Cupido y Psique

Hace 1800 años, vivía una hermosa y joven princesa llamada Psique. Tenía una vida bonita: dormía en un lecho espléndido, entre sábanas de seda; con tan solo tronar los dedos aparecía el bufón del palacio para hacerla reír; comía en un plato de plata y un vaso de oro. Sin embargo, no era totalmente feliz, porque como le sucede a todas las princesas, sólo que nadie lo cuenta, nació con todos los problemas con los que nacemos todas las personas, o tal vez unos cuantos más.

Uno de los problemas de Psique, era que a pesar de que su belleza era extraordinaria, nadie se atrevía a acercarse a ella, los jóvenes sentían tanta pena ante su hermosura, que no eran capaces de decir una palabra. Se rumoraba en los pasillos del palacio, que los hombres del reino preferían visitar a Psique que a la diosa Venus, y pues ciertamente el templo de la deidad estaba cada día más vacío.
Venus estaba furiosa y se preguntaba si la gente iba a ser capaz de olvidarla tan solo porque esta niña tenía una cara bonita, por lo que decidió darle motivos para estar avergonzada.
Venus llamó a Cupido y le dijo:
“Tienes que castigar a Psique, en algún lugar de la Tierra debe de estar el más horrible, vil y despreciable hombre vivo, quiero que hagas que la princesa se enamore de él”.

Cupido preparó una poción mágica, que en cuanto salpicara con ella los ojos de Psique, se enamoraría del ser más despreciable que habitara este mundo, tal y como lo ordenó su madre. Voló hacia el palacio y entró a la recamara de la princesa, la cual estaba dormida entre sus sábanas espléndidas, tapándose un ligero rayo de luz que se asomaba por la ventana, con el brazo izquierdo recargado sobre los ojos. El dios, rozó sigilosamente el hombro de Psique con la punta de oro de una de sus flechas, provocando que ella moviera el brazo con el que tapaba su cara.
¡Qué belleza! Cupido no estaba preparado para enfrentar semejante hermosura, dio un paso atrás y sin querer y sin darse cuenta, se rozó la pierna con la punta de la flecha. Ni siquiera se percató de la pequeña herida, él estaba ensimismado con la deslumbrante princesa, mientras pensaba que no había una diosa que portara tal belleza, con razón Venus estaba celosa.
Esa misma noche, Psique estaba soñando que abría los ojos y se topaba con la mirada de un hombre que solo podía existir en el mundo de los sueños; tenía unos rizos castaño luminoso que caían descuidadamente sobre su frente ancha. Era tan guapo que parecía brillar con luz propia. En el sueño, este hombre se alejaba poco a poco mientras le decía: “Espérame”.
Ella se incorporó inmediatamente y totalmente despierta se percató que no había nadie, que todo había sido un sueño, pero un sueño tan real que despertó del mejor humor y sin importarle un comino que los jóvenes no se acercaran a hablarle, ella esperaría al hombre de sus sueños.

Dejó de asomarse para que la vieran quienes iban a contemplarla y poco a poco la esperanza de mirarla se esfumó, entonces los hombres dejaron de ir al palacio y regresaron al templo de Venus. Y así pasaron días, meses y años, la princesa se la pasaba leyendo y el rey se empezó a preocupar porque no le interesaba casarse.

Un día de verano, Psique subió a una colina cerca del palacio a leer sosegadamente y en soledad, disfrutando de la brisa que movía su hermosa cabellera levantó la mirada al cielo y se percató de que el planeta Venus no estaba en su lugar. Eso la alegró porque ella aborrecía a la Diosa, no entendía porque la gente la adoraba y la visitaba incesantemente. Para ella no era fácil ser hermosa, ella anhelaba que la admiraran y la buscaran por su belleza interior.
Todo esto daba vueltas en la cabeza de la joven princesa cuando un viento suave la elevó de la tierra, era tan tenue que no sintió miedo mientras la transportaba, así es que se dejó llevar hasta que la dejó sobre una cama de césped blando y esponjado. A pesar de la oscuridad que la rodeaba, ella no sintió miedo, percibía el dulce olor de las flores y escuchaba el alegre sonido del arroyo, cerró los ojos para disfrutar todo esto que alegraban sus sentidos, y se quedó dormida.

