¿Por qué amar a destiempo?

De pronto la palabra destiempo podría sugerir algo triste, irremediable, irrecuperable. Algo que pasó frente a nosotros como una ráfaga y no tuvimos la oportunidad de ver, o tocar.
Pero a mí me gusta entender el destiempo tal cual es, justo lo que quiere decir: intempestivo, extemporáneo, sin oportunidad.

Generalmente nos enamoramos por primera vez siendo muy jóvenes. Un amor apasionado, extasiante. Te hace creer que eres capaz de sobrellevarlo todo mientras esté a tu lado.
También, comúnmente, nos casábamos jóvenes, sin experiencia, pensando que sólo íbamos a hacer sopa y a corretearnos por la casa incansablemente. Que las únicas obligaciones que tendríamos, era cumplir nuestro rol de esposas, a la par que trabajar en el caso de algunas pocas. Al fin y al cabo, nuestro amor era inmenso y sería capaz de cambiar poco a poco todo lo que no nos gustaba. Esa entrega era tan poderosa, que nuestra pareja se convertiría en un auténtico príncipe azul.

Después llegaron los hijos, y llenaron la vida de detalles, nos dieron un “nuevo empleo”. Recorrimos las constelaciones con ellos y sabíamos, porque en todos lados nos lo decían, que la vida futura de nuestros vástagos, dependía de la educación que les dábamos.
Pero, ¿de verdad lo sabíamos? ¿Realmente estábamos conscientes de lo que todo eso implica?

Vivíamos literalmente corriendo, en un mundo donde había tantas cosas que hacer… los hijos tenían que saber nadar, patinar, pintar, tocar algún instrumento, montar a caballo, jugar fútbol, hacer gimnasia, tomar algunas lecciones de karate, no olvidemos el catecismo… y todo eso de lunes a jueves porque el viernes era el día de socializar, jugar y comer con los amigos de la escuela.
¡Qué maravilloso invento el Gymboree o los centros de estimulación temprana!
Gracias a ellos teníamos dos o tres horas para ir al banco, al súper, a la tintorería, al mercado y por supuesto para ir al desayuno que organizaba la “vocal” del salón de nuestros hijos. Asistir era imprescindible para ser una madre ejemplar y platicar orgullosamente lo bien que hacíamos nuestro papel y también, para enterarnos de todo lo que hacíamos mal, (por supuesto en silencio y sin reconocerlo), y corregirlo inmediatamente.
– “¿Que es malo comer salchichas? ¡Dios! ¡Mis hijos cenaron anoche!”
– “¡En toda la semana no les he leído antes de dormirlos porque he estado agotada!, ¿Cómo le hará Marce para estar siempre tan arreglada, hacer ejercicio, y contarles el cuento todas las noches?”
– “Dicen que hay que ir a la escuela para padres, o mínimo tomar el curso de PECES (Padres Eficaces con Entrenamiento Sistemático), para que sepamos cómo poner límites.” Creo que hoy sigo sin entender qué quiere decir exactamente tener un entrenamiento sistemático.

En fin, todo esto pasaba mientras que la vida seguía su curso y por lo menos yo, no me daba cuenta de que estaba enterrada en “obligaciones”, olvidando por completo lo que me gustaba hacer. Ya luego me enteré, gracias a los emails que mandaban mis amigas, que hasta John Lennon tenía claro que “La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

Cuando mis hijos crecieron, me quedé desempleada. Se fueron y se llevaron esa vida de detalles que tan ocupada me tenía. Fue entonces cuando me acordé que tengo una licenciatura, que me gusta leer, que tengo amigas verdaderas y también desempleadas, que mueren de ganas de reír a carcajadas recordando todo aquello que compartimos cuando fuimos jóvenes.

¡Ah! También me acordé que sigo casada y que puedes hacer el amor en tu cama y no en el sillón de la sala, porque ya tus hijos no tienen miedo en la noche y se quedan en su cuarto.
Y en la crisis de la edad mediana, aprendí a meditar, hice yoga, tomé algunos cursos y di algunos cursos de “sanación”. Empecé a estar consciente de que me extrañaba.
Nicole extrañaba a Nicole.

Y ahí me encuentro cara a cara con el famoso destiempo.
Me hubiera casado menos joven; me hubiera esperado más años para ser mamá; si hubiera sido más madura no me hubiera asustado que mis hijos cenaran salchichas ni hubiera asistido a la escuela para padres.

Vi a mi mamá desde otro punto de vista, me di cuenta de que ella también tiene una historia que la moldeó y que trató de hacer el mejor papel posible con los recursos que a ella la vida le dio. Justo igual que a mí. Por lo tanto, ya no puede ser responsable de todas las frustraciones que acumulé por décadas.
Y como todo esto que relato está matizado por el amor, concluyo, que amamos y vivimos a destiempo. Que somos nosotros, los seres humanos, los que complicamos las cosas y hacemos la vida más difícil de lo que realmente es.

Reconozco ahora, que sí esperé un reconocimiento a mi heroica labor. Que la única persona que la considera heroica soy yo. Que equivocadamente alimenté expectativas ajenas que al pasar de los años solo me dieron decepciones. Y lo más importante, que me reconstruyo y me convierto en una mujer creativa, capaz de ser feliz, porque esa si, la felicidad, nunca llega a destiempo.

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3 Comentarios

  1. Liz
    4 agosto, 2015 at 4:47 pm — Responder

    Me identifico totalmente con TODO lo que escribiste. Gracias por comentar exactamente lo mismo que viví y que no sabía cómo explicar. Qué bonito encontrarme contigo a tiempo en tu destiempo.

  2. Luz
    4 agosto, 2015 at 4:52 pm — Responder

    Se de muchas hijas, y me incluyo,que terminamos dándonos cuenta que nuestra mamá todo lo hizo por el gran amor que nos tuvo pero que las madres, efectivamente, todo lo vivieron a destiempo pues como no había experiencia al respecto, se olvidaron muchos años de ellas mismas. Aprovechemos el instante presente que es lo único que verdaderamente nos pertenece.

  3. Anonimo
    4 agosto, 2015 at 4:53 pm — Responder

    Que sabias tus palabras, cuando uno es joven no comprendes muchas cosas, pero ya que eres mamá, valoras a los padres y te das cuenta que no hay ninguna escuela para serlo y que haces tu mejor esfuerzo para ser mamá, pues cada hijo vive una circunstancia diferente aun que hayamos vivido bajo un mismo techo como hermanos, y que cada ser humano somos diferentes. Si aun tenemos a nuestros padres que en mi caso yo ya no tengo a mi papá, que fue un gran pilar y lo echamos de menos, mi mamá aun la tengo y la disfruto el momento que pueda estar con ella, pues solo ella sabe lo que vivió con cada hijo y lo único que te puedo decir es que hay que disfrutar cada momento sea bueno o malo pues son experiencias que no volveremos a vivirlas jamás.

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