Macías el trovador enamorado

Macías debió vivir en el siglo XIV en Castilla, aunque él era nacido en Padrón, Galicia. Sus andanzas en el amor fueron tremendas, estuvo preso y lo mataron por culpa de sus desatinados galanteos. Así varios poetas y eruditos lo llamaron el “mártir de Cupido”, lo cual propició que la leyenda se extendiera por muchos lugares de España y se hicieran comedias, dramas y novelas de él. La comedia de Lope de Vega, Porfiar hasta morir, o la novela de Mariano José de Larra, El doncel de don Enrique el Doliente, son sólo dos ejemplos en los que Macías aparece como protagonista y paradigma del amante fiel hasta la muerte. Por esto también le pusieron como apodo el Enamorado

Al parecer, el matrimonio entre doña María de Albornoz y Don Enrique de Villena estaba atravesando un mal momento. Don Enrique, no mostraba ningún interés en su esposa, pues estaba muy ocupado trabajando y persiguiendo el poder. De hecho, su matrimonio sólo fue otro escalón en su ambición de poder, ya que Doña María de Albornoz era una rica heredera de bienes que podría darle. Y doña María, nunca amó a don Enrique, de hecho lo despreciaba con toda su alma.
El interés de Enrique se centraba en conseguir el maestrazgo de la Orden de Calatrava cuyo poder en Castilla podía equipararse al del mismísimo rey. Para alcanzarlo, debía estar viudo o, al menos, tendría que divorciarse. Tal era su ilusión por conseguirlo que mandó llamar a un doncel de toda su confianza y le pidió que raptara a su esposa y la encerrara en un castillo hasta que muriera o que la matara allí mismo. El doncel que debía ejecutar el plan, era nada menos que Macías, el cual desde muy joven estaba perdidamente enamorado de doña María. Cuando ella tuvo que casarse con Enrique, Macías siguió sus pasos y logró ganarse la confianza del señor hasta convertirse en su mano derecha. Obviamente, don Enrique no se dio cuenta nunca de que la presencia de Macías había avivado los antiguos cariños de los dos amantes y que, a sus espaldas, el trovador leía ardientes poemas a su amada y las promesas de amor eterno se hacían presentes a cada instante.

Macías, sin muchas explicaciones, se niega a matar a María. Aún así, Enrique sigue adelante con el plan y contrata a seis bandidos para que rapten a su esposa, mientras finge estar preocupado por la desaparición de su mujer, y pasar por inocente. Sin embargo, asegura que han hallado la ropa de María ensangrentada en un bosque cercano, por lo que asegura que ella ha muerto, él es viudo y puede acceder al maestrazgo de la Orden de Calatrava, como tanto lo deseaba.
No conforme con llevar a cabo esta infamia, decide apresar a Macías por haberlo desairado. Los rumores que se oían del amorío que sostenía con María fueron suficiente razón para encarcelarlo de por vida. Encadenado y humillado es trasladado a un castillo en ruinas, propiedad de don Enrique, situado a cinco leguas de distancia, en donde este último pretende pasen sus últimos años, su esposa y el trovador.
Las celdas separadas, el hambre y la miseria en la que vivían, no impidieron que los amantes se siguieran mandando poemas de amor. Los mismos carceleros sentían pena por los pobres amantes condenados al sufrimiento del cuerpo y al dolor del corazón, cuando resonaban en los ecos del calabozo, las dulces palabras que le recitaba el trovador a su amada:
Cautivo de mi tristura,
de mí todos han espanto:
preguntan, ¿cuál desventura
hay que me atormente tanto?

A pesar de haber urdido el plan, el alma de don Enrique no encontraba paz en ningún lado, por lo que de repente, disfrazad de incógnito, visitaba el castillo de Arjonilla, donde los amantes vivían encerrados. Pudo oír los lamentos de ambos y las pruebas de amor que se daban, desde un extremo al otro de las mazmorras. No pudo soportar este agravio y mucho menos comprender el amor que aquellos infelices se profesaban y encendido de ira, abrió la celda de Macías y lo hirió repetidas veces con una lanza hasta que cayó muerto.

Las crónicas aseguran que este cobarde asesinato, hizo que don Enrique enloqueciera, y aunque pudo lograr el maestrazgo, al poco tiempo fue desposeído de él. Además, cuentan que quiso buscar consuelo en el vino y el juego, y que sus deudas lo convirtieron en pordiosero: de sus ansias de poder no obtuvo sino el señorío de Iniesta, otorgado por el rey Juan II más por lástima que por méritos.

No falta quien diga que doña María se retiró a sus palacios, en tierras de Cuenca, y que años después se le veía como una mujer loca que rondaba el castillo de Arjonilla y la iglesia en donde yacía el cuerpo de Macías. Los niños le lanzaban piedras y gritaban y se burlaban de ella. Un día, el sacristán de Santa Catalina de Arjonilla vio a la loca tendida sobre una lápida, y mientras la golpeaba con su bastón le decía:
-¡Ea, mujer! Es hora de cerrar la iglesia. ¿Acaso estás borracha?

Pero al mujer ya no podía escuchar estos insultos. Sus labios marchitos besaban la fría lápida y sus manos envejecidas se aferraban a la sepultura, donde se leía una inscripción:
AQUI YACE MACÍAS, EL ENAMORADO

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