Cuando despertó estaba tendida sobre la tierra, cerca de un castillo hecho de un metal azul nunca antes visto, por lo que se dio cuenta que estaba en el castillo de algún dios. Dudaba si entrar o no, cuando de pronto sus pies se levantaron del suelo y la llevaron hacia el palacio. Las puertas se abrieron solas, como por arte de magia. Era un vestíbulo enorme, adornado con bellas obras de arte de muchos animales diferentes y un piso pulido hermoso y deslumbrante decorado con estatuas de varios dioses. Luego fue llevada hasta una mesa grande en la que estaba dispuesto un lugar, un vaso de leche y una manzana tan hermosa que no parecía real, que además le despertó el apetito, así es que la mordió con mucho cuidado.

Psique pasó todo el día en el palacio, visitó cientos de habitaciones lujosas, hasta que llegó nuevamente a otra mesa grande que al igual que la anterior, estaba dispuesta con el servicio para una persona y una exagerada cantidad de comida. Habían costillas de cordero, puré de papas, diferentes platos de vegetales y una fuente con fresas con crema. Todo se veía tan rico que se sentó a comer, pensando que apenas había visitado una muy pequeña parte del castillo; pero para eso hay un mañana o un pasado mañana o el tiempo necesario para recorrerlo todo. Mientras disfrutaba la comida, veía un atardecer hermoso, rosa con dorado, cuando de súbito cayó la oscuridad y sintió la respiración de alguien atrás de su cuello.
“Gracias Psique, gracias por esperar”, exclamó la voz que había escuchado en sus sueños, mientras que una fuerte mano tomaba las suyas. Ella no quería romper el encanto así es que con la voz más dulce preguntó en voz baja:
-¿Cuál es tu nombre?
-Mi nombre no lo debes de saber nunca, ni deberás ver mi rostro.
-¿Por qué si sabes que te he estado esperando todo este tiempo?
-¿Hay algo que desees que no esté aquí en el palacio azul?
-No
-¿Dudas de mi amor?
-No
-¿Confías en mí?
-¡SI!
-Entonces por favor no trates de verme. Quiero que me ames como a un hombre, no como a tu amo.

Esto complació a Psique por un tiempo, pero no por mucho, porque ella anhelaba ver el rostro de su amado esposo, él llegaba solo en la oscuridad y se iba antes de que brillara la primera luz del alba. Durante el día, mientras estaba sola pensaba que si su amado no se dejaba ver la cara, era porque no era ni dios ni hombre, sino tal vez un monstruo espantoso. Pero esos pensamientos se alejaban cuando al llegar la noche, ella se recostaba en su regazo. Aún así, las ganas de verlo aumentaban cada día más.

Finalmente, una noche escondió una vela abajo de su cama, pensando que antes de que su esposo se marchara la encendería para verle. Justo cuando estaba a punto de aparecer el primer rayo de sol, ella se levantó y encendió la vela con las manos temblorosas. Se acercó y vio a su esposo con unos bucles castaño luminoso, y ¡qué fuerte era!… mientras lo veía se percató de que algo brillaba sobre la cabeza de su amado, y acercándose cuidadosamente se dio cuenta de que eran unas flechas con las puntas de oro.
¡Era Cupido! ¡Su esposo era Cupido, el dios del amor! Nunca hubiera imaginado tal cosa. Acercó la vela para contemplarlo y sin querer una gota de cera cayó en el brazo de Cupido despertándolo. Se levantó de un salto con los ojos desorbitados, tomó sus flechas y su carcaj y mientras se alejaba, Psique le gritaba: “¡Espera!¡Espera!”
Cupido se detuvo y ella quería abrazarlo, pero la mirada de su esposo le hizo detenerse. Con una voz fuerte, triste y fría se volteó y le dijo:
-Adiós Psique, después de haber dejado a mi madre y haberte hecho mi esposa, ¿es ésta la forma en que confiaste en mi? El amor y la desconfianza no pueden vivir en la misma casa, así es que debo partir.
Ella corrió tras él mientras sus ojos turbios por las lágrimas lo vieron desaparecer. Quedó tendida en el pasto y cuando se le secaron las lágrimas vio que el palacio ya no estaba y que Venus brillaba en el cielo como una luz de bengala; brillaba tanto que Psique podría jurar que se le dibujaba una sonrisa mientras le guiñaba un ojo.

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