Cápsulas de amor I

Serotonina, Dopamina y Oxitocina

La primera vez que cuestioné mi capacidad de amar yo tenía catorce años. Acababa de llegar a vivir a Bogotá y estaba por entrar al colegio, pero hasta entonces no había hecho un solo amigo.

El conjunto constaba de siete edificios de ladrillo que rodeaban una plazoleta en la que había algunos juegos para los niños pequeños, de esos prefabricados, en madera y plástico. Los jardines eran pequeños, pero bien cuidados. Había muchos niños de distintas edades. Una tarde, mientras jugaba con mis dos tortugas, apareció Jenniffer Mondragón, de doce años. Mis mascotas la atrajeron y dieron paso a una amistad que al cabo de pocos meses había adquirido el grado mayor: yo era su mejor amiga; ella, la mía. Como en toda amistad de ese nivel, llegó la primera pelea. En la reconciliación, Jenniffer me dijo:

-Vickyta, ya no te pongas brava, yo no lo dije para hacerte enojar: yo te quiero mucho.

La última frase me sorprendió. A pesar de haber oído esas tres palabras conjugadas en muchos tiempos, su alcance me hizo ver que hasta entonces yo no había experimentado amor por nadie, ni siquiera por mi madre, ni por mi hermana. Con el tiempo supe que en la infancia el amor es otro (algunos ni siquiera lo catalogan como amor).

Llegué a casa y me quedé pensando si yo quería a Jenniffer; peor aun, si yo quería a alguien. Pensé que a mis padres, a Elsa, a Irene…pero con el tiempo supe que el amor fluye con las hormonas, incluso aparece después del enamoramiento. Claudio, mi “organizador de sesos”, llegó a explicarlo de manera más científica, en términos amigables, pero que definitivamente no logro reproducir con tal precisión, a pesar de que tengo la certeza de que yo no quise ni amé a nadie antes de la adolescencia. Lo más cercano a ello era la simpatía, en el caso de los amigos, y la dependencia, respecto a la familia.

Me reconcilié con Jenniffer. La amistad continuó.

Al cabo de veinticuatro años sigue viva, como suele pasar con los amores sin deseo, conocidos como amistad. Ésos son ligeros, porque entran en el corazón suavemente: no hay emoción, no hay locura, no hay electricidad, no hay insectos revolviéndose en el estómago; no hay brincos, uñas mordidas ni pasos prefabricados cuando nos acercamos a ese amor: no los hay, porque la amistad está libre de tóxicos deliciosos, como la serotonina, la dopamina y la oxitocina y todas ésas de nombres casi impronunciables, que me han envenenado más de una vez…me han envejecido, me han curtido, me han hecho vomitar el alma, perder dignidad, razón y modales y hasta creer en la Muerte como única salvación: y sin embargo estaría dispuesta a hacer huidiza hasta mi vena más recóndita, si estas sustancias mágicas pudieran inyectarse para que hicieran sus maravillas embrujando al corazón en segundos.

He amado mucho… seguramente, demasiado.

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