Xicóatl (estrella errante)

Cuitláhuac – alga acuática disecada – Señor de Iztapalapa – lugar de lajas – hermano de Moctezuma Xocoyotzin – el señor que se muestra enojado, “el más joven” – , había establecido un Xochitla – donde abundan las flores, jardín – el que era famoso porque en él se cultivaban tanto las plantas de ornato, como las medicinales de tierras frías.
Junto al jardín botánico corría un río que los moradores del pueblo atravesaban sobre un puente rústico.
El río tenía un genio.
El genio del río se llamaba Achane – el morador de las aguas, el que tiene su casa en el lecho del río.
Achane se entretenía en asustar a los trasnochadores con sus bruscas apariciones o con sus ruidos extraños, sin que causara daño a nadie.
Así hubiera continuado quién sabe cuánto tiempo, a no ser porque una noche las aguas del río se iluminaron de modo tan profuso que el genio despertó sobresaltado. ¿Qué era aquello? La aurora no podía ser ya que la noche aún estaba envuelta en sombras. ¿Qué era lo que producía aquella luz? Curioso, el morador del río subió a la superficie y, ¡oh sorpresa! era una preciosa niña de luz que había dejado el cielo para bañarse en las aguas del río.
Como esa noche, fueron muchas en que la estrellita niña iluminaba las profundidades del río, desde donde el viejo genio, embelesado, contemplaba el inocente jugueteo de la bella en las aguas quietas de su reino.
Yuhuatl – la señora de la Noche – comprendiendo el peligro que corría su ingenua hija, muchas veces le había dicho:
-Te he ordenado que no vayas al río; pero tú no me has obedecido. En ello no tendrás tu castigo; si vuelves, desobedeciéndome, Achane, el genio malo, te aprisionará haciéndote su cautiva.
¡Pero era tan hermoso el río! ¡El agua tan limpida! que Xicóatl no quiso prestar obediencia y desoyendo todo consejo, bajó al río, que una noche, cuando Xicóatl se entretuvo por más tiempo en el río, Schane la apresó en su red de plata llevándosela consigo al fondo del río. Desde entonces, a pesar de sus súplicas y del llanto de la estrellita errante, no le dejó volver al cielo.
Achane, enamorado de su cautiva, trató de hacerle grata su nueva existencia, por lo que ordenara a extacxóchitl – blancas flores del agua – la alegraran con sus cantos y sus danzas.

Más los ayes de Xicóatl eran conmovedores; el pueblo los escuchaba sobrecogido de espanto; más por desgracia, aquel que se interesaba por la suerte de Xicóatl era destruido por el genio malo.
Muchos ya habían sido muertos a causa de tal maleficio y la noticia cundió a tal grado que llevó escándalo, temor y zozobra a todos los seres del pueblo.
La noticia llegó hasta Tlatóhmitl – fruto imperfecto del maíz, huitlacoche el tonto del pueblo, un muchacho bueno, sencillo y sin más fuerza que su bondad enorme; por lo que decidió servir el pueblo guiando con la luz de su antorcha a los que regresaban, ya anochecido, de las labores del campo o de los jardines reales; máxime que el paso sobre el puente era oscuro, sombrío y por ello, alguno de sus habitantes podían caer en la corriente y ser presas del genio, lo que tal cosa obligó a Tlatóhmitl a darles su ayuda, contando para ellos con su entereza y su antorcha.
Fue por ello que sobre el puente, el joven alumbrara por varios días el camino de muchos. ¡Era tan bueno y sencillo!
Una noche cuando esperaba a los retrasados, percibió un sollozo, y al preguntar quién lloraba así Xicóatl le respondió:
-Soy yo
-¿y qué haces ahí y quién eres?
-Soy Xicóatl, una estrellita errante caída al agua. Una noche oscura bajé al río a bañarme. Achane se enamoró de mi y durante varias noches me dejó regresar al cielo y una vez que me entretuve por más tiempo me aprisionó en una red de plata y desde entonces, a pesar de mis súplicas no me deja volver.
El joven sensible a su congoja ofreció salvarla, aunque para ello tuviera que enfrentarse al genio.
La estrella le hizo saber que era vengativo y que ya había matado a un hombre que se acercó a escuchar su llanto.
Pero el muchacho le aseguró que él era fuerte, prometiéndole salvarla de las maldades de Achane, aunque le costara la vida.
Xicóatl al presentir la llegada de Achane desapareció apresuradamente debajo del agua, y poco después se escucharon cantos y música, entonados por las extacxóchitl que tenían la misión de entretenerla.
Desconsolado Tlatóhmitl por la brusca huída de Xicóatl empezó a gritarle que no desesperara, que él la salvaría.
Estaba inclinado sobre el agua, agitando su antorcha, como si tratara de descubrir a la estrellita, cuando presintió que cerca de él había un ser extraño, y al levantar la antorcha tratando de descubrir el rezagado se encontró frente a frente a Achane, que le miraba burlón.
El muchacho, sin asustarse, le exigió que liberara a la hermosa estrella, pero el genio del río enfurecido le respondió, que era un tonto porque Xicóatl le amaba, y al asegurarle el joven que eso era mentira, carcajeándose desapareció el genio, no sin antes oír como Tlatóhmitl le gritara que era un asesino.
Desesperado el joven pro sentirse impotente para destruir el encanto que aprisionaba a la estrella decidió buscar ayuda de Yohuatl, la Señora de la Noche.
Y fue tan angustioso el ruego que la invocación se elevó al cielo llevando el doliente mensaje por lo que Yohuatl bajó del cielo y le dijo:
-Toma este pedazo de nube que tiene virtudes mágicas, sólo tienes que agitarla sobre el agua para que la desobediente Xicóatl sea libre.
Así lo hizo inmediatamente y liberó a la estrella, que subió al cielo presurosa. En ese momento apareció el genio con actitud amenazadora. Enfurecido hizo mil reproches a al joven y usando su maleficio lo mató, dejándolo tirando a un lado del puente con su antorcha encendida.
¡Xicóatl volvió al cielo!

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