Leyenda del Tepozteco

Tepoztlán es un pueblo cerca de Cuernavaca, Morelos, que tiene una historia misteriosa y un ambiente místico. Lo resguarda un cerro alto cortado a tajo, geológicamente amorfo, imponente por su altura, simulando torres y columnas con sus peñas.
En el marco de este majestuoso paisaje, surge una leyenda indígena, en donde interviene la magia y la taumaturgia.
En la antigüedad, había en la cima de los montes, adoratorios, de los cuales aún se conservan restos arqueológicos en algunos, como es el caso de Xochicalco, también en Morelos, donde hace unos mil años una doncella nativa se encargaba de atender un teocalli consagrado a un dios nahuatlaco. Era una joven india, distinguida y pura, pues era un requisito ser de alcurnia, para poder acceder al lugar. Se dice que la hija de Moctezuma estuvo ahí en una festividad.
Su trabajo consistía en limpiar los altares y el templo, y un día mientras hacia sus quehaceres, se le rompió un collar y de éste se desprendió una pequeña cuenta, la cual recogió y guardó en su boca mientras acababa su trabajo para luego repararlo. Sin querer se tragó la cuenta y por obra de predestinación y gracia, a los pocos días estaba embarazada.
Preocupada por su honor, comprometido por los hechos, y no queriendo estar en boca de todos, pues su reputación era intachable, en cuanto dio a luz, depositó al niño en un hormiguero cercano; las hormigas lejos de devorarlo, lo atendieron y lo alimentaron con ahínco. Al día siguiente, cuando fue a ver qué había pasado con el bebé, se sorprendió de verlo en perfecto estado, así es que decidió levantarlo y llevarlo a su casa dentro de una caja de madera. Al llegar, dejó la caja a la orilla de un arroyo, esperando que al llover, la corriente arrastrara la caja lejos del lugar y se fue a dormir.
A la mañana siguiente, se percató de que no solo no llovió, sino que la caja estaba vacía.
Un matrimonio que salió a recoger leña la noche anterior, al encontrar al niño dentro de la caja, decidieron llevárselo pensando que era un regalo de los dioses, pues ya llevaban mucho tiempo intentando ser padres sin éxito. Cargaron al niño y se lo llevaron a su casa. Lo criaron y gozaron viéndolo crecer. Cuando empezó a hablar, el hijo no les llamaba “papás”, sino “abuelos”, en la lengua nativa, esto es coltzin al abuelo y cohtzin a la abuela. Le preguntaron por qué les llamaba así y el contestó que porque él sabía que no eran sus verdaderos padres, pero que como muestra de gratitud y cariño, les llamaba así. Este niño era prodigioso, ellos no dejaban de sorprenderse.
En el entonces Xochicalco, cerca de lo que hoy es Cuernavaca, en ese entonces llamada Cuauhnáhuac, había un gobernante antropófago de muy mal temperamento que exigía cada año le llevaran un anciano de cada pueblo cercano para comérselo. Ese año era el turno del abuelo para presentarse ante el monarca Esto enfureció al niño y le pidió que no se preocupara, que él iría a ver al rey en su representación. Y así fue como partió al día siguiente a Xochicalco, pidiéndole al abuelo que se fijara desde el cerro, cuando se pusiera el sol, si aparecía una nube negra o blanca en el cielo. Si era negra, querría decir que el monarca se lo había comido y si era blanca, significaría que se había salvado y había vencido al rey.
Por la tarde, lo que los abuelos vieron fue una nube blanca, enorme y consoladora.
Cuentan que lo que pasó fue que cuando el joven se presentó frente al monarca, le retó a que se lo comiera, éste enfurecido le contestó que era muy poca cosa para él, que no tenía nada de carne y que no lo comería, sin embargo, el desplante del niño le irritó a tal grado que mandó a que le cocinaran vivo en una olla de agua hirviendo. A los pocos minutos de estar en la olla, el niño mágico apareció sentado en la tapa del perol, vivito y coleando. Ciegos de ira, el rey y sus secuaces lo mataron repetidamente, lo destrozaron y viendo que en lugar de morir cada vez que lo mataban se convertía en un animal diferente, se convencieron de que era imposible acabar con él. En un arrebato, el rey se abalanzó sobre el niño y se lo comió desnudo en unos cuantos bocados. Pero el muchacho dentro del vientre del tirano, le provocó tremendos dolores y sacando la punta de obsidiana que llevaba escondida en la mano, le abrió la piel y salió sonriente de sus entrañas, mientras que el rey moría desangrado y sus cómplices huían despavoridos.
Cuando llegó a su casa, no había nada para comer, así es que tomó un arco y una flecha y apuntándola a los terrenos cercanos, disparó y empezaron a llover venados, liebres y aves con lo que surtió la despensa de la casa por un buen tiempo.
También cuenta la leyenda que, con tan solo verter agua de su calabazo, abrió la barranca de Guadalupe en Cuernavaca, cortando así el paso de sus enemigos, entre ellos los gigantes de Oaxtepec.
El más formidable de los milagros que la gente de Morelos le atribuye al Tepozteco, es que el cerro que hoy lleva su nombre, fue trasladado por él desde el estado de Guerrero porque en alguna ocasión no quisieron darle albergue y se los quitó.
Por eso el cerro es tan particular, y dicen los lugareños que en él han sucedido todo tipo de acontecimientos sobrenaturales. Ahí quedan los restos de su casa y los restos de los templos dónde se le divinizó.
El culto al Tepoztécatl, hijo de hembra que no conoció varón, fue positivo y los códices registran su simbólica figura.
Los vecinos de Tlalmanalco, Yautepec, Cuernavaca y la misma Tepoztlán, gustan de contar las inolvidables leyendas del niño mágico, que oídas al pie del cerro causan una impresión evocadora y extraña.

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