien nada sé hoy. Panchito era moreno y su pelo, cortado a lo “príncipe valiente”, era sometido a tintes baratos que su madre vertía sin compasión para calmar su frustración de no haber parido un niño rubio. Panchito me resultaba tan bello, que mi fascinación lo había llevado al plano platónico, tanto así que cientos de veces me quedé a la mitad del camino cuando había cogido valor para acercarme y pedirle jugar con él. Mis mensajes conquistadores eran mucho más elaborados de lo que podría pensarse en una niña de preprimaria: ese Pluto de cuerda que me llevaba de contrabando al colegio era intocable. El solo intento de tocarlo les había costado a más de dos compañeritos mordiscos, insultos y golpes; a Panchito en cambio le tocó disfrutarlo, accionar una y otra vez la cuerda del juguete, cuando al fin me animé a decirle con voz grave, sin sonreír y con el pánico en el estómago:

-A usted sí le presto a Pluto. No me lo vaya a romper.

Nunca fui más valiente en asuntos de la conquista, pero siempre me gustó saber que había algunos que sentían por mí lo mismo que yo por otros. Dado ese gusto, jugué en más de una kermés a casarme con todo aquél que me invitara a ese ritual de amor en feria de colegio.

-Vic, ¿te quieres casar conmigo?
-Ya me casé con Carlos Adolfo, Enrique.
-Ándale, hay que casarnos.
-Está bien.

La primera infidelidad que me trajo un sentimiento de culpa la cometí justamente al minuto de haberme “casado” con Carlos Adolfo, porque Adrián, el pelirrojo de las pecas, me había robado un beso y yo quedé fascinada sintiendo en mi cachete una huella helada y húmeda, producto de la torpeza de unos labios amateur en las primeras artes de la conquista. De la mano, correteando entre los puestos de la kermés y los árboles del colegio, descubrí que los besos me gustaban y que bien valía la pena arriesgarme a un regaño, siempre que los rulos anaranjados de Adrián estuvieran lo suficientemente cerca de mi cara como para sonrojarme, reír y sorprenderlo con un beso sorpresa en la mano, la oreja, la nuca, el cachete y la nariz: por alguna razón yo sabía que la boca era intocable, pero el placer de lanzar el beso, reír de la travesura y correr sintiendo la cara caliente, gritando y esconderme era suficientemente delicioso: hoy sé que los gritos infantiles no tenían su origen en el miedo ni en la diversión, sino en la excitación de mis jóvenes hormonas ante el delicioso fenómeno químico del enamoramiento.

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